Albert habló con su tío y le informó de la presencia de Amelia en Berlín. Pero lord Paul le explicó que la mujer no estaba en disposición de volver a trabajar para ellos. No sólo había rechazado esa posibilidad, sino que además los hombres que habían contactado con ella escribieron en su informe que no parecía dueña de sí misma.
– ¿Y cómo estarías tú si te hubieran torturado durante meses? -preguntó, airado, Albert a su tío-. No tienes ni idea de lo que le hicieron en Ravensbrück.
Ella nunca le contó por lo que había pasado, pero Albert había leído informes con los testimonios de algunas supervivientes, y se estremecía al pensar que a ella le pudieron hacer lo mismo que a las otras mujeres. Todas habían sufrido mutilaciones, a todas las habían violado, y suponía que Amelia no había sido una excepción; pero ella no hablaba de lo que había pasado, como si su sufrimiento lo tuviera bien merecido, como si fuera parte del pago por lo que le había sucedido a Max.
Era tan grande su remordimiento por aquella operación en Atenas, que Albert le recomendó que hablara con algún sacerdote.
– Necesitas que te perdonen, sólo así podrás recobrar la paz.
– Max me ha perdonado, es un ser excepcional.
– No es suficiente con su perdón, necesitas que te perdone Dios.
Nunca supo si acabó siguiendo su consejo, y tampoco volvió a insistir. Mientras tanto, en Berlín aumentaba la tensión entre los vencedores de la guerra. Las relaciones de las potencias occidentales con los rusos cada día eran más tensas. Habían combatido juntos pero ya no estaban en la misma trinchera.
En la OSS encargaron a Albert que buscara el rastro de un científico nazi que había huido antes de acabar la guerra. Muchos de los científicos que habían trabajado para Hitler habían aceptado gustosos trabajar para los norteamericanos o los rusos ya que con ello se garantizaban la impunidad. Pero no fue el caso de Fritz Winkler.
Albert no le había confesado a Amelia que trabajaba para la OSS; mantenía la farsa de que sólo era un periodista norteamericano deseoso de noticias, por eso decidió probar suerte con Max, quizá él había conocido o sabía de la existencia de Fritz Winkler. Al fin y al cabo, la familia de Max había estado muy bien relacionada y conocía a todo aquel que era alguien en Alemania. Quizá le diera una pista.
– Me han encargado un reportaje sobre científicos que trabajaban para Hitler. Algunos se han escapado y nadie sabe dónde están.
– Dicen que algunos se han pasado a vuestro bando y otros a los rusos -respondió Amelia.
– Puede ser que sea así, pero no todos. Al parecer el doctor Winkler logró salir de Alemania con la ayuda de su hijo, creo que era coronel de las SS y organizó su fuga; lo que no sé es dónde.
– ¿Winkler? -Max se puso tenso.
– ¿Estás seguro de que te han dicho «Winkler»? -quiso saber Amelia.
– Sí, al parecer es un científico que a pesar de haber sido reprobado por la Convención de Ginebra, trabajaba en un proyecto secreto de armas con gases. Su hijo era un coronel de las SS muy bien relacionado. A él tampoco le hemos encontrado. Han desaparecido los dos.
Por el silencio opresivo que se hizo en la sala, Albert dedujo que ambos debían de conocer a uno de los Winkler, o quizá a los dos. Max había vuelto el rostro, pero Amelia estaba pálida y quieta como si se hubiera muerto en ese instante.
– ¿Qué sucede? -preguntó sin dirigirse a ninguno de los dos en concreto.
Fue Max quien rompió el silencio.
– El coronel Winkler envió a Amelia a Ravensbrück. La odiaba por creer que asesinó en Roma a un oficial de las SS amigo suyo.
Albert no supo qué decir, pero pensó que su intuición había dado en la diana.
– ¿Dónde puede estar ahora? -preguntó haciendo caso omiso de la tensión.
– ¡Quién sabe! Se habla de que muchos jefes nazis han logrado huir, que tenían rutas de escape previstas en caso de que Alemania perdiera la guerra -fue la respuesta de Max.
– ¿Conociste a Fritz Winkler, Max? Cuentan que estaba muy bien relacionado y era recibido por algunas de las grandes familias alemanas que incluso antes de la guerra financiaban sus experimentos.
– No, no lo conocí. Desgraciadamente sí conocí en Roma a su hijo, el coronel Winkler, ya te he dicho que quería que ahorcaran a Amelia. Lo siento, no te puedo ayudar, no sabría cómo.
Albert estuvo a punto de preguntarle si lo haría en caso de que supiera dónde estaba Fritz Winkler, pero no lo hizo. Max vivía atormentado por haberse convertido en un inválido, pero a pesar de lo sufrido, mantenía una lealtad inquebrantable a sus compatriotas pese a las barbaridades cometidas por muchos de ellos.
Pensó en las contradicciones de Max, en su empeño para que Gran Bretaña frenara a Hitler antes de la guerra, en la repugnancia y el desprecio que sentía por el nazismo, pero aun así, había luchado junto a ellos porque en aquel momento representaban a Alemania y él nunca habría traicionado a su patria, como si el nazismo no hubiera sido la peor traición. Pero Albert no dijo nada, no quería discutir con el barón, y mucho menos con Amelia. Les veía a ambos como dos seres perdidos, sin futuro ni esperanza, atados el uno al otro como si de una condena se tratase. Sólo Friedrich, el pequeño Friedrich, reía en aquella casa silenciosa y triste. Albert se daba cuenta de que el hecho deque tanto Max como Amelia conocieran al coronel Winkler le podía resultar útil; aún no sabía cómo, pero lo pensaría.
Salió de la casa y decidió dar un paseo antes de regresar al sector norteamericano del dividido Berlín.
Más tarde Albert se reunió con Charles Turner, un miembro de los Servicios de Inteligencia británicos que, como él, estaba destinado en la antigua capital alemana. Se conocían de los duros días de la guerra, y ambos habían simpatizado más allá de haber llevado a cabo algunas acciones conjuntas.
– Necesito que me dejes echar un vistazo al expediente de Amelia Garayoa.
– ¿Y quién es Amelia Garayoa?
– ¡Vamos, Charles, estoy seguro de que sabes quién es Amelia Garayoa!
– No la conozco, pero creo que tú sí -respondió Charles Turner con ironía.
– Ha trabajado para vosotros, la captó mi propio tío, lord James, de manera que no perdamos el tiempo en duelos dialécticos.
– ¿Y se puede saber para qué quieres el expediente de Garayoa? En primer lugar, yo no tengo acceso a los expedientes de los agentes, que, como supondrás, están bien guardados en Londres. En segundo lugar, Garayoa ya no trabaja para nosotros. Uno de nuestros hombres la localizó en Berlín al poco de acabar la guerra, y en su opinión, no estaba muy bien de la cabeza, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta que la tuvieron prisionera en Ravensbrück. Ninguna mujer que haya pasado por allí volverá a ser la misma.
– Vaya, veo que te empiezan a funcionar las neuronas y ya sabes algo de Amelia Garayoa.
– No puedo darte su expediente, pero quizá pueda ayudarte si me dices qué quieres saber sobre ella que no sepas ya.
– Necesito saber qué pasó en Roma; al parecer, la acusaron de haber asesinado a un oficial de las SS, pero no se pudo probar. Quiero saber si lo hizo o no.
– Veré lo que puedo hacer.
Charles Turner lo llamó al día siguiente para ir a tomar una copa.
– Tu amiga española se cargó al coronel Ulrich Jürgens de las SS; al parecer, lo hizo en colaboración con partisanos del Partido Comunista Italiano. Jürgens había ordenado ahorcar a una amiga de Garayoa, a Carla Alessandrini, una diva del bel canto, Esta mujer colaboraba con los comunistas y con un sacerdote alemán de la Secretaría de Estado del Vaticano, que ayudaba a sacar judíos de Roma. Por lo que he podido averiguar, tu amiga fue una agente muy eficaz. Lástima que ahora no esté bien de la cabeza. Como bien sabes, vive con un ex oficial alemán, el hombre que durante la guerra le sirvió de coartada.