– Pero Karl viajaba con frecuencia a Sudamérica, puede que se haya ido.
– Sí, también existe esa posibilidad, pero habría dejado algún mensaje. Pero tú fuiste la última persona que estuvo con Karl -insistió Max.
– No lo sé… ya te conté que estuve con él el domingo antes de regresar a Atenas. Estuvimos en el campo. ¿Desde cuándo no saben nada de él?
– Ese día no regresó a la embajada. Sus hombres creyeron que… bueno, que estaba contigo. El había insistido en ir solo a la excursión. No empezaron a preocuparse hasta bien entrada la mañana del lunes. Fueron a casa de tus tíos…
– ¡Dios santo, les habrán dado un buen susto!
– El portero ha declarado que Karl te acompañó hasta la puerta del ascensor y que allí os despedisteis, y que vio cómo regresaba al coche. También ha declarado que tú no volviste a salir hasta la mañana siguiente, y que lo hiciste acompañada por tu tío con una maleta.
– No entiendo lo que ha pasado -se quejó ella, aparentando estupor-. Él era muy discreto y no hablaba de su trabajo, de manera que no me dijo si pensaba ir a algún lugar. ¿Crees que le habrá pasado algo? -Amelia intentaba parecer ingenua.
– No lo sé, pero nadie desaparece así como así. La policía le está buscando. Ya te he dicho que han interrogado a tu familia, y al portero.
– ¡Pero mi familia no tiene nada que ver con Karl! -gritó ella con angustia.
– Amelia, la Gestapo quiere interrogarte aquí. El coronel Winkler también ha solicitado que se reabra el caso del asesinato de Jürgens. No cree en las casualidades.
– ¿Casualidades? ¿Qué casualidades? -preguntó ella sin ocultar su temor.
– El coronel Winkler insiste en que su amigo, el coronel Jürgens, se había citado contigo la noche de su asesinato, y Kleist ha desaparecido justo después de haber pasado una jornada campestre contigo. Para él son evidencias irrefutables de que estás detrás de ambos casos. Cree que eres una espía.
– ¡Está loco! ¡No soy ninguna espía! ¡Por favor, Max, pon freno a ese hombre!
– Es lo que intento, Amelia.
Estaba realmente asustada. Maldecía en silencio al comandante Murray. La «Operación Albatros» había sido un éxito para el Servicio Secreto británico, pero se preguntaba si el comandante Murray habría decidido que bien merecía sacrificarla con tal de tener en su poder al espía alemán. Se sintió una pieza insignificante en el tablero del juego secreto de la guerra.
Comenzó a llorar. Llevaba días conteniendo las lágrimas y sin apenas conciliar el sueño. Había entregado a Kleist, que ya estaría siendo interrogado en Londres por el comandante Murray, y aunque no tenía dudas de con quién estaba su lealtad política, su conciencia la atormentaba.
Karl Kleist había intercedido por ella cuando estaba encarcelada en Varsovia, había ayudado a Max a sacarla de la prisión, se había mostrado caballeroso y encantador los días pasados en Madrid, pero ella le había engañado y le había entregado para que se lo llevaran a Londres, donde, en el mejor de los casos, estaría en la cárcel hasta que terminara la guerra. Había sido capaz de hacer eso con un hombre que sólo la había favorecido y se sintió miserable pensando en la facilidad que tenía para dañar a quienes eran leales con ella. Primero fue Santiago, al que abandonó por Pierre; luego comenzó a engañar a Max sirviéndose de él para espiar al servicio de los británicos; y ahora había sido capaz de entregar a Kleist.
Sintió desprecio por sí misma, y más aún cuando Max la abrazó intentando que se calmara.
– Por favor, no llores, sabes que daría mi vida por ti, que haré lo imposible para que no caigas en manos de Winkler, pero debes contarme toda la verdad, debes confiar en mí, sólo así te podré ayudar. Y no temas por tu familia, no sufrirán ningún daño, es evidente que no saben nada de la desaparición de Kleist.
– ¡Pero qué quieres que te cuente! -gritó Amelia-. Te lo he contado todo: fuimos al campo, después de comer me sentí indispuesta y me acompañó a casa, nos despedimos en la puerta del ascensor y ya no sé nada más. Al día siguiente regresé aquí. No sé lo que ha pasado, no lo sé.
– Tienes la mala fortuna de estar siempre en el lugar equivocado.
– El coronel Winkler quiere culparme de lo de Jürgens porque vio cómo yo le rechazaba en la fiesta de Fin de Año, y Jürgens juró que me lo haría pagar. Es su oportunidad para pasarme factura, la que no pudo pasarme su amigo el coronel Jürgens.
– Está bien, te creo y haré lo imposible por salvarte de Winkler, confía en mí.
Pero Max no pudo evitar que la «invitaran» a visitar el cuartel de la Gestapo en Atenas. Estaba muy cerca del hotel Gran Bretaña, en la que había sido la mansión del arqueólogo alemán Heinrich Schliemann, el descubridor de Troya y de las tumbas de Micenas.
Max la acompañó y soportó con ella la humillación de esperar dos largas horas hasta que un hombre, que se identificó como Hoth, les recibió en un despacho de la segunda planta. Les sorprendió ver al coronel Winkler sentado al otro lado de la mesa. No había ninguna otra silla en la que sentarse, de manera que Hoth les tuvo de pie.
– Espero que no les moleste la presencia del coronel Winkler, ha venido a visitarme y creo que la conoce a usted, señorita Garayoa.
Ella asintió sin palabras.
– ¡Y viene acompañada por el coronel Von Schumann! ¡Cuánto honor! -dijo el SS con sarcasmo.
– Me une una gran amistad con la señorita Garayoa.
– Sí, lo sé yo y lo sabe todo el Estado Mayor. Su amistad no es un secreto para nadie, ni siquiera para su distinguida esposa la baronesa Ludovica -respondió Hoth con una sonrisa sardónica.
Max no respondió a la provocación. Su único objetivo era salir de aquel edificio con Amelia y sabía que un enfrentamiento con Hoth delante de Winkler sólo empeoraría las cosas.
– Señorita Garayoa, tenemos un informe de Madrid en el que se asegura que usted fue la última persona con la que se vio al capitán Kleist. Pasaron el día juntos en el campo, disfrutaron de una jornada de picnic y después el capitán desapareció.
– El capitán Kleist es un estimado amigo nuestro con el que, efectivamente, compartí una jornada campestre y después me acompañó a mi casa, donde nos despedimos. No le volví a ver, y lamento profundamente su desaparición.
– En la que naturalmente usted no tiene nada que ver. -Hoth jugaba al ratón y al gato.
– Desde luego que no. Le repito que el capitán Kleist es amigo del barón Von Schumann, que es quien nos presentó, y por tanto también es una persona apreciada por mí.
– ¿El capitán no le dijo dónde pensaba pasar el resto de la tarde?
– No, no me lo dijo. Yo estaba indispuesta y no hablamos demasiado en el camino de regreso a mi casa.
– ¿Y el capitán no regresó para interesarse por su salud?
– No, no lo hizo. Pasé el resto de la tarde con mis tíos, y me acosté pronto, puesto que al día siguiente debía iniciar mi regreso a Atenas. Creo que el portero ya le dijo a la policía que vio cómo el capitán Kleist y yo nos despedíamos en la puerta del ascensor y que ya no volví a salir de casa.
– Ya, ya, señorita, ¡pero los porteros también duermen! A las diez se retiró, de manera que si usted volvió a salir, o si el capitán regresó, es algo que él ignora.
– Mi familia puede corroborar lo que acabo de decir.
– ¿Y cómo podrían decir otra cosa? El testimonio de la familia no es concluyente, señorita.
– Le aseguro que no sé dónde está el capitán Kleist.
– Y tampoco estuvo con el coronel Jürgens la noche en que le asesinaron en Roma.
– Hubo dos testigos que descartaron que fuera yo quien estuvo aquella noche en la habitación del coronel Jürgens -respondió Amelia, conteniendo su indignación.