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– El es amigo del barón Von Schumann y yo tengo una relación seria con Max- respondió Amelia con incomodidad.

– Sólo he dicho que flirtee con él, nada más. Y ahora hablemos de los detalles de la operación.

Durante dos horas la señora Rodríguez detalló a Amelia los pasos que debía dar hasta que ella memorizó todos los detalles. Después se despidieron.

– Cuando termine la misión, regresará usted a Atenas. -Sonó más a una orden que a una sugerencia.

– Eso espero -dijo Amelia, suspirando.

– Entonces más vale despedirnos ahora, puede que no volvamos a vernos en mucho tiempo. Cuídese.

Su regreso a Madrid en marzo de 1944 había llenado de alegría a la familia, que ya no se sorprendía por sus repentinas apariciones y desapariciones.

Al día siguiente de su reunión con la señora Rodríguez salió a caminar acompañada por su prima Laura y su hermana Antonietta. Las había convencido para salir a merendar y dar un paseo por una ciudad que parecía querer despertarse a la primavera.

Las tres jóvenes charlaban animadamente y parecían ajenas a todo lo que no fueran ellas mismas. Ni siquiera prestaron atención a que unos metros más adelante una bandera con la esvástica anunciaba la presencia de la embajada alemana. Amelia miró distraídamente su reloj antes de responder un comentario de su hermana.

Unos hombres salían de la embajada y uno de ellos las miró con curiosidad. Ellas parecieron no darse cuenta. De repente, uno de los hombres avanzó hacia donde estaban las jóvenes.

– ¡Amelia!

Ésta le miró sorprendida, parecía no reconocer a aquel hombre enfundado en un traje y un abrigo gris y con el cabello cubierto por un sombrero del mismo color. Él se acercó con paso rápido seguido por otros dos hombres.

– ¡Cuánto me alegro de verla! Pero ¿qué hace aquí? La creía en Atenas.

Ella pareció dudar, como si intentara buscar en su memoria quién era aquel hombre que le hablaba con tanta familiaridad, y él, quitándose el sombrero, se echó a reír.

– ¿No me reconoce?

– ¡Kleist! Lo siento, capitán, no le había reconocido -respondió con timidez.

– Claro, vestido de civil… supongo que cuesta reconocerme. Pero dígame ¿qué hace aquí?

– Estoy con mi familia, permítame que le presente a mi prima Laura y a mi hermana Antonietta.

– No sabía que iba a viajar a España.

– Bueno, lo hago cuando puedo.

Se quedaron unos segundos en silencio sin saber qué decir. Luego él recuperó la iniciativa.

– ¿Puedo invitarla a dar un paseo y a merendar cualquier tarde que esté disponible?

Ella pareció dudar, luego sonrió.

– Mejor venga a visitarnos, le presentaré al resto de la familia.

– ¡Estupendo¡¿Cuándo puedo ir?

– ¿Mañana? Si puede, le esperamos a las seis.

– Allí estaré.

Se despidieron, y cuando comenzaron a caminar, él pudo escuchar el comentario de la prima de Amelia:

– No ha sido buena idea el invitarle, sabes que papá no soporta a los nazis.

A las seis de la tarde del día siguiente, Edurne, la criada de la familia, abrió la puerta de la casa y se encontró a un joven alto y muy atractivo que preguntaba por la señorita Amelia Garayoa.

– Pase, le están esperando.

– No, prefiero quedarme aquí, dígaselo a la señorita. Amelia salió seguida de su tía, doña Elena, y de su prima Laura, además de su hermana Antonietta.

– Karl, pase, le estábamos esperando. Le presento a mi tía.

El hombre besó galantemente la mano de doña Elena y le entregó un paquete envuelto en papel de una conocida confitería.

– ¡No tenía que haberse molestado! -dijo doña Elena.

– No es molestia, es un honor conocerla. Pero no quiero importunarles, de manera que, con su permiso, me gustaría dar un paseo con Amelia. No tardaré mucho en devolvérsela. ¿Le parece bien a las ocho?

Doña Elena insistió cortésmente en que aceptara una taza de té, pero él declinó el ofrecimiento.

Cuando salieron a la calle, Amelia le preguntó por qué había rechazado la hospitalidad de su tía.

– Perdona, pero no pude evitar escuchar el comentario de tu prima. En vuestra casa no tenéis simpatía a los alemanes.

– Lo siento, no sabía que habías escuchado a Laura.

– Yo creo que lo dijo con intención de que la escuchara -respondió con aparente enfado.

– A mi padre lo fusilaron los fascistas. Mi tío Armando estuvo en la cárcel y se salvó de milagro.

– No te disculpes, lo entiendo. No sé cómo pensaría yo si hubieran fusilado a mi padre.

– Mi familia nunca fue fascista, somos republicanos. Así me educaron.

– Cuesta entender tu relación con Max… él es un oficial alemán.

– ¿Por qué? Nos conocimos en Buenos Aires, luego nos encontramos en Londres, más tarde en Berlín… y… yo confío en Max, sé cómo es, y lo que piensa.

– Aun así, es un oficial, que debe su lealtad a Alemania.

– Lo mismo que tú.

– Así es.

– Yo nunca he engañado a Max sobre lo que pienso, él conoce a mi familia, sabe por lo que hemos pasado.

– No te juzgo, Amelia, no te juzgo. En Alemania hay muchas personas que no comparten las ideas del nazismo.

– ¿Muchas? Entonces por qué han permitido… -Se calló temiendo incomodarle. Max le había asegurado que Kleist no era partidario del nazismo y que obedecía como oficial, pero ¿sería cierto?

– No tengas miedo, no tengo intención de perjudicarte. Ya te ayudé en el pasado sin conocerte. Hiciste algo muy arriesgado ayudando a esos polacos que entraban furtivamente en el gueto.

– Cuando era pequeña mi mejor amiga era judía, su padre era socio de mi padre. Desaparecieron.

– No vas a escandalizarme por decirme que eres amiga de los judíos. Yo no tengo nada contra ellos.

– Entonces, ¿por qué habéis permitido que les quiten cuanto tienen y que los lleven a campos de trabajo, o que tengan que ir con esas estrellas cosidas en la ropa? ¿Por qué de repente han dejado de ser alemanes y no tienen ningún derecho?

Karl Kleist admiró el valor de Amelia para decirle eso a él, que era un oficial alemán. O bien era una ingenua, o bien Max había logrado convencerla para que confiara en él. En todo caso, su actitud le pareció imprudente.

– No deberías hablar así con desconocidos; no sabes quién puede estar escuchando, ni las consecuencias que eso te puede traer.

Ella le miró asustada y a él le conmovió su mirada desvalida y desvió la conversación a otros asuntos menos comprometidos.

La invitó a un chocolate y fue en ese momento cuando Amelia se dio cuenta de la presencia de aquellos hombres que eran los mismos que acompañaban a Kleist cuando le encontró delante de la embajada.

– Esos hombres… -dijo, señalándoles.

– Son buenos amigos.

– ¡No tendrás miedo de los españoles! Franco se precia de que con él nuestro país es seguro. En realidad nadie se atreve a hacer nada por temor a las consecuencias. No creo que nadie intente robarte. Aunque seas extranjero.

– Nunca está de más tener cuidado.

Ella no insistió para evitar hacerle sentirse incómodo. Poco antes de las ocho Kleist la dejó en el portal de su casa.

– Me ha alegrado mucho verte.

– A mí también.

Karl Kleist pareció dudar; después, sonriendo, la invitó a almorzar dos días más tarde.

11

Comenzaron a verse con cierta regularidad. Amelia había decidido no seguir la recomendación de la señora Rodríguez para que flirteara con él. Estaba segura de que si lo hacía conseguiría alejarle. Kleist tenía un código de honor que le hubiera llevado a rechazar las insinuaciones de la mujer de un amigo. Eso no significaba que no se sintiera atraído por ella y cada día que pasaba anhelaba más su compañía. Amelia le gustaba y eso le atormentaba; pero si ella hubiera insinuado su disponibilidad, él habría encontrado la excusa para alejarse.