Creo que fue en mayo, antes de que los soviéticos cortaran las comunicaciones con Alemania Federal, cuando Albert James volvió a visitarnos.
Max se mostró frío con él y alegó dolor de cabeza para rechazar la partida de ajedrez, pero Amelia había tomado una decisión.
– Trabajaré para vosotros, pero con condiciones. No seré una agente de la OSS ni de nadie. Colaboraré en aquello que pueda, pero sin sentirme en la obligación de hacerlo si lo que me pedís estuviera fuera de mi alcance o pusiera en peligro a Max y a Friedrich. Además, parte de lo que me paguéis quiero que lo reciba mi familia en Madrid. No han de saber dónde estoy, ni lo que hago, sólo que cada cierto tiempo alguien acuda a casa de mis tíos y entregue un sobre con dinero.
– ¿Por qué no quieres que sepan dónde estás? -quiso saber Albert James.
– Porque sólo les causaría más dolor y preocupación. No, prefiero ayudarles sin causarles más sufrimiento. Hay una tercera condición: si por la causa que sea, decido dejarlo, me tienes que garantizar que podré hacerlo sin reproches ni problemas.
Albert aceptó todas las condiciones de Amelia. Max no dijo nada; una vez más, se sentía derrotado.
Pocos días después, Amelia comenzó a trabajar como ayudante de un funcionario local. Garin hablaba ruso y podía demostrar que había sido opositor a Hitler, ya que había formado parte del Partido Socialista antes de la guerra, además de haber estado prisionero en un campo. Eso le hacía aceptable para los soviéticos, quienes, no sin razón, desconfiaban de todos los alemanes. El hecho de que Amelia se manejara en ruso facilitó que Garin pudiera convencer a sus superiores de que necesitaba alguien que lo ayudara. Amelia también nos presentó a una nueva amiga, se llamaba Iris y trabajaba como taquígrafa en la oficina municipal.
Garin había estudiado literatura rusa antes de la guerra; era moreno, alto, con los ojos negros y un gran bigote, y sobre todo era muy afable, le gustaba reír, comer y beber. Iris era rubia, de ojos azules, estatura media y muy delgada.
Al contrario que Garin, siempre estaba seria, preocupada. Había mantenido una relación con un joven ruso exiliado que al comienzo de la guerra desapareció sin despedirse. Ella ironizaba diciendo que al menos la relación le había servido para aprender un idioma.
En ese momento ninguno de los dos estaba situado en puesto clave alguno, pero formaban parte del ejército de «ojos» que Albert mantenía en Berlín Oriental.
Amelia estaba contenta con su nuevo trabajo, o eso creía yo. Al parecer, Garin se ocupaba de un departamento encargado de las actividades culturales de Berlín. En realidad no había dinero ni tiempo para esas actividades culturales, pero el departamento existía; además, el hecho de que Garin tuviera un pasado antifascista hacía que se fiaran de él.
A Max le costó aceptar la nueva realidad, pero terminó por rendirse a la evidencia, aunque recuerdo lo mucho que me impresionó una conversación que les oí una noche en la que creían que estaba dormido.
– Mi vida ya está destrozada, pero no te permitiré que pongas en peligro a mi hijo. Si a Friedrich le llegara a suceder algo por tu culpa… te juro que yo mismo te mataré.
Me puse a llorar en silencio. Adoraba a mi padre, pero también a Amelia.
Albert continuaba visitándonos, aunque no con tanta frecuencia. Oficialmente, era un periodista que trabajaba para una agencia de noticias norteamericana, de esta manera justificaba sus idas y venidas a Berlín.
En octubre de 1949 se constituyó la República Democrática Alemana. Oficialmente teníamos nuestro Gobierno, pero seguíamos perteneciendo a los soviéticos. Pocos días después de que se pusiera en marcha el nuevo Gobierno, Amelia regresó a casa eufórica. Trasladaban a Garin al Ministerio de Cultura. Iris pasaba a trabajar en el Ministerio de Exteriores a las órdenes de un funcionario que trabajaba para un departamento de enlace con el Ministerio de Exteriores soviético.
En realidad, la República Democrática era gobernada desde la embajada rusa en Berlín.
Al principio, mi padre se negaba a que Garin e Iris vinieran a casa, no quería conocerles, pero Amelia insistió tanto que al final aceptó.
Un día Garin se presentó con flores para Amelia y un libro para mi padre, e Iris con un bizcocho que ella misma había hecho.
Mi padre simpatizó con Garin; era imposible no hacerlo, porque desbordaba vitalidad y era muy positivo, como dicen los jóvenes de hoy en día. Iris era más discreta, menos parlanchina, pero parecía congeniar con Amelia.
– ¿Merece la pena que os juguéis la vida? -les preguntó mi padre.
– ¡Ya lo creo que sí! No podemos permanecer de brazos cruzados viendo lo que le están haciendo a nuestro país. Los rusos nos tratan como si fuéramos de su propiedad.
– Los responsables de lo que sucede son los aliados, primero nos entregan a los rusos y ahora… ahora quieren que defendamos sus intereses contra los rusos -se lamentó Max.
– Sí, tienes razón, los políticos son capaces de estas cosas, pero nosotros no podemos consentir que los soviéticos conviertan nuestro país en su patio trasero, Max. ¿Es que no te das cuenta de que somos sus criados? No tenemos ninguna autonomía, aquí no se hace nada sin que antes no lo ordene Moscú. No, no era para esto para lo que queríamos acabar con el III Reich -replicó Garin.
– Y tú, Iris, ¿por qué lo haces? ¿Por qué trabajas para los norteamericanos?
Garin le hizo un gesto a mi padre para evitar que terminara de hacer la pregunta, pero era demasiado tarde. Iris se puso tensa. Primero palideció, luego su rostro adquirió un tono rojizo, de rabia contenida.
– Mi padre era conservador, nunca le gustó Hitler, aunque no se opuso a él. Pero ¿quién lo hizo? Vivíamos bien hasta que comenzó la guerra. Mis padres murieron durante un bombardeo, y a mi hermano lo mataron en Stalingrado. Él no quería ir a la guerra, no quería luchar por el Reich, pero se lo llevaron. Sólo sobrevivimos mi hermana pequeña y yo. Recuerdo que mi padre decía que si alguna vez nos desembarazábamos de Hitler, luego tendríamos que hacerlo de los rusos, y lamentaba que los británicos no se dieran cuenta de que sus verdaderos enemigos eran los soviéticos. Pero en realidad no es por esto por lo que trabajo para los norteamericanos.
»Tuve un novio, era ruso, sus padres se exiliaron en Alemania cuando la Revolución de Octubre. En realidad él se crió en Berlín. A pesar de las ideas de sus padres, se acercó a los comunistas durante sus años en la universidad; simpatizaba con ellos y me decía que algún día iríamos a la Madre Rusia. Poco antes de la guerra desapareció. Me volví loca buscándolo, nadie sabía dónde estaba, ni sus padres, ni sus amigos… nadie. Sospecho que decidió regresar a Rusia, y para que sus padres no se lo impidieran, prefirió no decírselo ni a ellos ni a mí.
»Cuando murieron mis padres me hice cargo de mi hermana, sólo nos teníamos la una a la otra. La pobrecilla sufría convulsiones cada vez que escuchábamos el ruido de los aviones sobrevolando Berlín.
»Cuando los rusos entraron en la ciudad… algunos los recibían como libertadores, pero para nosotras fueron nuestros verdugos.
»Aquel día en que llegaron había mucha confusión, nadie sabía qué hacer, si debían esconderse o no. Nosotras estábamos en la calle buscando comida cuando vimos aparecer los primeros tanques y grupos de soldados rusos. Corrimos para refugiarnos entre los escombros de una casa derruida. Unos soldados nos vieron correr y vinieron tras nosotras, riendo. Uno de ellos agarró a mi hermana y la tiró contra el suelo. Allí mismo la violó, y luego le siguió otro, y otro. Yo… bueno, a mí me sucedió lo mismo, no sé si me violaron dos o tres soldados, porque cerré los ojos, no quería ver lo que me sucedía, no quería ver a mi hermana retorcerse pidiendo piedad. Ellos se reían. De pronto llegó un oficial. Les ordenó que nos dejaran y los llamó bestias inmundas. Intentó ayudar a mi hermana a incorporarse, pero ella estaba tan asustada que empezó a gritar, entonces se acercó a mí y en sus ojos pude leer la vergüenza por lo que habían hecho sus hombres, pero no pidió perdón, se dio media vuelta y se marchó. Los soldados decían que nos habían hecho lo mismo que los soldados alemanes les habían hecho a sus madres y a sus hermanas, y que teníamos suerte porque nos habían perdonado la vida.