– ¿Lo de Roma? -Amelia se sobresaltó.
– Es el mensaje que le tenía que dar, no sé más.
– ¿Quién es usted?
– Llámeme Yorgos. No nos gusta tener a los alemanes aquí. Los griegos siempre hemos luchado contra quienes nos han invadido. Pregúntele a Jerjes o a Darío por nosotros.
– ¿Cómo dice?
El pope rió por haberla sorprendido.
– Derrotamos a los persas cuando eran un gran imperio. ¿Conoce lo que sucedió en las Termopilas? Un pequeño ejército al frente de un rey espartano, Leónidas, plantó cara a un ejército inmenso de persas. El rey persa mandó recado a Leónidas para que se rindiera, pero gracias a la negativa del espartano y a que aguantó aquella embestida, los griegos pudieron derrotarlo después en Salamina. No sobrevivió ningún espartano. Si nosotros no hubiéramos ganado en Maratón o sin el sacrificio de las Termopilas, hoy iría usted envuelta en un velo negro y rezaría mirando a la Meca.
– Veo que se siente orgulloso de ser griego.
– Occidente le debe a Grecia lo que es.
– No lo había pensado.
– Quizá es que no lo sabía. Y ahora dígame, ¿está dispuesta a volver a trabajar para sus amigos y para nosotros?
– Sí.
Amelia se sorprendió de la determinación con la que contestó a la pregunta. Quizá sabía que después de haber matado al coronel Jürgens había dado un paso hacia una dirección desconocida. Aún se preguntaba por qué no sentía ningún remordimiento, por qué el rostro de Jürgens no le atormentaba, y por qué tenía ganas de reír cuando recordaba cómo le había matado.
– Puede que no nos volvamos a ver, o puede que sí. Vaya mañana a Monastiraki; busque un pequeño café, que se llama Acrópolis; la estarán esperando.
– ¿Quién?
– Un hombre, se llama Agamenón. Él le dará instrucciones. Ahora nos despediremos, yo gesticularé como si le estuviera indicando una dirección. Si necesita verme, venga a la catedral, suelo pasar algunas mañanas, aunque no siempre, pero no se le ocurra preguntar a nadie por mí.
– Pero… ¿es usted un pope de verdad?
– Un hombre que dedica su vida a Dios tiene que combatir al Diablo. Y ahora márchese.
Sintió una secreta alegría de que el comandante Murray no le guardara rencor por haber abandonado el servicio después de lo de Polonia. Ella le había asegurado a la señora Rodríguez, la agente de Murray en Madrid, que nunca más volvería a dedicarse a las labores de espionaje. Pero haber matado al coronel Jürgens le había infundido valor para continuar combatiendo en la sombra. Se decía a sí misma que no podía dejar de hacerlo ante la maldad que veía a su alrededor. Si recordaba lo sucedido en Polonia o el asesinato de Carla, entonces sentía una rabia profunda y deseaba matar a todos aquellos que estaban sembrando el mal.
Aquella tarde el barón Von Schumann la encontró distraída, como si nada de lo que él le contaba la interesara realmente.
Amelia procuraba evitar mirar a Dion, pero no podía dejar de observarle de reojo. Era evidente que trabajaba para el comandante Murray. Y se rió de sí misma al darse cuenta de que el comandante nunca tuvo intención de dejarla ir: no sólo le había mandado en Madrid a la señora Rodríguez para saber cómo estaba, sino que sabía perfectamente los pasos que daba.
– Mañana iré a pasear por el Plaka -le anunció al barón.
– Siento no poder estar más tiempo contigo, pero mañana tengo que viajar a Salónica, estaré tres o cuatro días, ¿te las reglarás sola?
– ¡Claro que sí!
– Por favor, Amelia, sé discreta; después de lo de Roma, estoy seguro de que desconfían de ti.
– No tuve nada que ver con lo de Jürgens, la policía me dejó libre de toda sospecha.
– Pero ese amigo de Jürgens insiste en que el coronel tenía una cita contigo.
– ¿Crees que yo me habría citado con ese hombre?
– No, no lo creo, pero…
– Eres tú quien tiene que confiar en mí.
– También tengo otra cosa que decirte… espero que no te enfades.
– ¿Se trata de Ludovica?
– Sí… ¿Cómo lo sabes?
Amelia guardó silencio esperando que él hablara. No sentía celos de Ludovica, sabía que Max von Schumann la quería solo a ella.
– En cuanto ha sabido que estaba en Grecia ha decidido venir. Le he pedido que no lo haga, que no someta a mi hijo a los rigores de un viaje en tiempos de guerra, pero no sé si me hará caso.
– Tratándose de Ludovica, llegará en cualquier momento.
– Le he prometido que si no viene, iré a verles a Friedrich y a ella a Berlín.
– Extrañas a tu hijo, ¿verdad? Friedrich ya tiene tres años, ¿no?
– Casi cuatro, y apenas le he visto desde que nació, pero le quiero con toda mi alma, como tú al tuyo.
– Sí, no hay un solo día en que no me acuerde de Javier.
– No nos pongamos melancólicos, pero quiero que estés alerta por si aparece Ludovica.
– La última vez que la vi fue con Ulrich Jürgens en el vestíbulo del hotel de Varsovia. Hacían buenas migas.
– No pensemos en Ludovica. Hoy cenaremos fuera del hotel, ¿qué te parece?
Amelia sonrió para no preocuparle, pero hablar de los hijos, y recordar a Javier, la había entristecido.
No se atrevió a preguntar a Dion dónde se encontraba el café que el pope le había indicado. Sabía que no debía mostrar ninguna familiaridad con aquel hombre porque se pondrían en peligro los dos, de manera que salió del hotel con tiempo suficiente para ir caminando hasta el Plaka y dejar perder la mirada hacia el Partenón, que se dibujaba majestuoso en lo alto de la Acrópolis. La esvástica ondeaba en lo alto pese a que todos los días algún patriota griego emprendía la misión suicida de escalar la roca sagrada para intentar sustituirla por la bandera de Grecia. Alguno lo había conseguido, pagando su hazaña con la vida.
A Amelia le sorprendía tanto patriotismo en los griegos, y por un momento les envidió. Recordó con ira cómo, en España, Franco calificaba de antipatriotas a todos los que habían defendido la República, y se dijo que prefería ser antipatriota antes que una patriota a la manera como entendía Franco el patriotismo. Con estos pensamientos llegó hasta Monastiraki y callejeando, sin preguntar a nadie, encontró el viejo café.
Detrás de una barra minúscula atendía un hombre que en aquel momento estaba sirviendo un espeso café a un parroquiano. La miró sin mostrar ninguna curiosidad, y ella esperó a que terminara de servir el café.
– ¿Éste es el café de Agamenón? -le preguntó cuando él quiso saber qué quería tomar.
– Sí.
– Un pope amigo mío me pidió que viniera aquí.
El hombre le hizo una seña para que le siguiera, y ella le siguió detrás del mostrador donde una cortina negra separaba en dos la pequeña estancia donde se apilaban cajas y botellas. Apenas cabían en el sitio.
– Sus amigos de Londres -dijo el hombre hablando en inglés- quieren que les envíe todos los documentos con los que pueda hacerse: planes, movimientos de tropas, cualquier cosa susceptible de ser de interés.
– ¿Nada más?
– Eso es lo que quieren por ahora. Tenga, me han dado esto para usted. Es una microcámara. Y en este sobre tiene las claves para cifrar los mensajes. Tenga cuidado.
– ¿Dónde he de hacer las entregas?
– Aquí sólo ha de venir en caso de que no pueda dárselo a Dion. También puede acercarse a la catedral, el pope suele ir de vez en cuando.
– ¿Qué más quieren en Londres?
– Que colabore con nosotros. Dada su relación con ese alemán, puede sernos muy útil.
– De acuerdo.
– Puede que la necesitemos muy pronto para una operación.
– Vuélvase -le pidió al hombre.
El obedeció y ella ocultó la cámara dentro de su sostén. Después se despidieron.
Cuando llegó al hotel, entró en la habitación de Max. Se comunicaba con la suya, de manera que no tuvo ningún problema para hacerlo. Rebuscó en su armario sin encontrar nada más que la ropa del barón; también miró en el escritorio, donde tampoco halló nada de interés. Tendría que esperar a que él regresara para fotografiar los documentos que llevara en la cartera. Ya lo había hecho en Varsovia. Pero como ansiaba comenzar a trabajar, escribió un resumen con todas las conversaciones que había tenido con el barón sobre la marcha de la guerra, con algunos datos que pensaba podían ser de interés estratégico para Londres. Ansiaba volver a sentirse útil.