Todos le obedecieron; mientras se alejaba, Amelia vio cómo iban disimulando los explosivos a ambos lados de la carretera.
Creyó escuchar un ruido de camiones a lo lejos y salió de la carretera para, escondida entre los árboles, vislumbrar el convoy militar que lentamente se iba acercando. Pedaleó con ganas hasta llegar donde estaban Costas y sus hombres.
– ¡Ya vienen!
– ¡Daos prisa! Tenemos que terminar, los cerdos ya están aquí.
Se fueron escondiendo entre los árboles y Costas le hizo una señal a Amelia.
– Hemos puesto cargas en distintos lugares, y cada uno de nosotros se encargará de un detonador. Así es más seguro: si falla uno, no fallará el otro. Acompáñame, ya te diré cuál es el tuyo.
– ¿Yo? No sé nada de explosivos…
– Sólo tienes que apretar aquí cuando escuches mi silbido.
Sólo eso. Podrás hacerlo. Es más fácil que conducir. Luego ya sabes lo que has de hacer. Correr hacia donde hemos dejado el coche; si no he llegado, espérame, si tardo más de cinco minutos desde que se produzca la explosión, entonces vete.
– ¿Sin ti?
– Yo no puedo correr, ya sabes cómo tengo la pierna. Subiré como pueda.
– No deberías haber participado en esto -dijo Dimitri-, pero quieres estar en todo, nos las podríamos haber arreglado sin ti.
– Calla, y procura que llegue al coche.
– El médico te dijo que si continuabas andando perderías la pierna.
– ¡Los médicos no saben nada! -respondió Costas con desprecio.
El ruido de los coches y camiones se escuchaba cada vez más cerca. Amelia ocupó su posición. Tenía todos los músculos en tensión y no quería pensar en lo que estaba a punto de hacer. Sabía que muchos hombres morirían.
Costas había organizado el sabotaje de manera que el convoy se viera atrapado por varias explosiones a lo largo de la carretera.
Amelia vio pasar camiones y carros de combate seguidos de varios coches en que viajaban oficiales de la Wehrmacht. Justo a su paso era cuando ella debía detonar el explosivo. Asió con fuerza la llave del mecanismo. Fijó la mirada en el detonador esperando un silbido de Costas y cuando lo escuchó, bajó el detonador. La carretera se convirtió en un infierno. Varios vehículos saltaron por los aires, otros se incendiaron, un tanque reventó al explotar la munición. Los cuerpos desmembrados de algunos soldados habían sido proyectados a decenas de metros de distancia. Las llamas devoraban los restos de los camiones y los gritos desgarradores de los heridos se confundían con el sonido rabioso de las órdenes que impartía un oficial desde lo alto de la torreta de un tanque. Sentía el silbido de las balas al rasgar el aire puro de la mañana mezclándose con los gritos desesperados de los heridos. Sabía que era el momento de salir corriendo hacia la casa de los aperos, pero se quedó paralizada al mirar hacia el coche donde iban los oficiales. Un grito aterrador salió de su garganta.
– ¡Max! ¡Max! -gritó enloquecida, dirigiéndose hacia el infierno. No pensaba, sólo sabía que debía acercarse hasta la orilla de la carretera donde Max estaba tirado en el suelo empapado de sangre y envuelto en llamas que Amelia intentaba apagar con sus propias manos.
Costas vio a Amelia correr hacia la carretera. «Está loca -pensó-, la cogerán y hablará, entonces nos detendrán a todos.» Le apuntó con su arma y la vio caer cerca de donde estaba uno de los oficiales. Después, ayudado por uno de sus camaradas, huyó monte arriba.
Amelia cayó a pocos metros de donde estaba Max gritando: «¡Qué he hecho, Dios mío, qué he hecho!».
En medio del dolor, Max creyó escuchar un grito de Amelia, y pensó que se estaba muriendo puesto que escuchaba su voz.
Aquél no fue un buen día para los alemanes: era el 6 de junio de 1944, y horas antes, en las playas de Normandía, los aliados habían iniciado la invasión.
Cuando Amelia empezó a recuperar el conocimiento estaba en un hospital, y el primer rostro que vio fue el del coronel de las SS Winkler. Quiso gritar, pero la voz se negaba a salir de su garganta.
– Despiértela, tengo que interrogarla -ordenó Winkler al médico que estaba junto a él asistido por una enfermera.
– No puede interrogarla, lleva en coma desde hace más de un mes.
– ¡La seguridad de Alemania está por encima de lo que le pueda suceder a esta mujer! ¡Es una terrorista, una espía!
– Sea lo que sea, ha estado en coma, le he avisado tal y como me ordenó porque en las últimas horas parece haber evolucionado. Pero tendrá que esperar a que sepamos si su cerebro ha sufrido daños. Déjeme hacer mi trabajo, coronel -pidió el médico.
– Es de suma importancia que pueda interrogar a esta mujer.
– Para poder hacerlo con éxito, debe permitir que haga mi trabajo; en cuanto ella pueda hablar, le avisaré.
A pesar de su estado, Amelia pudo captar la mirada de odio de Winkler y cerró los ojos.
– Ahora debe irse, coronel, puede que la paciente vuelva a caer en coma.
Las palabras le llegaban desde lejos. Había varios hombres hablando a su alrededor, pero no quería abrir los ojos temiendo encontrar los de Winkler.
Aún pasaron varias semanas hasta que Amelia recuperó completamente la conciencia. Cada minuto de lucidez sentía que se le quebraba el alma recordando a Max. No soportaba pensar que lo había matado. Porque había sido ella quien había apretado el detonador al paso del coche de los oficiales. El cuerpo ensangrentado de Max luchando contra las llamas le impedía encontrar la paz, y sólo ansiaba sumirse en un sueño que fuera eterno.
Pero, a pesar de su deseo de morir, comenzó a recuperarse y mientras lo hacía pensaba en el momento en que el coronel Winkler volvería a aparecer para interrogarla. Se decía a sí misma que la habían rescatado de la muerte para volver a entregarla a la muerte, pues eso era lo que le esperaba a manos del coronel, pero no le importaba. Se decía a sí misma que merecía morir.
Tenía que hacer un esfuerzo para pensar, pero su intuición le dijo que era mejor anclarse en el silencio, que creyeran que no podía hablar a causa de la conmoción que había sufrido; mejor aún, que creyeran que había perdido la memoria.
El médico la examinaba todos los días y consultó con otros colegas el tratamiento más adecuado para sacarla de ese estado vegetativo en que parecía estar. Sospechaba que ella le oía, que le entendía cuando él le hablaba, pero que no quería responder, aunque tampoco podía asegurarlo.
Amelia procuraba tener la mirada perdida, como si estuviera ensimismada en su propio mundo.
– ¿Alguna novedad, enfermera Lenk?
– Ninguna, doctor Groener. Se pasa el día mirando al frente. Tanto le da estar en la cama como que la pasee; no parece enterarse de nada.
– Sin embargo… déjeme con ella, el doctor Bach necesita refuerzos en su sección, vaya a echarles una mano.
El doctor Groener se sentó en una silla frente a la cama de Amelia y la miró fijamente. Se dio cuenta de que imperceptiblemente los ojos de ella se movían intentando mantener su mirada vacía.
– Sé que está aquí, Amelia, que aunque parezca que no nos entiende, no vaga en la inconsciencia. El coronel Winkler llegará esta tarde para interrogarla. Yo tengo que darle el alta porque no puedo hacer más por usted. Recomendaré su ingreso en alguna institución, aunque su futuro no depende de mí, sino del coronel.
Amelia se pasó el resto del día rezando mentalmente para encontrar fuerzas con las que enfrentarse a Winkler. Sabía que el coronel la llevaría al límite del dolor para hacerla hablar, y que, lo consiguiera o no, la mataría.
Cuando recobró por completo el conocimiento, la sometieron a terapia para intentar que hablara. El doctor Groener decidió contarle cómo la habían encontrado desangrándose en aquella carretera donde un grupo de terroristas había atacado a un convoy del Ejército alemán.
La llevaron al hospital junto al resto de los soldados heridos, y allí la operaron. Una bala le había atravesado un pulmón. Pensaron que no sobreviviría, pero sobrevivió. Fue el coronel Winkler quien pidió a los médicos que hicieran lo imposible por salvarla, pues era de vital importancia poder interrogarla. De manera que se dejaron la piel por arrastrarla desde la orilla de la muerte hasta la de la vida.