Por lo que decía, Josep estaba bien relacionado no sólo con los dirigentes comunistas catalanes.
Amelia se sentía halagada de que un militante comunista de su importancia mostrara interés por conocer sus opiniones, y la escuchara. Pero sobre todo Josep dedicaba buena parte del tiempo que pasaba con nosotras en adoctrinarnos, en llevar el agua a su molino, en convencernos de que el futuro sería de los comunistas y que la Revolución soviética era sólo el comienzo de una gran revolución mundial a la que no habría fuerza humana que se pudiera oponer.
– ¿Sabéis por qué triunfará la revolución? Porque somos más; sí, somos más los que nunca hemos tenido nada. Somos más los que tenemos un gran tesoro: la fuerza de nuestro trabajo. El mundo no podría moverse sin nosotros. Nosotros somos el progreso. ¿Quién va a mover las máquinas? ¿Acaso los señoritos ricos? Si supierais cómo se vive en la Unión Soviética, los avances conseguidos en menos de veinte años… Moscú cuenta desde abril con trenes subterráneos, un metro con ochenta y dos kilómetros de recorrido; pero siendo eso importante, aún lo es más que las estaciones están decoradas con obras de arte, con arañas de cristal, con cuadros y frescos en las paredes… y todo eso para los obreros, para los que nunca han tenido la oportunidad de ver un cuadro ni de iluminarse con esas lámparas de cristal fino… Ese es el espíritu de la revolución…
Amelia no se atrevió a dar el paso, pero yo sí y pedí a Josep que me avalara para hacerme comunista. ¿Qué otra cosa podía ser una chica como yo, nacida en las montañas, y que había trabajado desde que tenía uso de razón?
Una tarde Lola nos dejó recado en casa para que aquella noche nos reuniéramos con ella y con Josep y unos compañeros comunistas.
Amelia no sabía cómo decirle a Santiago que iba a salir de noche, sobre todo porque en aquellos días los enfrentamientos en la calle entre las izquierdas y las derechas eran continuos, y siempre se saldaban con algún herido, cuando no con algún muerto.
– No tendría que haberme casado -se lamentaba Amelia-, porque ahora no puedo dar un paso sin consultárselo a Santiago.
En realidad no era verdad que hacía partícipe a su marido de sus escarceos políticos, pero salir por la noche sola era más de lo que podía permitirse. Pero siempre fue muy tozuda, de manera que en cuanto Santiago llegó a casa le planteó abiertamente su decisión de salir para acudir a casa de Lola a conocer a algunos amigos comunistas de la pareja.
Tuvieron una discusión que se saldó a favor de Santiago.
– Pero ¿qué pretendes? ¿Crees que con lo que está pasando voy a permitir que te vayas más allá de las Ventas a casa de Lola con gente que no sabemos quiénes son? Si no te importo yo, si ni siquiera te importas tú, al menos piensa en nuestro hijo. No tienes ningún derecho a ponerle en peligro. ¡Menudos amigos esa Lola y ese Josep invitando a una embarazada a que salga de noche por Madrid!
Santiago no cedió, y aunque Amelia trató de convencerle, primero con mimos y carantoñas, luego con lloros, y más tarde con gritos, lo cierto es que no se atrevió a salir de casa sin la aprobación de su marido.
La situación política seguía deteriorándose por momentos, y por más que lo intentaba, el presidente de la República Niceto Alcalá Zamora se veía impotente para lograr el más mínimo consenso entre las izquierdas y la CEDA.
Joaquín Chapaprieta, que había sido ministro de Hacienda, terminó recibiendo el encargo de Alcalá Zamora para que formara un gobierno, que igualmente terminó en fracaso.
Recuerdo que un domingo fuimos a almorzar a casa de los Carranza. Creo que era octubre, porque Amelia estaba en el último tramo del embarazo, y verse gorda y torpe la hacía desesperarse.
Don Manuel y doña Blanca habían invitado a todos los Garayoa, no sólo a los padres de Amelia, sino también a don Armando y a doña Elena, de manera que allí estaban las primas, Melita, Laura y el pequeño Jesús.
Si recuerdo aquel almuerzo fue porque a Amelia casi se le adelanta el parto.
Don Juan estaba más preocupado que de costumbre porque había recibido una carta del que hasta entonces había sido su empleado, herr Helmut Keller, en la que le explicaba detalladamente en qué consistían las Leyes de Nuremberg promulgadas en septiembre de ese mismo año de 1935. Helmut mostraba su preocupación porque, según la nueva legislación, sólo quien tenía sangre «pura» podía ser alemán; el resto pasaba a ser súbdito. También se prohibían los matrimonios entre judíos y arios. El señor Keller creía que había llegado el momento de que herr Itzhak Wassermann y su familia salieran de Alemania, aunque se lamentaba porque aún no había logrado convencerles para que lo hicieran, aunque había muchas familias judías que ya habían emigrado temerosas de lo que estaba pasando. El señor Keller pedía a don Juan que intentara convencer a herr Itzhak.
– He pensado en ir a Alemania. Tengo que sacar de allí al bueno de Itzhak y a su familia, temo por su vida -se lamentó clon Juan.
– ¡Pero puede ser peligroso! -exclamaba doña Teresa.
– ¿Peligroso? ¿Por qué? Yo no soy judío.
– Pero herr Itzhak sí, y mira lo que ha pasado con el negocio, os han arruinado, lleváis muchos meses sin que ninguna empresa alemana os compre y os venda material, incluso os han acusado defraude en las cuentas. -Doña Teresa estaba realmente asustada.
– Lo sé, querida, lo sé, pero no han podido probar nada.
– Aun así, os han cerrado el almacén.
– Debes comprender que tengo que ir.
– Si me lo permite, creo que su esposa tiene razón. -La voz potente de don Manuel se abrió paso en la discusión entre don Juan y doña Teresa-. Amigo mío, debería resignarse a la pérdida de su negocio en Alemania, usted ha pagado las consecuencias de tener un socio que no le gusta al nuevo régimen. No creo que arregle nada yendo hasta allí, mejor sería que fueran ellos los que intentaran salir de Alemania.
Se enfrascaron en una discusión en la que Amelia apoyó a su padre con tanto ímpetu que aseguró que ella misma le acompañaría para salvar a herr Itzhak y a su familia y que dejarles a su suerte sería de cobardes. Tanto se alteró, que terminó sintiéndose indispuesta y acabamos temiendo por su estado.
A principios de noviembre nació Javier. Amelia se puso de parto la madrugada del día 2 pero no trajo su hijo al mundo hasta un día después. ¡Cómo lloraba! La pobrecita sufrió lo indecible y eso que contó con la asistencia constante de dos médicos y una comadrona.
Santiago sufrió con ella. Golpeaba con rabia la pared para descargar la impotencia que sentía por no poder hacer nada para ayudar a su mujer.
Al final le sacaron el niño con fórceps, pero casi la matan. Javier era precioso, un niño sano, largo y delgado, que llegó al mundo con mucha hambre y se mordía los puños desesperado.
Amelia perdió mucha sangre en el parto y tardó más de un mes en recuperarse, por más que todos la mimábamos, sobre todo Santiago. Todo le parecía poco para su mujer, pero a Amelia se la veía triste e indiferente a cuanto sucedía a su alrededor; sólo se alegraba cuando la visitaba su prima Laura o Lola. Entonces parecía que el brillo le volvía a la mirada y ponía interés en la conversación. Por aquellos días Laura había iniciado un noviazgo con un joven abogado hijo de unos amigos de sus padres y todo hacía prever que terminaría en boda. En cuanto a Lola, cuando la visitaba, Amelia nos pedía a todos que las dejásemos solas, lo cual Santiago aceptaba para no contrariarla.