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»E1 plan es sencillo: tendréis que dejaros ver, que sepan que estáis aquí. No será difícil, no desconfiarán de Max y le abrirán las puertas. Es sólo cuestión de esperar; si Winkler está aquí, aparecerá.

– ¿Y si no está? -preguntó Amelia.

– Eso ya me lo preguntaste en Berlín. Esperaremos un tiempo; si no aparece o no encontramos una pista que pueda conducirnos hasta él, regresaréis a Alemania. Por cierto, nuestra oficina nos ha recomendado una escuela para Friedrich. Es una escuela particular donde acuden niños alemanes, le gustará.

– Prefiero que Friedrich se quede aquí, es muy pequeño -respondió Amelia.

– Le vendrá bien estar con otros niños.

– No, Friedrich no te servirá de gancho -le aseguró Amelia mirándole fijamente a los ojos.

– No lo he pretendido.

– En cualquier caso seremos nosotros los que decidamos qué es lo que le conviene a Friedrich -le cortó.

De repente oyeron unos golpes secos en la puerta, y Albert, sonriendo, fue a abrir. Regresó a la sala de estar seguido por una joven que llevaba una maleta pequeña en la mano.

– Os presento a Fátima, ella os cuidará. Sabe cocinar, limpiar, planchar, y un poco de alemán, de manera que os ayudará hasta que podáis manejaros con el idioma. No creo que a Friedrich le cueste mucho aprenderlo, y vosotros dos sois políglotas, de manera que tampoco significará un gran esfuerzo.

Fátima debía de tener unos treinta años. Se había quedado viuda, no tenía hijos, y la familia de su marido prefería desprenderse de ella.

Había servido en casa de un matrimonio alemán y allí había aprendido a chapurrear el idioma, pero un buen día la pareja había desaparecido sin siquiera despedirse de ella.

Amelia la acomodó en un cuarto junto a la cocina y Fátima pareció sentirse satisfecha.

Amelia también se dejó contagiar por el buen humor de Max y Friedrich. Por primera vez en mucho tiempo tenían comida. En realidad tenían dinero para comprarla, y eso les producía un gran alivio. Friedrich comía tanto que Amelia se preocupaba por él temiendo que pudiera sentarle mal. Tal era la falta de costumbre.

Durante unos días, Amelia se dejó llevar por Fátima, quien camino del mercado le enseñaba la ciudad.

Disfrutó de las compras en Jan el-Jalili, con su calles estrechas y misteriosas, donde los comerciantes ofrecían todo tipo de mercancías: lo mismo un cordero que piedras preciosas, un cacharro para cocinar o una pieza robada en una tumba.

Una mañana, acompañada de Fátima, llevaron a Max a pasear por la ciudad.

Los vecinos resultaron ser amables y serviciales, y por muy poco dinero el profesor del tercero se ofreció a enseñarles el árabe. Incluso sugirió la posibilidad de que llevaran a Friedrich a la escuela donde enseñaba.

– Si está con niños egipcios aprenderá antes el idioma. Al principio le costará, pero yo estaré allí para protegerle.

Albert les informó de que había un café, el Saladino, donde solían reunirse algunos alemanes.

– Debéis ir allí mañana por la tarde. Los tres sois una familia que ha huido de Berlín, temerosos de las represalias y, sobre todo, porque queréis olvidar el horror de la guerra. Regresaréis, claro, cuando las cosas vayan mejor. Es lo que tenéis que decir.

El Café de Saladino estaba regentado por un alemán que les recibió encantado y les buscó un buen lugar donde colocar la silla de ruedas de Max para que éste se sintiera cómodo; después les sometió a un interrogatorio aparentemente inofensivo.

– Vaya, de manera que vienen a ampliar nuestra pequeña colonia.

Max estuvo en su papel; en realidad fue él mismo, un oficial prusiano, un aristócrata, que se refugiaba en El Cairo tras la guerra. Fue cortés pero manteniendo las distancias con el dueño del café, al fin y al cabo un desconocido.

Saludaron a otros alemanes que se sentaron en mesas cercanas, pero sin entablar conversación con ninguno ellos.

Convirtieron en costumbre el ir todos los días al Café de Saladino. Max era el que hablaba, mientras que Amelia se mantenía en un discreto segundo plano; tanto, que llamaba la atención frente a las expansivas mujeres alemanas que acudían al lugar.

Una tarde en la que se hallaban en el café, donde su presencia ya era habitual, un hombre entrado en años que fumaba un puro en la mesa de al lado se dirigió al barón.

– Si a la señora le molesta el humo del puro, gustosamente lo fumaré más tarde.

– ¿Te molesta, querida? -preguntó Max a Amelia.

– No, en absoluto; por favor, no se preocupe por mí.

– Se lo agradezco, mi esposa no me permite fumar estos puros en casa, de manera que suelo venir aquí.

– Es un lugar agradable -respondió Max.

– ¿Llevan mucho tiempo en El Cairo?

– No mucho -volvió a contestar él.

– Mi esposa y yo llegamos poco antes de que acabara la guerra. Yo ya estaba jubilado, de manera que pensé que éste sería un buen lugar para seguir los acontecimientos. ¿Saben que la próxima semana comienza en Nuremberg un proceso contra todos los que colaboraron con el Gobierno de Hitler? Será una tarea difícil, no pueden juzgar a todos los alemanes, porque ¿quién no estaba con el Führer?

– Desde luego será una tarea difícil -dijo Max, mientras Amelia seguía callada a su lado, vigilando a Friedrich, que se había puesto a jugar con otros niños en la puerta del café.

– Perdone mi indiscreción, pero ¿está así por la guerra? -preguntó con curiosidad el hombre.

– Soy el barón Von Schumann, fui oficial de la Wehrmacht -se presentó tendiéndole la mano.

– Es un honor, barón, a su disposición. Soy Ernst Schneider, propietario de una casa de cambio, aquí en El Cairo. Estaré muy honrado si puedo invitarle con su esposa y su hijo a mi casa.

– Bueno… -Max pareció dudar-, quizá más adelante.

– Entiendo, le parece muy precipitado aceptar la invitación de un desconocido. Y tiene razón, pero cuando uno está lejos de la patria, a veces se olvida de las formalidades.

– No he querido ofenderle -se excusó Max.

– ¡Y no lo ha hecho! Soy yo el que ha actuado incorrectamente. Le diré a mi esposa que me acompañe una tarde de estas y así podrá conocer a su encantadora esposa, ¿le parece bien? Hemos perdido a nuestros dos hijos en la guerra, y a nuestros nietos. Estamos solos, por eso venimos aquí, en el Café de Saladino sentimos que aún late el corazón de Alemania.

La tarde siguiente el señor Schneider acudió al café acompañado de su esposa, que resultó ser una agradable matrona que hablaba sin parar. Amelia se dio cuenta de que la señora Schneider podía constituir una inagotable fuente de información. Parecía conocer a todos los alemanes que vivían en El Cairo, y aunque no se tratara con todos ellos, tenía un conocimiento exhaustivo de sus vidas y actividades.

– Fíjese, querida, ese hombre que acaba de entrar con esa mujer tan llamativa fue un importante funcionario en Baviera. Huyó antes de que finalizara la guerra. Hombre listo. Y ella, bueno, es evidente que no es su esposa, cantaba en un cabaret de Munich. El no tuvo inconveniente en abandonar a su esposa y a sus tres hijos para huir con esta mujer. Como comprenderá, no son bien recibidos en algunas casas; en otras… bueno, ya sabe usted lo que significa estar expatriado, aquí se pierde el sentido de la categoría y lo mismo tratas a un tendero que a un hombre de negocios.

Amelia la escuchaba mientras memorizaba los nombres y oficios de todos los que le señalaba.

Dos semanas después de compartir algunas tardes en el Café de Saladino, Amelia y Max aceptaron la invitación de los Schneider para cenar el sábado siguiente en su casa.

– Será una velada con amigos, les parecerá que están en Berlín, ya verá.

Precisamente ese mismo día, Albert les anunció que no podía alargar más su estancia en El Cairo y que debía regresar a Berlín.