– Albert tiene razón. -Max les había estado escuchando en silencio, desde su silla de ruedas.
No solía intervenir cuando Amelia se reunía con Albert o sus amigos, le daba su opinión más tarde, cuando se quedaban solos, pero en aquella ocasión lo hizo.
– ¡Cómo puedes decir eso después de lo que hemos sufrido! -le reprochó ella.
– Si llevamos tu razonamiento hasta el final, entonces, ¿qué tendrían que hacer conmigo? Fui oficial de la Wehrmacht, juré lealtad al Führer aunque lo odiaba con toda mi alma. Luché, estuve en el frente, e hice cuanto pude para que ganáramos la guerra. Yo quería ver derrotado a Hitler, pero sin que eso implicara la derrota de Alemania; quería derrotarlo políticamente, o incluso haber acabado con su vida, pero jamás traicionando a mi país. No sé cuántos alemanes pensaban como yo, pero sí sé que quienes nos quedamos, quienes no nos fuimos, no tenemos coartada por haberlo hecho. Todos nosotros podemos ser acusados de ser partícipes del horror del nazismo. Yo también, Amelia, yo también.
Al escuchar la voz de mi padre, abrí la puerta de mi cuarto y por una rendija observé lo que sucedía en la sala. Amelia miraba a Max sin encontrar palabras con las que rebatir sus argumentos. Y Albert los observaba a ambos dominando su deseo de intervenir.
Transcurrió un rato antes de que Albert se decidiera a hablar.
– Habrá más, Amelia, habrá más nombres odiosos que te revolverán el estómago cuando leas en los periódicos que ocupan tal o cual cargo.
– Por eso apoyasteis a los democristianos. Los socialdemócratas jamás hubiesen consentido lo que está pasando.
– ¿Estás segura? Yo no lo sé, pero sí, tienes razón, ahora mismo supone una tranquilidad saber que Alemania está en manos de los democristianos. Adenauer es un gran hombre.
– Si tú lo crees…
– Sí, lo creo.
– Aquí, a los socialdemócratas los meten en la cárcel.
– Ya lo sé.
– Entonces tienes que saber que no continuaré trabajando para vosotros, que no me jugaré la vida para que la información que obtengo termine encima de la mesa de algún nazi.
– Tú trabajas para nosotros, no para el Gobierno alemán.
– Que son vuestros aliados, a los que ayudáis y sostenéis, como no puede ser de otra manera, y yo misma comprendía que debía ser así. Por tanto puede que la información que recogemos la compartáis con ellos, al fin y al cabo mucha de esa información se refiere a planes que tienen que ver con la República Federal. Y… ¿sabes, Albert?, tienes razón. Sí, he matado a hombres, he hecho cosas terribles en mi vida, pero ésta no la haré, Albert, no la haré en nombre de nada ni de nadie.
– Respetaré tu voluntad.
Cuando Albert se marchó, Max le preguntó a Amelia si realmente iba a dejar de trabajar para los norteamericanos. Ella no respondió, comenzó a llorar.
No sería la primera decepción que sufriría Amelia. El secretario de Estado en la oficina del canciller, Hans Globke, había sido un funcionario del Ministerio del Interior durante el III Reich, del que se sabía que había apoyado con entusiasmo la Solución Final, el plan de exterminio de todos los judíos de Alemania y de los países ocupados por los nazis.
Si a Amelia le quedaba algún resto de inocencia, lo perdió para siempre. También se mantuvo inflexible respecto a dejar de trabajar para los norteamericanos. Volvió a reunirse con Albert para reiterarle que ya no podían contar con ella. Él intentó convencerla, pero fue inútil; Amelia podía tener muchos defectos, pero nunca fue una cínica.
Dispuesta a llevar hasta el final su decisión, le dijo a Garin que la sustituyera. Era preciso que su puesto fuera cubierto por alguien del grupo de oposición dispuesto a trabajar para los norteamericanos. Pero Garin le pidió que se lo pensara un poco más y que mientras tanto se tomara unos días de descanso. Diría en el trabajo que estaba enferma.
Pero Amelia no volvió, pese a que tanto Garin, como Iris, Otto y Konrad intentaron convencerla para que no abandonara.
Era difícil comprender que a una mujer capaz de matar la hubiera afectado tanto que en la Alemania Occidental algunos ex miembros del Partido Nazi estuvieran colaborando con el Gobierno de Adenauer.
Garin se presentó un día en casa. Estaba preocupado.
– Te van a investigar -anunció.
– ¿Por qué? -preguntó Amelia con indiferencia.
– Has abandonado el trabajo y no pareces dispuesta a aceptar ningún otro… hay quien dice que no estás bien de la cabeza. Tienes que hacer algo o te mandarán a un hospital hasta que te restablezcas.
– ¿Un hospital? No estoy enferma. -En el tono de voz de Amelia había notas de miedo.
– Si no tienes ninguna enfermedad y rechazas trabajar es porque estás enferma de la cabeza. Déjame ayudarte, Amelia. Vuelve al departamento, te lo ruego.
– Les diré que Max está enfermo y que no podía dejarlo solo. No tenemos quien lo cuide, de manera que por eso he tenido que dejar de trabajar.
– Pueden decidir que si Max es un estorbo, mejor estará en un hospital. No hay excusas, Amelia, no te engañes.
– No quiero volver a trabajar para Albert.
– No te estoy diciendo que trabajes para él, sólo que trabajes. Puedo ayudarte. Tu puesto aún no está cubierto, pero me han dicho que mañana me enviarán a una persona. Preséntate, Amelia, o desencadenarás la desgracia en esta familia. Si te llevan a ti o se llevan a Max…
– No quiero trabajar para los norteamericanos, ni para los británicos, nunca más.
– No lo hagas, no es eso lo que te estoy pidiendo. Ahora me marcho, voy a casa de Iris, pero te espero mañana.
Mi padre y Amelia estuvieron hablando hasta la madrugada. Yo me dormí, pero me desperté sobresaltado, mientras ellos continuaban en la sala. No podía escuchar lo que decían, hablaban muy bajito, como si temieran que sus palabras pudieran traspasar el silencio de la noche.
Amelia me acompañó a la escuela como todos los días. Permanecimos callados y cuando estábamos llegando me atreví a hablarle.
– Irás a trabajar, ¿verdad? No dejarás que te lleven o que se lleven a mi padre.
Me abrazó e intentó evitar las lágrimas que pugnaban por resbalar desde sus ojos.
– ¡Dios mío, tienes miedo! No te preocupes, Friedrich, no pasará nada. ¡Claro que no permitiré que me lleven, ni mucho menos que le hagan nada a tu padre! ¡Cómo iba a permitirlo!
– Entonces prométeme que irás a trabajar -le supliqué.
Dudó unos segundos, después me besó y en susurros me dijo: «Te lo prometo».
Entré en la escuela más tranquilo. Confiaba en ella.
2
Durante unos cinco o seis años Amelia no colaboró ni con los norteamericanos ni con los británicos. Continuaba siendo amiga de los miembros de su antiguo grupo, pero ya no se veían tanto como antes, aunque en un par de ocasiones vinieron a casa a cenar, pero no hablaban de sus actividades, sólo de la marcha de la política y de la vida cotidiana.
Garin era su ángel de la guarda. Había dado la cara por ella y la mantenía su lado, pero nunca le pidió que le ayudara en sus actividades de espionaje.
En esos años, desde mitad de los cincuenta hasta los sesenta, Amelia perdió buena parte de su alegría. Todas las mañanas a las seis y media se despertaba, hacía el desayuno, recogía la casa, levantaba a Max, le ayudaba a asearse, y después salíamos juntos, me acompañaba hasta la escuela y ella se dirigía al Ministerio de Cultura. Regresaba a casa a mediodía con el tiempo justo para obligar a mi padre a que comiera algo, y luego regresaba al trabajo hasta las seis.
La rutina se había instalado en su vida y eso era una fuente de infelicidad. Durante muchos años había vivido en el borde del abismo y de repente se había quedado vacía.
Mi padre era feliz. Ya no sufría pensando en lo que le pudiera pasar a Amelia y, por tanto, a nosotros. Prefería la monotonía, el ir envejeciendo sin más sobresaltos que padecer la escasez como el resto de los alemanes, aunque gracias a que Otto trabajaba para el Politburó, a veces nos obsequiaba con productos que no habrían estado a nuestro alcance, pues eran de origen occidental y sólo se los podían permitir los miembros del Politburó.