Выбрать главу

– Mi esposa no ha podido resistir la curiosidad de conocerle. También conoció a Amelia y sentía afecto por ella.

– ¡Oh, era una mujer muy valiente! Aprendí mucho de ella.

– Sí, valiente sí debió de ser -respondí yo, ansioso por saber.

Ilse salió del despacho y regresó con una bandeja, una botella de whisky y una cubitera de hielo.

– Llamadme si me necesitáis y… bueno, quizá quiera compartir la cena con nosotros…

– No quiero molestarles…

– Usted es el bisnieto de Amelia, para mí es como si fuera de la familia, además… yo le debo la vida a Amelia -respondió Use.

Me sentía eufórico. No sólo había encontrado a Friedrich, sino que además parecía dispuesto a colaborar, e incluso su simpática mujer acababa de decirme que Amelia le había salvado la vida. De manera que me preparé para que ambos me sorprendieran.

Friedrich me escuchó atentamente cuanto le conté lo que había averiguado de la peripecia de Egipto.

– Creo que esa fue la etapa más feliz de mi niñez, y puede que de mi vida. Si por mí hubiera sido, habría continuado viviendo en El Cairo y no habríamos regresado a Alemania -comentó a modo de preámbulo.

– ¿Qué edad tenía?

– Cuando regresamos creo que debía de tener unos seis años.

– Así que se acuerda bien de lo sucedido en esa época.

– Más o menos, aunque naturalmente mis recuerdos posteriores son más concretos. Mi esposa, Use, también le puede hablar de ella. Ya ve, la quería mucho. En realidad yo conocí a Ilse a través de Amelia, y eso que ambos estudiábamos en la universidad. Yo estaba en medicina, siempre quise ser médico como mi padre, e Ilse estudiaba ciencias físicas. Pero antes de contarle nada, quiero que me dé su palabra de que manejará con cuidado la información. Me ha dicho que es periodista y… bueno, no me gustan demasiado los periodistas, tengo poca fe en los de su oficio.

– No me extraña, a mí me sucede lo mismo.

Friedrich von Schumann me miró con asombro y luego se echó a reír.

– Bueno, al menos tenemos algo en común, además de Amelia. Verá -se puso serio-, aunque hace más de veinte años que cayó el Muro, en realidad los que crecimos con él lo seguimos sintiendo en nuestra cabeza. Lo que le voy a contar no sólo tiene que ver con Amelia, sino que también afecta a otras personas a las que no les gustaría que se supieran las cosas que hicieron en su día. Y tienen derecho a que se respete su secreto, su intimidad. De manera que no le diré sus nombres auténticos; además, nada de lo que le cuente le autoriza a que se conozca más allá de su ámbito familiar. Nada de caer en la tentación de publicar la vida de su bisabuela. Si no se compromete por escrito, no le diré nada.

Acepté todas sus condiciones y firmé un documento que él mismo redactó.

– Para mí, cuando un hombre da su palabra, debería de ser suficiente garantía, pero desgraciadamente la vida me ha enseñado que el código de conducta que me inculcó mi padre no está en vigor.

Al mirarle me imaginaba a Max von Schumann. Porque Friedrich tenía el porte, los modales y la apostura que uno espera en un aristócrata. Además por partida doble, porque su madre, la condesa Ludovica von Waldheim, también había dejado su huella en él.

– Naturalmente, usted heredó el título de sus padres, es usted barón, ¿verdad? -le pregunté por curiosidad.

– Sí, así es, heredé el título de mi padre y el de mi madre. Creo que soy el único superviviente de las dos familias. Pero para mí los títulos no significan nada, absolutamente nada, recuerde que crecí en un país comunista. Me resultaría extraño que alguien me llamara «barón». No, realmente el título no significa nada para mí, ni tampoco para mis hijos.

Eran casi las cuatro cuando Friedrich comenzó a contarme lo que recordaba.

«Aún recuerdo el frío del día en que llegamos a Berlín. Pero sobre todo el impacto que me produjo el control en el aeropuerto. Por aquel entonces ya eran muy tensas las relaciones de los rusos con el resto de los aliados, y aunque todavía no habían levantado el Muro, sí había un muro psicológico. Ya había diferencias entre el Berlín que controlaban los soviéticos y el resto de la ciudad, que estaba en manos de los aliados. Nuestra casa desafortunadamente estaba en el lado soviético, pero cerca de la zona norteamericana; en realidad, existía una frontera invisible. Desde nuestras ventanas veíamos el sector norteamericano, casi podíamos tocarlo con la mano.

No era la mejor casa de la familia, sino un edificio de alquiler que había dado buenas rentas antes de la guerra. Cuando llegamos a nuestra casa e intentamos entrar nos encontramos con que la llave no abría la puerta, alguien había cambiado la cerradura. Amelia buscó a la portera para pedirle una explicación, pero una vecina nos informó de que la mujer ya no vivía allí, se había ido a casa de una hija en Berlín Occidental y que nuestra casa había sido puesta a disposición de otra familia. La mujer nos dijo que los soviéticos estaban haciendo un recuento de los pisos vacíos y de sus propietarios, y que cuando no los encontraban, los confiscaban para ponerlos a disposición del pueblo. Puede imaginar que en Berlín de 1948 había mucha gente que no tenía nada, que lo había perdido todo en los bombardeos. Las autoridades soviéticas realojaban a personas que les eran afines, miembros del que sería el Partido Comunista, en los mejores alojamientos que encontraban. Nuestro piso lo ocupaba un hombre que colaboraba con los soviéticos en la administración de su parte de la ciudad. El hombre vivía con su mujer y dos hijos, que en esos momentos no estaban en la casa. Todos nuestros muebles, nos explicó la vecina no sin cierta sorna, habían sido depositados en el sótano del edificio, un lugar no demasiado grande que servía de trastero a los vecinos. Antes de la guerra, los porteros guardaban allí los cubos de basura y todos sus utensilios, los niños también habían encontrado hueco para sus bicicletas, y algunos vecinos amontonaban muebles viejos de los que no se querían desprender. Al sótano se llegaba a través de unos pequeños escalones situados al lado de un rellano en el que había una única puerta, la de la vivienda del portero, que quedaba fuera de la vista de cualquiera que entrara en el portal. La portería propiamente dicha estaba junto al ascensor y era un pequeño cuartito, en el que apenas cabían una mesa y dos sillas.

Le cuento todo esto porque la vecina que nos informó había oído que si regresábamos, podíamos ocupar la que había sido vivienda de los porteros. Presumió de ser ella a quien habían hecho depositaria de la llave.

Mi padre no dijo nada, jamás se habría rebajado a manifestar una emoción delante de una vecina, y Amelia actuó igualmente con indiferencia, como si lo que nos estaba pasando fuera lo más natural del mundo y mi padre no fuera el propietario de todo el edificio. Cogió la llave que le entregó la vecina y entramos en la vivienda de los porteros sin saber qué nos encontraríamos.

La casa estaba vacía, no Había ningún mueble, ninguna huella de sus anteriores ocupantes. El polvo y la suciedad se acumulaban en el suelo y en las ventanas que daban al pequeño jardín que, a su vez, daba paso al edificio.

El rostro de mi padre reflejó la indignación que sentía.

– No podemos quedarnos aquí -dijo Max.

– Tendremos que hacerlo -replicó Amelia.

– No, no lo haremos. Ahora mismo acudiremos a las autoridades soviéticas para que nos devuelvan lo que es mío. Este edificio me pertenece, es lo único que queda en pie de cuanto tenía mi familia. Tengo el título de propiedad, no pueden echarme de mi casa.

– No sabes cómo son los soviéticos, Max, no nos lo devolverán.

– Iremos ahora mismo -insistió él, a pesar de lo cansados que estábamos del viaje.

– Quizá deberíamos hablar con Albert James, tal vez los norteamericanos puedan presionarles.