– Dentro de un día o dos -respondió, antes de colgar el teléfono.
Tratándose del mayor, agotó el plazo, es decir, que me telefoneó dos días más tarde, cuando yo ya estaba pensando en marcharme a Nueva York a ver al amigo de Avi, más que nada porque me carcomía el estar sin tener nada que hacer. Antes de despedirse añadió:
– Lady Victoria tiene la amabilidad de invitarnos a almorzar mañana. En su casa a las doce.
Celebré la noticia invitándome a cenar en un restaurante. Lady Victoria me caía bien; al igual que el mayor, era genuinamente británica. El hecho de estar casada con un nieto de lord Paul James, el tío de Albert James, la convertía en una autoridad en todo lo que se refería a Amelia Garayoa.
Compré una botella del mejor oporto en una tienda de licores de Bond Street. El dependiente dudó de si debía atenderme o llamar al guardia de seguridad porque mi aspecto no se correspondía al de sus distinguidos clientes. No entendí por qué me miraba con tanta desconfianza hasta que regresé al hotel y me di cuenta de que llevaba un pañuelo palestino alrededor del cuello. Debió de pensar que, como poco, yo debía de ser primo de Bin Laden.
Tuve la tentación de comprarme una corbata en alguna de las exclusivas tiendas de Bond Street puesto que sólo tenía una y era la que siempre llevaba cuando visitaba a lady Victoria, pero los precios hicieron que desechase mi buena intención: las corbatas no bajaban de los trescientos euros, así que decidí que era mejor invertir el dinero de la corbata en whisky escocés.
Cuando llegué eran las doce en punto. De nuevo me pareció que lady Victoria tenía más pecas que de costumbre, y su blanquísima piel estaba enrojecida como si hubiera tomado el sol.
– ¡Ah, querido Guillermo! ¡Qué alegría volver a verle! -Tan caluroso recibimiento parecía sincero.
– No sabe cuánto le agradezco su invitación -respondí yo, intentando estar a su altura.
– Es emocionante, verdaderamente emocionante, su investigación. Mi esposo piensa lo mismo que yo, ¿verdad, querido?
Lord Richard asintió mientras me estrechaba la mano. Tenía la nariz colorada, no sé si porque, al igual que su esposa, había tomado el sol o era consecuencia de su gusto por el jerez.
Me arrepentí de mis malos pensamientos. Lady Victoria y lord Richard habían pasado unos días de vacaciones en las Barbados, en casa de unos amigos, de ahí aquella piel tan enrojecida.
Sabía que antes de que lady Victoria y el mayor Hurley decidieran ir al grano tendríamos que hablar de generalidades, y que no sería hasta los postres cuando ambos se metieran en materia; así que, armándome de paciencia, me dispuse a disfrutar del almuerzo.
– Querido Guillermo, hemos tenido suerte; cuando el mayor Hurley me explicó lo que usted había averiguado en Jerusalén me sentí horrorizada… pensar en el sufrimiento de todas esas mujeres… Pero ya le digo que hemos tenido suerte. Verá, he encontrado en nuestros archivos un cuaderno de Albert James, son reflexiones personales que escribió sobre los últimos días de la guerra, la capitulación, la división de Berlín y también sobre su encuentro con Amelia. ¡Imagínese qué momento! Yo recordaba haber leído por encima esos cuadernos ¡pero es tanto lo que aún me queda por clasificar! Así que me puse a buscarlos; recordaba que Albert se refería a Amelia, aunque la verdad es que no sabía por qué. Creo que con los cuadernos y con lo que pueda contarnos el mayor Hurley, podrá hacerse una idea de lo que le sucedió a su bisabuela después de la guerra.
– Puede que necesite otras fuentes -apostilló el mayor Hurley.
– Me están ayudando mucho y les estoy muy agradecido -intervine yo con la mejor de mis sonrisas.
Lady Victoria y el mayor Hurley intercambiaron una rápida mirada en la que él le cedió la palabra a nuestra anfitriona.
«Debe usted saber que Albert James decidió trabajar para la OSS, el Servicio Secreto estadounidense. Lord Paul no consiguió que su sobrino colaborara con los Servicios de Inteligencia británicos, pero sí lo consiguió un buen amigo suyo, William Donovan, un importante abogado de Nueva York, veterano de la Primera Guerra Mundial, que recibió el encargo del presidente Roosevelt de organizar una red de espionaje adaptada a las necesidades de la guerra y que colaborara con la Inteligencia británica.
Donovan convenció a los mejores para que se enrolaran en la OSS, y Albert era uno de ellos, aunque su incorporación no se produjo hasta bien entrado el año 1943. Su idea romántica del periodismo le impedía dar el paso, hasta que comprendió que en aquella guerra no se podía ser neutral, que debía implicarse, y así lo hizo.
Por su conocimiento del francés, su campo de operaciones fue sobre todo Francia y Bélgica. Había vivido muchos años como corresponsal en París y tenía buenos contactos. También operó en Holanda.
Al finalizar la guerra, Donovan le envió a Berlín. Sabía que en aquella ciudad era donde iba a comenzar una «nueva guerra», una guerra silenciosa y nunca declarada con uno de los antiguos aliados, la Unión Soviética. De manera que se estableció en Berlín con la cobertura de periodista. Fue allí donde poco después se encontró con Amelia; en sus cuadernos dice que el encuentro se produjo en noviembre de 1945, unos meses después del final de la guerra.
Amelia caminaba con un niño agarrado de su mano. Al principio le costó reconocerla. Siempre había sido delgada, pero en aquel momento su delgadez era extrema.
– ¡Amelia!
Ella se volvió al escuchar su nombre y durante unos segundos también dudó, luego se quedó quieta aguardando a que él se acercara.
– Albert… me alegro de verte -dijo, tendiéndole una mano.
– Yo también. ¿Qué haces aquí?
– Vivo aquí -respondió ella.
– ¿Aquí, en Berlín? ¿Desde cuándo?
– Como siempre, preguntándolo todo… -sonrió Amelia.
– Perdona, no he querido molestarte. En varias ocasiones pregunté por ti en Londres; mi tío lord Paul no quiso ser muy preciso, de manera que no he podido saber qué ha sido de ti desde… bueno, desde que nos separamos.
– He sobrevivido, que es más de lo que muchos pueden decir. Pero cuéntame tú, ¿dónde has estado? Supongo que habrás contado la guerra a tus lectores norteamericanos, ¿me equivoco?
– No, no te equivocas, sigo trabajando en lo mismo, ya me conoces. ¿Y este niño? -preguntó, señalando al pequeño que asistía en silencio al encuentro.
– Friedrich, saluda a este amigo mío. Es el hijo de Max.
Se quedaron en silencio sin saber qué decirse. Además de la guerra también Max von Schumann se había interpuesto entre ellos.
– También él ha sobrevivido, me alegro por los dos -respondió sin mucha convicción.
– Sí, ha sobrevivido. ¿Quieres venir a verle? Le gustará hablar con alguien a quien conoció en los buenos tiempos.
En realidad Albert no sentía ningún deseo de ver al barón Von Schumann, pero no se atrevió a decir que no.
– Acompáñanos, vivimos muy cerca de aquí, a dos calles, en el sector soviético.
– No es el mejor lugar.
– Es la única casa en pie que le queda a Max. El edificio pertenecía a su familia, tenían alquilados los pisos; ahora vivimos en uno de ellos, en el resto aún quedan algunos inquilinos, aunque en estos tiempos nadie paga el alquiler.
Subieron andando hasta el tercer piso. Amelia abrió la puerta y Friedrich se soltó de su mano y salió corriendo.
– ¡Papá, papá! ¡Venimos con un amigo tuyo! -gritó el niño.
Entraron en una sala con las paredes cubiertas por estanterías llenas de libros. El antiguo inquilino debía de ser un lector empedernido, o acaso un profesor.
Max estaba en la penumbra, sentado en un sillón cubierto por una fina manta.
Amelia se acercó a él y le besó, acariciándole el cabello.
– Max, me he encontrado con un viejo amigo, Albert James, le he traído aquí.
Albert no entendía por qué Max no se levantaba para saludarle, y cuando acomodó sus ojos a la penumbra tuvo que hacer un gran esfuerzo para que su expresión no lo delatara. El otrora orgulloso y atractivo barón Von Schumann tenía el rostro deformado por las cicatrices provocadas por quemaduras y metralla.