El hombre me miró de arriba abajo, lo cual hizo que me sintiera incómodo. Era más alto que yo, más fuerte, y aunque vestía un traje, me pareció que tenía aspecto militar.
– Si tienen tiempo, les invito a un café -propuso Iván Vasiliev.
– Lo siento, Friedrich tiene que llegar a tiempo a clase y dentro de quince minutos yo he de estar trabajando.
– ¿Dónde trabaja usted?
– En un departamento del Ministerio de Cultura.
– Quizá me permita acompañarla, así recordaremos viejos tiempos.
Iba a despedirme, pero decidí que yo también acompañaría a Amelia al trabajo. Estaba tensa, pálida, como si aquel hombre fuera un fantasma.
– Siempre quise decirle que sentí mucho lo que pasó. Fue una imprudencia por parte de Pierre ir a Moscú.
– Le ordenaron hacerlo.
– Debió seguir las recomendaciones de Igor Krisov.
– ¿Ha vuelto a verle?
– ¿A Krisov? No, nunca. Puede que esté muerto. No lo sé.
– ¿Qué hace aquí? -insistió Amelia.
– Como usted sabe la Unión Soviética presta una valiosa ayuda a nuestros camaradas de la República Democrática. Me han destinado aquí como asesor en el Ministerio de Seguridad.
– De manera que ahora sí confían en usted.
– Sí.
– Incluso mucho, de lo contrario no le habrían enviado aquí…
– Bueno, ahora que ya cree saber que cuento con la confianza de los míos, ¿qué me dice de usted?
– No hay nada especial que contar. Vivo en Berlín.
– ¿Y por qué en este Berlín? Una joven como usted encajaría mejor en la otra zona.
– Usted no sabe nada de mí. ¿No recuerda que yo también era militante comunista?
– Tiene razón, apenas tuvimos tiempo de conocernos. Fue usted muy valiente intentando salvar a Pierre con ayuda de ese periodista norteamericano. Casi lo consigue.
Llegamos a la puerta del ministerio y se despidieron con un apretón de manos. Él le preguntó nuestra dirección para visitarnos, y Amelia no tuvo más remedio que proporcionársela.
Cuando ella se fue, aquel hombre volvió a mirarme de arriba abajo.
– Así que es usted hijo de Amelia…
– Bueno, en realidad… se podría decir que soy como su hijo, me ha criado ella. Mi padre y Amelia viven juntos hace una eternidad.
– ¿Y a qué se dedica su padre?
– Desgraciadamente fue herido durante la guerra, está inválido, no tiene piernas.
– Les visitaré una tarde de estas, espero que ni a usted ni a su padre les moleste.
– ¡Oh, no!, venga cuando quiera, los amigos de Amelia son siempre bienvenidos.
Cuando regresé a casa por la noche, encontré a Amelia contándole a mi padre lo sucedido. Fue en ese momento cuando descubrí que Amelia había estado enamorada de un agente soviético que se llamaba Pierre.
– Iván Vasiliev se portó bien conmigo, aunque tenía miedo -nos explicó Amelia-. Cuando fuimos a Moscú, a Pierre le pusieron a las órdenes de Vasiliev. Fue muy correcto con él, aunque Pierre me comentaba que parecía inseguro, pero que era un buen hombre. Fue él quien me dijo que habían detenido a Pierre porque sospechaban de él al haber sido uno de los agentes controlados por Igor Krisov, otro espía al que acusaban de traición por haber desertado. Cuando conocí a Iván Vasiliev era sobre todo un hombre con miedo; ahora parece cambiado, no sólo porque ha envejecido… es como si ahora le fuese bien.
– Me preocupa que sea un hombre de la KGB -afirmó Max.
– A mí también -aceptó Amelia.
Iván Vasiliev se presentó en nuestra casa dos días después. Trajo una botella de vino del Rin, un paquete de salchichas y un trozo de pastel.
Se mostró encantador, ayudó a Amelia a preparar las salchichas y a mí a poner la mesa, y jugó una partida de ajedrez con mi padre. Si le sorprendió que hubiera sido oficial de la Wehrmacht no lo dijo, aunque escuchó con interés cuando ella explicaba cómo Max había pertenecido a un grupo de oposición a Hitler.
– Una sola bala habría evitado la guerra, pero ninguno de nosotros se atrevió a dispararla contra el Führer -admitió mi padre.
– No creo que los rusos puedan sentirse muy orgullosos del Pacto Ribbentrop-Molotov -dijo Amelia, intentando provocar a Iván Vasiliev.
– Pura táctica. Stalin en aquel momento evitó la guerra -replicó aquel hombre.
– Solo la aplazó y destrozó la moral de miles de comunistas que jamás entendieron que la Unión Soviética pactara con Hitler -respondió Amelia.
– Sin nosotros jamás se hubiera derrotado a Hitler -sentenció Iván Vasiliev.
– Es cierto, pero si el Führer no hubiera invadido la Unión Soviética, ¿qué habrían hecho? ¿Le habrían permitido que continuara con sus atrocidades?
– La historia es la que es, no la que pudo ser o dejar de ser. Hitler se equivocó al atacarnos, lo mismo que Napoleón. Y aquí estamos.
No sé por qué, pero mi padre simpatizó con Iván Vasiliev y éste con él. Parecían sentirse cómodos el uno con el otro. Después de esa noche fueron otras muchas las que compartimos con Iván Vasiliev. Al principio Amelia estaba tensa, pero poco a poco se relajó. Era evidente que él era uno de los miembros de la KGB destinado en Berlín, luego debía de contar con la confianza absoluta de sus jefes. Si había sobrevivido a las purgas de Stalin es que era un hombre duro e inteligente.
Amelia le contó a Garin su reencuentro con Iván Vasiliev y le pidió que se lo dijera a Albert James.
– ¿Quieres volver a la acción? -le propuso Garin.
– No, de ninguna manera. Si te pido que se lo digas a Albert es porque ambos coincidimos con él en Moscú hace muchos años.
– De manera que hace mucho tiempo que os conocéis…
– Mucho más del que puedas imaginar.
– Tener como amigo a alguien de la KGB es una gran oportunidad…
– ¿Oportunidad para qué? Ya te he dicho que no quiero volver a trabajar ni para Albert ni para nadie. Estamos bien así, Max ahora es feliz, duerme tranquilo y yo también.
Pero la suerte no estaba de nuestra parte. Walter, el hijo de Iris, que ya era un jovencito que tenía trece o catorce años, se presentó una noche de improviso en nuestra casa. Estábamos en vísperas de Navidad, aunque el partido había desterrado la festividad sustituyéndola por vacaciones de invierno, de manera que no había clases.
– Mi madre me ha dicho que venga aquí y que avises a Garin. Cree que sospechan de ella y que la van a detener.
Walter estaba asustado y temblaba. Tenía el rostro enrojecido y hacía un gran esfuerzo para no llorar.
Amelia intentó tranquilizarle. Me mandó que le trajera un vaso de agua de la cocina y le pidió que se sosegara.
– Y ahora cuéntame lo que ha sucedido -le pidió a Walter.
– No lo sé. Mi madre lleva varios días nerviosa, dice que está segura de que la siguen. Se pasa las noches mirando a la calle a través de las cortinas. No quiere que responda al teléfono, y me ha prohibido que lleve a ningún amigo a casa. Esta tarde, cuando he llegado, la he encontrado con todas las luces apagadas. Me ha dado un dinero que tenía guardado, dólares norteamericanos, y me ha mandado aquí. Me ha dicho que no debía ponerme en contacto ni con Garin, ni con Konrad, ni con Otto, que eso ya lo harías tú, y que confiara en ti, que si alguien podía salvarme eras tú. Luego me ha dicho que viniera aquí pero no directamente, que debía coger varios autobuses en direcciones distintas, y también caminar, y cuando estuviera seguro de que nadie me seguía, venir a tu casa. No sé lo que pasa, sólo que ella estaba muy asustada.
– No puede quedarse aquí -intervino Max-. Si están siguiendo a Iris, tarde o temprano buscarán en casa de todos sus amigos y también vendrán aquí, y si encuentran a Walter, creerán que sabemos dónde está ella.
– Pues se quedará -respondió Amelia, plantándose ante Max con una furia que me sorprendió.