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– Muchas gracias, Sofía -le dijo mientras cogía su mano y se la apretaba cariñosamente.

– Señora, no sabe cuánto se lo agradezco, y… bueno, siento mucho por todo lo que tuvo que pasar -dije por decir algo, ya que estaba impresionado por el relato.

– ¿Señora? ¿Qué es eso de llamarme señora? Llámeme Sofía, todos me llaman así. ¿Sabe?, nunca imaginé que volvería a saber nada de la española, y de repente me llama Avi para decirme que un joven español busca información sobre Ravensbrück, que es el bisnieto de una prisionera española que estuvo allí… Nunca imaginé que pudiera suceder algo así. ¿Le ha servido de algo lo que le he contado? -Sofía ya había recuperado la firmeza en la voz.

– Me ha ayudado muchísimo; sin su relato, mi investigación no podría seguir. Usted me ha desvelado que Max estaba vivo, yo ya le creía muerto.

– ¿Quién era Max? -me preguntó con curiosidad.

– Un oficial que había sido opositor a Hitler antes de la guerra, un aristócrata prusiano al que le repugnaba el nazismo -expliqué intentando dejar a Max en buen lugar.

– No le debió de repugnar lo suficiente, porque vistió el uniforme alemán y mató defendiendo aquellos horribles ideales.

– Era médico, así que no creo que matara a nadie -continué exculpándole, pero Sofía había conocido al doctor Keifner, de manera que el que un oficial alemán fuera médico no significaba nada para ella. Su cuerpo mutilado era la prueba de lo que habían sido capaces de hacer algunos médicos alemanes.

– ¿Y qué pasó después? -preguntó para no seguir discutiendo.

– No lo sé, es lo que tendré que averiguar ahora, qué pasó después. La historia de mi bisabuela es como una de esas muñecas rusas, cuando uno cree haber llegado a la última, aún hay otra por descubrir. No sé qué pasó, ni si sobrevivieron. No lo sé.

– Él era general; busque en los archivos, puede que le juzgaran en Nuremberg -sugirió Sofía.

– Lo haré.

– O puede que muriera tranquilamente en la cama, como tantos otros militares alemanes -apuntó Avi Meir.

Sofía se empeñó en que almorzáramos con ella, aunque en realidad lo hicimos con todos los que vivían en el kibutz, en un comedor comunitario. La comida era sencilla pero sabrosa y todos se mostraron amables conmigo. Avi tenía razón, decía que era una síntesis del sueño comunista, de un comunismo utópico. Si en algún lugar el comunismo se había hecho realidad era en los kibutz. Pensé que mis amigos se sorprenderían si conocieran ese lugar y me pregunté cuántos de ellos, incluso yo mismo, serían capaces de vivir allí compartiéndolo todo, aceptando participar en todas las tareas, sin poseer nada que la comunidad no decidiera que era necesario comprar en función del dinero que hubiera en la caja y que había que gastar equitativamente. Allí nadie tenía más que nadie.

¿Vivir así? No, no sería capaz; era más cómodo hablar de igualdad en el plano teórico.

En un momento determinado Sofía me dijo al oído que si mi bisabuela hubiera sobrevivido, le habrían quedado secuelas de su paso por Ravensbrück.

– Después de que nos liberaran me tuvieron que operar. La Cruz Roja se hizo cargo de todas nosotras intentando remediar algunas de las barbaridades que nos hizo Kiefner. ¿Sabe?, nunca volví a ser una mujer normal… las secuelas de no tener pechos, o la vagina cosida… Usted no imagina lo que supone eso. Y su pobre bisabuela pasó por lo mismo… No sé si tuvo la suerte que yo. Claro que gracias a esas operaciones estuve hospitalizada durante mucho tiempo. Mi madre se recuperó antes que yo, y antes de regresar a Rusia le pidió a un médico estadounidense judío que me ayudara a venir a Israel. Ella estaba convencida que sería lo mejor para mí. Me sorprendió; yo creía que éramos felices en la Unión Soviética, que debíamos luchar por la revolución, y mi madre también lo creía así, de manera que nunca entendí por qué me pidió que intentara venir aquí. «Sofía», me decía, «que al menos una de las dos pueda ver Jerusalén». Yo le contesté que no teníamos Dios y que no había más patria que Rusia, pero ella insistió. Me lo hizo prometer. Lo conseguí… y nunca más volví a verla.

Eran más de las cuatro cuando regresamos al hotel. Avi se mostró igual de amable y comunicativo que la noche anterior.

– ¿Sabe por dónde continuar buscando? -me preguntó.

– En realidad, no; quizá el mayor Hurley pueda desvelarme lo que haya en sus archivos sobre Amelia.

Le expliqué quién era el mayor Hurley y cómo me había ayudado hasta el momento.

– En mi opinión, si su bisabuela trabajó para los británicos durante la guerra, puede que éstos le volvieran a dar trabajo… si es que sobrevivió. Tengo un amigo, es norteamericano aunque de origen alemán. Es historiador y lo sabe todo sobre lo que sucedió después de la guerra. Quiso alistarse para ir a luchar pero no se lo permitieron porque no tenía la edad, de manera que cuando pudo hacerlo, la guerra ya había terminado, pero aun así consiguió que le destinaran a Berlín. Sentía una rabia inmensa de que Hitler y sus secuaces hubieran manchado Alemania. Solía decirme: «Avi, por culpa de Hitler, la humanidad entera cree que todos los alemanes somos igual que ellos; llevaremos esa culpa como si se tratara del pecado original».

»É1 había nacido en Nueva York, pero sus padres eran alemanes, y le educaron como tal. Era católico, y mucho; tanto, que terminó haciéndose sacerdote. Ya lo era cuando le conocí en Jerusalén, donde vivió durante un tiempo y se doctoró en estudios bíblicos en la universidad. Nos hicimos muy amigos, y solía contarme muchas cosas sobre el Berlín que conoció cuando llegó en el cuarenta y seis. Si quiere, puedo llamarle, quizá le ayude; aunque, claro, vive en Nueva York y no sé si…

– Se lo agradezco, Avi, necesito cualquier ayuda, alguien que me guíe; de manera que si usted habla con él y le dice quién soy… puede que en algún momento precise de su consejo.

Nos despedimos en la puerta del hotel con el compromiso de que me telefonearía en cuanto hablara con su amigo, el cura norteamericano.

Reservé un billete para regresar al día siguiente a Londres y aproveché el tiempo que me quedaba para visitar Jerusalén. Avi me había recomendado que entrara en la ciudad vieja por la Puerta de Damasco y fue lo que hice. Paseé orientándome con el plano que traía conmigo; acabé comprando un rosario para mi madre que estaba hecho de madera de olivo, y también le compré una Biblia con las tapas del mismo material. Luego me hice con varios kefyas, los típicos pañuelos palestinos, que pensaba repartir entre mis amigos, y no sé por qué pero me dejé engatusar por un viejo comerciante que se empeñó en venderme una tetera de cobre bruñido. No es que me gustara especialmente la tetera, pero no fui capaz de resistirme a los requerimientos del viejo. Regresé al hotel satisfecho con mis compras.

Creo que al mayor William Hurley le habría gustado que hubiera permanecido más tiempo en Jerusalén, porque cuando le telefoneé y le dije que estaba en Londres, no pareció alegrarse mucho.

– Usted hace todo muy deprisa, Guillermo -me reprochó.

– En realidad he tenido mucha suerte y di con las personas adecuadas y eso me evitó perder el tiempo -me defendí, pensando en que si el mayor Hurley no fuera tan ordenancista y decidiera contarme de una vez por todas lo que sabía de Amelia Garayoa, yo podría terminar mi trabajo y él no tendría que soportarme más tiempo. Pero era británico y de clase acomodada, así que la parsimonia era parte de su naturaleza.

– Y bien, ¿qué es lo que ha averiguado? -me preguntó, como si de ello dependiera que me volviera a recibir o no.

Cuando terminé de contárselo pareció dudar, pero a continuación me ordenó que aguardara a que se pusiera en contacto conmigo.

– ¿Y eso cuándo será, mayor?