Seguramente los jerarcas del partido se asustaron, o puede que los soviéticos los animaran a ello, pero lo cierto es que el 21 de junio el Comité Central decidió aprobar un programa de mejoras; sin embargo, no lograron impedir que una nueva oleada de alemanes eligiera marcharse para siempre a la República Federal.
Amelia se lo planteó a mi padre.
– Creo que deberíamos irnos, cada día que pasa esto se parece más a la Unión Soviética.
– ¿Y dónde iríamos? ¿A la zona norteamericana? No, Amelia, aquí al menos tenemos una casa.
– No tenemos nada, Max. Este edificio ya no te pertenece.
– ¡Claro que sí! La Constitución reconoce la propiedad privada.
– Pero el partido actúa en nombre del pueblo, y por tanto decide lo que necesita el pueblo, es decir, lo que nos corresponde a cada uno. Vivimos en la portería, Max, y no me importa, hemos hecho de estas paredes un hogar, pero no te debes engañar.
– Siempre tendremos tiempo de cambiar de opinión, al fin y al cabo Berlín no es una ciudad cerrada, podemos irnos a otra zona cuando lo deseemos.
– No siempre será así, no pueden permitir que la gente continúe marchándose. Un día harán lo que sus jefes, los soviéticos, y no nos dejarán salir.
– ¡Qué tontería!
– Max, puedo hablar con Albert, él nos ayudará, quizá pueda serles útil en otra parte.
– Este edificio es la única herencia que puedo dejar a mi hijo. Mientras esté aquí no me lo quitarán.
– Ya te han quitado las tierras, las han «socializado» como dicen ellos… Max, ¿es que no te das cuenta de que esto tampoco es tuyo?
Pero no pudo convencer a mi padre. Yo escuchaba en silencio y estaba secretamente de acuerdo con Amelia. El adoctrinamiento al que nos sometían en la escuela se me antojaba insoportable. Creo que no era muy diferente al que recibían los escolares en tiempos de Hitler, sólo que habían cambiado los uniformes, los himnos y las consignas.
Konrad estuvo en la cárcel seis meses. Era tal su prestigio en la universidad, que hasta algunos profesores del partido intercedieron por él, y no por ayudarlo, sino porque veían que era mayor el perjuicio de tenerle encerrado. Los alumnos de Konrad y otros muchos estudiantes no dejaban de reclamar su libertad y la de otros profesores detenidos. Aún recuerdo la emoción de Amelia el día que Konrad salió de la prisión. Garin les había pedido que no fueran a esperarlo, porque todos los que lo hicieran serían identificados por la KVP. Amelia no pensaba hacerle caso y fue mi padre quien la conminó a no ponerse en peligro.
– Es un gesto inútil, Amelia. Un segundo y ya estarás fichada para siempre, entonces, ¿cómo podrás seguir trabajando para Albert? Garin tiene razón. Debéis ser discretos. Konrad no espera que os pongáis en evidencia, sabe lo que está en juego.
A regañadientes, obedeció. Sabía que mi padre y Garin tenían razón. Dejamos de ver a Konrad. Estaba señalado y cualquier casa que él visitara sería vigilada por la KVP, de manera que el grupo se reunía clandestinamente.
Un día Amelia regresó llorando a casa y le tendió a mi padre el recorte de un periódico. Él lo leyó y se encogió de hombros.
– ¿Te das cuenta de lo que significa? -dijo Amelia.
– La vida sigue, eso es lo que significa.
Amelia se puso en contacto con Albert y le pidió que viniera a verla con urgencia. Albert nos visitó al día siguiente, y nada más entrar, Amelia me envió a mi cuarto. Protesté. Estaba harto de que me enviaran a mi cuarto cada vez que venía alguien interesante. Además, tenía ganas de decirles que era inútil que me mandaran allí puesto que podía escuchar todo lo que decían. Pero preferí no hacerlo, no fuera a ser que se les ocurriera algo que me impidiera seguir escuchando.
– Se acabó, Albert, me retiro.
El se sorprendió. Veía la furia en los ojos de Amelia y no entendía por qué.
– ¿Qué sucede? Explícate.
– No, no soy yo quien tiene que explicarse. Eres tú quien tiene que explicarme cómo es posible que estéis permitiendo que en la República Federal los nazis ocupen cargos relevantes.
– ¡Pero qué estás diciendo! ¡Vamos, Amelia, espero que no te creas la propaganda soviética!
– No, no me creo la propaganda soviética. Me creo lo que dice el Daily Express. -Le tendió el recorte de un periódico, que Albert leyó por encima.
– Es un caso aislado -dijo él, incómodo.
– ¿De verdad? ¿Piensas que voy a creerte? El general Reinhard Gehlen, jefe de la inteligencia alemana. El muy distinguido general que durante el III Reich se había encargado del espionaje al Ejército Rojo, ahora trabaja para el Gobierno Adenauer.
– ¿Crees que a mí me gusta? Pero seríamos unos locos si rechazáramos a quienes tienen información, información muy valiosa que necesitamos. Tú conociste a Canaris, no era un fanático, muchos de sus agentes tampoco lo eran. Recuerda al coronel Oster. Los ejecutaron.
– ¡Por favor, Albert! ¿Me vas a decir que porque Canaris y Oster conspiraron en contra de Hitler, ninguno de sus agentes era nazi? Por lo que se ve, todo vale; a cambio de información borráis el pasado de la gente. Entonces, ¿para qué ha servido el juicio de Nuremberg? ¿Sólo para decirle al mundo que habéis castigado a los malos mientras por otro lado pactabais con ellos? ¿Para eso me he jugado la vida en Varsovia, en Atenas, en El Cairo, aquí en Berlín…? ¿Para que ahora me digas que hay nazis con los que debéis entenderos?
– ¡Basta, Amelia, no seas niña! El juicio de Nuremberg ha servido para mostrar al mundo el horror del nazismo, para decirnos que nunca más puede suceder algo así, para demostrar la malignidad del nacionalsocialismo.
– Y una vez hecha esa catarsis, borrón y cuenta nueva. ¿Me estás diciendo eso?
– Estás en este negocio antes que yo, y no hay nada inocente en él. Lo sabes bien. El Servicio de Información alemán era muy eficiente.
– ¿Y eso qué significa?
– Que ahora se va a librar otra guerra, una guerra sin tanques, sin aviones, sin bombas, pero una guerra. Las relaciones con los soviéticos son cada día más difíciles. Están construyendo un imperio. ¿No sabes lo que sucede? Han ido imponiendo gobiernos comunistas en todos los países que han quedado bajo su influencia. En todos. Y han colocado al frente a dirigentes comunistas, títeres que sirven a Stalin sin rechistar. Churchill ha denunciado la creación de un «Telón de Acero». Ahora los soviéticos son nuestros adversarios, debemos tener cuidado con ellos, saber qué hacen, qué pretenden, qué pasos van a dar.
– Y para eso utilizáis a antiguos espías nazis. El fin justifica los medios. ¿Es lo que me estás diciendo?
– Dímelo tú, Amelia. Dime tú si el fin justifica los medios. Eres una agente de campo, has tenido que tomar decisiones sobre la marcha.
– Nunca a favor de los nazis, eran nuestros enemigos, hemos luchado para derrotarles. Hay que extirpar a todos los nazis estén donde estén, se escondan donde se escondan.
– ¿De verdad crees que podemos hacerlo? ¿Hacemos un proceso a todos los alemanes y liquidamos a quien no pueda demostrar fehacientemente que estuvo luchando contra Hitler? Sería una locura que no llevaría a ninguna parte.
»¿Crees que los soviéticos no tratan con algunos ex miembros del Servicio de Inteligencia alemán? ¿Crees que desprecian lo que les puedan contar sólo porque no lucharon contra Hitler? No te importó que nos lleváramos a Fritz Winkler, y no temblaste cuando mataste a su hijo. ¿Es distinto un científico nazi a un agente secreto? Dime, ¿dónde está la diferencia? Dímelo y entonces comprenderé tus escrúpulos.