– No te había dicho que tengo un hijo porque no me gusta ir contando mi vida al primero que pasa -se justificó Lola.
– Pero yo no soy el primero que pasa, creía que a estas alturas ya confiabas en mí, en fin, te tenía por mi amiga.
Lola se mordió el labio. Se notaba que traía muy pensado lo que iba a decir y no quería dejarse llevar por su temperamento.
– Eres una buena persona, pero no somos amigas… Tienes que entenderlo, tú y yo no somos iguales.
– Pues sí, sí somos iguales, somos dos mujeres que nos tenemos simpatía; tú me has convencido de unas cuantas cosas, me has hecho ver lo que hay más allá de estas paredes, me has hecho sentirme una privilegiada y por tanto culpable de serlo. Intento ayudar a tu causa porque creo que es justa, porque no me parece bien tenerlo todo y que otros no dispongan de nada. Pero al parecer para ti no es suficiente, y, ¿sabes, Lola?, no voy a pedir perdón. No, no voy a pedir perdón por tener unos padres estupendos, un marido cariñoso y una familia que me arropa. En cuanto al dinero… mi padre lleva toda la vida trabajando, lo mismo que mis abuelos y mis bisabuelos… Y Santiago, tú le has visto cómo trabaja, cómo pasa los días en la fábrica, cómo se preocupa del bienestar de quienes trabajan para él. Aun así, admito que tenemos más de lo que necesitamos, que no es justo que mientras otros no tienen nada nosotros tengamos tanto. Pero tú sabes, Lola, que no explotamos a nadie, que ayudamos a los demás cuanto podemos. Aunque ya veo que para ti no es suficiente y que nunca te fiarás de mí.
Discutieron, pero al final se reconciliaron, aunque Amelia se daba cuenta de que entre Lola y ella existía una frontera, la de los prejuicios de la propia Lola, y esa frontera le resultaría muy difícil de superar.
Aun así, Amelia se volcó si cabe más en actividades políticas; se ofreció voluntaria para enseñar en una Casa del Pueblo, hacía trabajos de oficina para la agrupación en la que militaba Lola, y cumplía disciplinadamente con cuanto le pedían.
La actividad política de Amelia corría paralela a la de Santiago, ya que en aquel año de 1935, entre mayo y octubre, don Manuel Azaña intervino en una serie de mítines y obtuvo el apoyo de amplios sectores de la sociedad, y a muchos de esos mítines y reuniones de Izquierda Republicana acudía Santiago. Estaba convencido de que la solución a los problemas de España pasaba porque don Manuel Azaña gobernara el país, cada vez sumido en una crisis institucional y económica más profunda.
En el resto del mundo las cosas no iban mejor. Hitler preocupaba al resto de Europa.
Una noche de abril en que los padres de Amelia habían acudido a cenar para visitar a su hija y a su yerno, don Juan comentó satisfecho que la Sociedad de Naciones en Ginebra había condenado el rearme de Alemania.
– Parece que por fin se empieza a hacer algo contra ese loco… -declaró don Juan a su yerno.
– Yo no sería tan optimista. En Europa preocupa y mucho lo que ha pasado en Rusia, temen el contagio de la Revolución de los soviets -respondió Santiago.
– Sí, puede que tengas razón, parece que el mundo se ha vuelto loco, hay noticias de que Stalin se muestra implacable con los disidentes -dijo Don Juan.
Amelia intervino furiosa, sorprendiendo a su padre y a su marido.
– ¡No nos creamos la propaganda de los fascistas! Lo que pasa es que algunos tienen miedo, sí, miedo de perder sus privilegios, pero en Rusia por primera vez están conociendo lo que es la dignidad, se está construyendo una República de trabajadores, de hombres y mujeres iguales, libres…
– Pero, hija, ¡qué cosas dices!
– ¡Amalia, no te alteres, recuerda que estás embarazada! -Doña Teresa sufría por su hija.
– Sabes, Amelia, me preocupa que digas esas cosas, eres tú la que te estás dejando influir por la propaganda de los comunistas. -Santiago parecía enfadado.
– Vamos, vamos, no discutáis, que no le conviene a la niña. -Doña Teresa aborrecía esas discusiones políticas en las que ahora intervenía Amelia.
– Si no discutimos, mamá. Lo que pasa es que no me gusta que papá diga que las cosas no van bien en Rusia. Y tú, Santiago, deberías desear que al resto de Europa le llegase algo de la Revolución soviética, la gente no puede esperar eternamente a que se la trate con justicia.
Aquella noche Amelia y Santiago discutieron. En cuanto se fueron don Juan y doña Teresa, el matrimonio inició una pelea que terminamos escuchando el resto de la casa.
– ¡Amelia, tienes que dejar de ver a Lola! Te está metiendo unas ideas en la cabeza…
– ¡Cómo que me está metiendo ideas! ¿Es que te crees que soy tonta, que no soy capaz de pensar por mí misma, que no me doy cuenta de lo que pasa alrededor? Las derechas nos están llevando al desastre… Tú mismo te quejas de la situación, y mi padre… bien sabes de las dificultades que está arrostrando mi familia…
– La solución no es la revolución. En nombre de la revolución se cometen muchas injusticias. ¿Crees que tu amiga Lola tendría piedad de ti si aquí hubiera una revolución?
– ¿Piedad? ¿Y por qué habría de tener piedad? ¡Yo apoyaría la revolución!
– ¡Estás loca!
– ¡Cómo te atreves a llamarme loca!
– Lo siento, no quería ofenderte, pero me preocupa lo que dices, no tienes idea de lo que está pasando en Rusia…
– ¡El que no tiene ni idea eres tú! Yo te diré lo que está pasando en Rusia: la gente come; sí, por primera vez hay comida para todos. Ya no hay pobres, han acabado con los capitalistas que actuaban como sanguijuelas, y…
– Pero, niña, ¡no seas ingenua!
– ¿Ingenua yo?
Amelia salió del salón dando un portazo y sollozando. Santiago la siguió hasta el dormitorio, preocupado de que la pelea pudiera afectar al hijo que esperaban.
Amelia estaba cada vez más imbuida de las ideas de Lola, o mejor dicho, de Josep, su compañero y padre de Pablo. Porque Amelia al final lo había conocido.
Una tarde en que Amelia y yo habíamos ido a casa de Lola allí estaba él, recién llegado de Barcelona.
Josep era un hombre guapo. Alto, robusto, de ojos negros, V aspecto fiero, aunque en el trato se mostraba amable, tanto como cauto, y no parecía tan desconfiado como Lola.
– Lola me ha hablado de ti, sé que la ayudaste. Si la llegan a coger, seguramente aún estaría en la cárcel. Esos fascistas asquerosos no sabes cómo se las gastan con las mujeres. Fue una pena que no pudiéramos sacar adelante la revolución. La próxima vez estaremos mejor preparados.
– Sí, fue una pena que las cosas no salieran mejor -respondió Amelia.
Durante dos horas Josep monopolizó la conversación, y así sería en todas las ocasiones en que lo vimos. Nos contaba cómo estaban cambiando las cosas en Rusia, cómo la gente había pasado de ser siervos a ciudadanos, cómo Stalin estaba cimentando la revolución llevando a la práctica lo prometido por los bolcheviques: habían acabado con las clases sociales y el pueblo comía. Se estaban poniendo en marcha planes de desarrollo y los campesinos estaban entusiasmados.
Josep nos describió el paraíso, y Amelia lo escuchaba fascinada, bebiendo cada una de sus palabras. Yo, entusiasmada con lo que contaba, me decía que tenía que escribir a mi hermano Aitor para persuadirle de que reflexionara y abriera su mente hacia las nuevas ideas que llegaban de Rusia. Nosotros éramos campesinos, no señoritos; nuestra gente era como Josep. Claro que sabía que Aitor no me haría ningún caso; él continuaba trabajando y militando en el PNV y soñaba con una patria vasca, aunque se abstenía de decirlo claramente.
En aquel momento no entendí por qué, pero Josep pareció interesarse por Amelia, y durante su estancia en Madrid enviaba a Lola a buscarnos.
Amelia estaba entusiasmada porque un hombre como Josep la tomara en serio. Y es que Josep era un líder comunista en Barcelona. Era el chófer de una familia de la burguesía catalana. Todos los días llevaba a su patrón a la fábrica de textiles que tenía en Mataró, además de acompañar a la señora de la casa a sus visitas, o de acompañar a los niños al colegio. Antes había sido conductor de autobuses. Conoció a Lola durante una estancia de sus señores en Madrid, y habían tenido a Pablo, sin que ninguno de los dos quisiera casarse, al menos eso decían, aunque yo siempre sospeché que Josep había estado casado antes de conocer a Lola. Mantenían una curiosa relación, ya que sólo se veían cuando Josep venía a Madrid acompañando a su jefe, lo que solía suceder una vez cada mes y medio, pues el patrón vendía sus telas por toda España y tenía un socio en la capital. A pesar de esta relación intermitente, Lola y Josep parecían estar bien avenidos, y desde luego Pablo adoraba a su padre.