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– ¿A qué ha venido a Israel?

– A hacer turismo.

– ¿Conoce a alguien aquí?

– No, no conozco a nadie.

– ¿Le han entregado algún regalo para alguna persona de Israel o de los Territorios?

– No, nadie me ha dado nada ni yo traigo ningún regalo.

Luego tuve que detallar dónde me iba a alojar y qué recorrido pensaba hacer por el país.

Ya de malhumor, alquilé un coche para ir hasta Jerusalén mientras pensaba que, en relación con la seguridad, los israelíes eran un poco paranoicos, incluso más que los norteamericanos.

El Sheraton de Jerusalén, situado en un lugar céntrico, se hallaba no muy lejos del King David, el hotel histórico de la ciudad, aunque si quería ir a la ciudad vieja tenía que dar un paseo. Aunque me dije que no estaba allí para hacer turismo, decidí que cuando terminara de trabajar, buscaría un momento para visitar los Santos Lugares y llevar un recuerdo a mi madre. Pensé en lo contradictoria que era, tan moderna para algunas cosas, pero tan católica y tradicional en otras.

El profesor Avi Meir resultó ser un aciano encantador que se mostró dispuesto a recibirme de inmediato.

– Ayer me telefoneó el profesor Soler anunciándome su llegada. Si no tiene ningún otro compromiso, le espero para cenar a las ocho.

Acepté de buen grado. Salvo tres cafés, no había tomado nada en todo el día, y estaba hambriento. Después de darme una ducha, le pedí al conserje del hotel que me explicara cómo llegar a la dirección que me había dado el profesor Meir.

El profesor vivía en la segunda planta de una casa de sólo tres pisos. Él mismo abrió la puerta y me dio un apretón de manos que me sorprendió por su firmeza, teniendo en cuenta que era la mano de un hombre de edad avanzada. Calculé que estaría cerca de los noventa, pero se movía como si tuviera muchos menos.

La casa era sencilla, con estanterías en todas las paredes y libros apilados por el suelo. En la sala de estar había una mesa redonda perfectamente dispuesta para la cena.

– Siéntese, estará hambriento después del viaje. No sé usted, pero yo nunca como en los aviones.

Cenamos con apetito. Además de un pescado cocinado al horno, el profesor había dispuesto varias ensaladas, hummus y una cesta de pan ácimo.

– Le gustará el pescado, se llama Pilatia Galilea, aunque creo que ustedes lo llaman San Pedro; es del mar de Galilea, un amigo me lo ha traído hoy.

Dimos buena cuenta de la cena mientras le contaba que necesitaba información sobre el campo de Ravensbrück y la confirmación de si allí habían tenido prisionera a mi bisabuela.

– No somos judíos, pero mi bisabuela estuvo muy implicada en la guerra, trabajó para los aliados. Si usted pudiera arreglarme una cita con alguien del Museo del Holocausto, se lo agradecería mucho. Tanto como esta magnífica cena -bromeé.

El profesor se quedó en silencio mirándome fijamente, como si quisiera leer mis pensamientos más íntimos. Luego, antes de responder, me sonrió.

– Haré algo mejor, le presentaré a alguien que estuvo en Ravensbrück.

– ¡No es posible! ¿Aún quedan supervivientes de ese campo de prisioneros?

– Cada vez somos menos, pero aún no nos hemos muerto todos. ¿Sabe?, a veces pienso que cuando el último de nosotros desaparezca, no quedará ningún testimonio de lo que fue aquello, porque el mundo tiende a olvidar, no quiere recordar.

– Hay libros, documentales, el Museo del Holocausto… Nunca se perderá la memoria de lo que sucedió -intenté animarle.

– ¡Bah! Todos esos testimonios no dejan de ser una gota en el inmenso mar. Los hombres necesitan olvidar sus crímenes… Volviendo a lo que nos ocupa, mañana le presentaré a alguien que le puede ayudar, alguien que sobrevivió a Ravensbrück lo mismo que yo sobreviví a Auschwitz.

– Muchas gracias, profesor, en realidad es mucho más de lo que yo esperaba.

– Iré a buscarle a las doce a su hotel, pero antes quiero que haga algo. Visite el Museo del Holocausto, acuda usted a primera hora de la mañana. Luego le será más fácil comprender.

Ya en el hotel, sentí la necesidad de hablar con alguien para contarle que había conocido a un hombre excepcional. La larga conversación con Avi Meir me había impresionado. Apenas me habló de su peripecia vital en Auschwitz, en cambio me explicó cómo era la Europa de antes de la guerra, hasta que nos metimos de lleno en una discusión sobre la existencia del Estado de Israel; aquella velada me hizo sentir tan cómodo, que incluso me permití el lujo de criticar abiertamente la política de Israel con los palestinos.

Avi Meir no se amilanó ante mis críticas y polemizamos con la confianza con que sólo lo hacen los buenos amigos. Me sentí muy a gusto.

A la mañana siguiente me levanté temprano. Quería aprovechar el día, así que cogí un mapa de Jerusalén y, gracias también a las indicaciones del recepcionista del hotel, me planté en el Museo del Holocausto con bastante rapidez.

Cuando llegué, me encontré esperando a un grupo de judíos norteamericanos y a los alumnos de un colegio. También había un grupo de turistas españoles que aguardaban a que llegara su guía. Me pegué a ellos para escuchar sus explicaciones.

Salí del museo sobrecogido, con el estómago revuelto y una sensación de náusea. ¿Cómo era posible que toda una nación hubiera enloquecido hasta el punto de haber asesinado masivamente a millones de personas por ser de una raza distinta o por tener otra religión? ¿Por qué no se habían revelado? Me acordé de Max von Schumann y de sus amigos; ellos no estaban de acuerdo con Hitler, pero su oposición era únicamente intelectual. ¿Cuántos alemanes de verdad se jugaron la vida combatiendo a Hitler?

Llegué al hotel al mismo tiempo que el profesor Meir, que sorprendentemente conducía él mismo una vieja camioneta.

– Suba. ¿Viene del museo? El lugar donde vamos no está muy lejos, sólo a doce kilómetros de aquí, ya verá.

Salimos de la ciudad sin que el profesor me dijera adonde me llevaba, tampoco le pregunté. Me pareció que nos estábamos internando por el desierto hasta que de pronto me pareció vislumbrar un oasis verde en el horizonte. Parecía un pueblo, un pequeño pueblo con una cerca de protección y hombres y mujeres armados que vigilaban el perímetro de la población. No eran soldados, sino que parecían gente corriente, vestidos con ropa cómoda, sin ningún distintivo militar.

– Esto es Kiryat Anavim, un kibutz, aquí viven sobre todo judíos rusos. Lo fundaron unos judíos que llegaron de Rusia en 1919. En Israel cada vez quedan menos kibutz; vivir aquí es muy duro, es comunismo puro.

– ¿Comunismo?

– No existe la propiedad, todo es de todos y la comunidad provee según las necesidades de cada cual; los niños se educan en la casa comunal, y todos se reparten el trabajo, pero haciendo de todo; usted puede ser ingeniero o médico, pero también le tocará estar en la cocina, o arar. La única diferencia con el comunismo soviético es que aquí hay libertad: cuando alguien se quiere ir, se va; todo cuanto hacen es voluntario. Vivir en el kibutz es muy duro, sobre todo para las nuevas generaciones, los jóvenes de ahora están demasiado mimados y no aguantan una vida espartana.

– No me extraña -respondí en un ataque de sinceridad.

– Yo viví unos cuantos años en un kibutz cuando llegué a Israel, allí conocí a mi esposa y pasé los años más felices de mi vida.

– ¿Su esposa?

– Mi esposa murió hace años. Desgraciadamente el cáncer se la llevó. Era rusa, una rusa judía. Vino con sus padres siendo una niña. Fueron de los primeros pioneros, y se asentaron aquí, en Kiryat Anavim.

– ¿Tiene hijos?

– Sí, cuatro hijos. Dos han muerto. Daniel, el mayor, en la guerra del sesenta y siete, y Esther en un ataque terrorista al kibutz en el que vivía en el norte del país, cerca de la frontera con Líbano. Me quedan dos: Gedeón vive en Tel Aviv, está a punto de jubilarse, es productor de televisión, tiene tres hijos y dos nietos, así que soy bisabuelo; Ariel, el pequeño, vive en Nueva York. Se casó con una norteamericana y se marchó. Tengo dos nietos neoyorquinos que en su momento cumplieron con su obligación y vinieron a hacer el servicio militar. Buenos chicos, se han casado y también tienen hijos.