Iba a defender a Max, a repetir que no era nazi, sólo un soldado que debía cumplir con su deber. Pero sabía que Costas no lo entendería, que no querría entenderlo. Para él todos los alemanes eran lo mismo, y además Max llevaba un uniforme.
– ¿Nos llevaremos todo el material? -preguntó.
– Todo no, sólo una parte. Ya se habrán llevado la otra otros miembros del grupo. Anoche mismo. A nosotros nos han dejado los explosivos y los detonadores. Vamos a volar un convoy con unos cuantos tanques. Usted será mi chófer, no lo hace tan mal.
Cuando llegaron al almacén donde habían escondido las armas, ya estaban allí la pareja del otro coche. El hombre trasladaba las cajas a su vehículo, mientras la mujer vigilaba con una pistola en la mano.
– Usted también vigilará. Súbase allí, a aquella roca, y avísenos si ve algo raro. Tenga -le dijo entregándole un arma.
– No la necesito -afirmó Amelia sin atreverse a cogerla.
– ¡Cójala! ¿Qué hará si nos descubren? ¿Echarse a llorar? -le gritó Costas.
Amelia cogió el arma y sin decir palabra se encaramó a la roca.
Aguardó impaciente a que los dos hombres camuflaran las armas en ambos coches, lo que les llevó cerca de una hora. Cuando terminaron, hicieron una señal a las mujeres.
De regreso a Atenas, Amelia iba en silencio; fue Costas quien comenzó a hablar.
– La operación tendrá lugar dentro de tres días. Las cargas las pondremos pronto, por la mañana. Luego esperaremos a que pasen y ¡bum!
– Bien -respondió ella sin demasiado entusiasmo.
– ¿Tiene miedo?
– Si no lo tuviera sería una estúpida. Usted también lo debería tener.
– No, yo no tengo miedo. Cuando mato alemanes siento un cosquilleo que me baja por el vientre, como si estuviera… ¡bah!, usted es una mujer.
– Una mujer que conduce su coche y que va a ayudarle a volar un convoy. -Amelia no soportaba el desprecio con que Costas la trataba.
– Sí, las mujeres también son valientes, nuestras camaradas de la Resistencia no se quejan, saben obedecer y no les tiembla el pulso cuando disparan. Veremos de lo que es capaz de hacer usted.
– ¿Por qué no recurre a sus camaradas? -preguntó irritada.
– Nos han diezmado en la última redada. Lo de mi pierna es un recuerdo, tuve que saltar una tapia con un tiro en la rodilla. Muchos de los nuestros están en manos de la Gestapo. No saldrán vivos de allí.
– ¿Y si hablan?
– ¡Jamás! Somos griegos.
– Supongo que además son seres humanos.
– De manera que usted hablaría -afirmó él con desconfianza.
– ¿Cuántas veces le han detenido? ¿Cuántas le ha interrogado la Gestapo? -quiso saber Amelia.
– Nunca, nunca han podido detenerme.
– Entonces no dé nada por hecho.
– ¿Y a usted? ¿Acaso a usted la han detenido? -respondió él con un tono de burla que la ofendió.
Estuvo a punto de parar el coche y subirse las mangas para que viera las huellas de las esposas en sus muñecas, de bajarse las medias para que viera sus piernas, pero no lo hizo, comprendió que aquel hombre era así, que hablaba sin ánimo de ofenderla.
– Dentro de tres días -recordó él cuando se despidieron.
Max estaba sumergido en la bañera cuando ella llegó al hotel.
– ¿Dónde has estado? -le preguntó desde el baño.
– Dando una vuelta. He ido a la catedral -respondió Amelia poniéndose en guardia.
Luego le dejó seguir disfrutando del baño y salió de la habitación para aprovechar los minutos hasta que Max terminara y fotografiar algunos de los documentos que él tenía esparcidos sobre el escritorio.
Ni siquiera se fijó en lo que fotografiaba. No tenía tiempo. Se lo daría a Dion en cuanto tuviera la primera oportunidad.
La noche anterior a la operación de la Resistencia, Max le dijo que estaría unos días fuera porque tenía que acercarse a un pueblo donde algunos soldados habían caído enfermos.
– No sé de qué se trata, pero tengo que ir a echar un vistazo.
– ¿Cuándo te irás?
– Mañana muy temprano. Antes de que amanezca me vendrá a buscar mi ayudante.
– Estás preocupado…
– Lo estoy, por la marcha de la guerra. En Berlín se niegan a ver lo que está pasando.
– ¿Qué está pasando, Max?
– Que podemos perder. Fue un error atacar a los rusos y lo estamos pagando.
Amelia suspiró aliviada. Deseaba fervientemente que Alemania perdiera la contienda, aunque en ese momento su mayor preocupación era cómo salir de su habitación sin que Max la viera. Llevaban un día sin dormir juntos, porque ella le había dicho que estaba indispuesta y se encontraba mal. El había aceptado a regañadientes que ella durmiera en su habitación, pero mantenían abiertas las puertas que comunicaban los cuartos.
Ahora no habría problema. Max se iría al amanecer y ella a continuación. Tenía que acudir a la casa de Costas, de allí irían al lugar por donde tenía que pasar el convoy para colocar los explosivos. Se tranquilizaba diciéndose que ella sólo tenía que conducir.
Max se acercó a su cama para despedirse, la besó en la frente creyéndola dormida. Cuando salió de la habitación, ella se levantó de un salto. No tardó más de quince minutos en estar lista. Dion le había dado un plano del hotel indicándole las salidas de servicio por donde poder escabullirse, además de haberle proporcionado un uniforme de doncella. Se lo había puesto, ocultando su cabello en una cofia y colocándose unas gafas que la ayudaban a disimular su rostro.
Salió de la habitación y buscó la puerta que daba a un cuarto que comunicaba con las escaleras de servicio. Tuvo suerte, sólo se tropezó con un camarero malhumorado por tener que servir un desayuno a esa hora tan temprana. Ni siquiera respondió a su saludo.
Salió del hotel y con paso decidido se fue alejando hasta llegar a la plaza Omonia, donde la esperaba el coche de la pareja.
– Se ha retrasado -le recriminó la mujer.
– He venido tan deprisa como he podido.
La llevaron hasta la casa de Costas. El hombre aguardaba impaciente en el garaje.
– Nuestros amigos estarán preguntándose por qué no llegamos. Nosotros tenemos los explosivos -dijo refunfuñando.
Amelia no sabía adónde iba, sólo seguía las indicaciones de Costas. Al cabo de un buen rato dejaron la ciudad y se alegró al ver los brotes de la primavera a ambos lados del camino.
– Sigue por ahí… fíjate, a lo lejos verás unas casas, allí viven los ricos… aquí no hace calor en verano.
Luego le indicó una cuesta, un camino de tierra; Amelia temió que el coche no pudiera subir. Pero lo hizo, y al cabo de un rato de conducir por aquel sendero llegaron hasta una construcción que parecía un lugar donde guardar los aperos de trabajar el campo. Costas la mandó parar, y sin saber de dónde, aparecieron cinco hombres armados.
El cojo los saludó efusivamente y les presentó a Amelia. Los hombres les ayudaron a descargar los explosivos y las armas que llevaba el coche de la pareja.
– No está mal -dijo uno de los hombres, el que parecía mandar a aquel pequeño grupo.
– ¡Que no está mal! -gruñó Costas-. Los ingleses han cumplido, Dimitri; ese Churchill no es de los nuestros, pero quiere lo mismo que nosotros.
Costas volvió a darle una pistola a Amelia y le indicó a ella y a la otra mujer que cogieran unas bicicletas que estaban apoyadas junto a uno de los muros de la casa. Ellas obedecieron sin preguntar; llevando las bicicletas de la mano, fueron caminando escondiéndose entre los pinos hasta llegar al borde de otra carretera.
No pasaba nadie por allí, pero Costas mandó a tres hombres que se colocaran en lugares estratégicos para vigilar, y ordenó a Amelia y a la otra mujer que cada una fuera en una dirección de la carretera montadas en sus bicicletas, y si veían algún coche, debían avisarles de inmediato.