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– Trabajamos juntos, no es tan extraño que pueda venir a cenar. Intentaremos que nadie le vea entrar. Habrá gente vigilando. En realidad llevan días haciéndolo para saber si la policía o la Stasi nos siguen los pasos. No han visto nada sospechoso. Parece que no estamos entre sus prioridades.

– Puede que te salve ser amiga de ese coronel de la KGB.

– No lo sé, en todo caso lo intentaremos mañana. Ahora come esto que te he traído y descansa.

Cuando regresamos a la cocina yo estaba alterado.

– De manera que tienes a Konrad ahí escondido y no me habías dicho nada.

– ¡Cállate, Friedrich! Esto no es un juego. Tú y tus amigos os habéis metido en un problema muy serio. Ya sabes que a algunos los han enviado a campos de trabajo. ¿Crees que no han hablado? Claro que lo han hecho, y habrán dado nombres, el tuyo entre otros. Por eso vino aquella noche Iván Vasiliev. Es él quien te ha salvado. Pensó que tu participación no era importante, que eras uno más del grupo de estudiantes rebeldes. Pero nos dio un aviso. No habrá más chiquilladas por tu parte.

– Tampoco han detenido a Use, y ella era la amiga de Magda.

– ¿Cómo iban a detener a la sobrina de un miembro del Comité Central? Además, Ilse no sabía nada, os había conocido el día anterior cuando Konrad os la presentó junto a Magda.

– ¿Su tío es miembro del Comité Central?

– Sí, ¿no lo sabías? Por esta vez os habéis librado los dos, pero no podéis volver a tentar a la suerte. Creen que Ilse se asustó en el último momento y decidió no ir a esa reunión. Es lo que ha mantenido su tío. Además, en los informes de Magda no había nada contra Ilse. Magda la utilizó como gancho para acercarse a Konrad. La KVP infiltró a Magda sabiendo la debilidad de Konrad por las mujeres guapas, pero no se interesó por ella, sino que parecía tener fijación por Use, de manera que Magda se hizo amiga de Use. La sondeaba para saber qué pensaba, pero Ilse no parecía muy preocupada por las cosas de la política, a su familia les va bien, son parte de la Nomenklatura. Pero Magda insistió tanto, que se dejó convencer para acercarse a Konrad. Él no desconfió de ellas, Magda fue muy convincente respecto a su rechazo al régimen, de manera que bajó la guardia y cometió un gran error invitándolas a participar en esa reunión en la imprenta donde se iba a reunir la plana mayor del comité de dirección de la oposición en la universidad y de los círculos intelectuales.

– ¿Y cómo sabes todo esto?

– Por un amigo.

– ¿Mi padre sabe algo?

– Tu padre no sabe nada ¿Es que quieres darle un disgusto? No, no le digas nada.

– ¿Han interrogado a Use?

– Le han dado un aviso, nada más.

– Mañana os ayudaré a buscar la salida de las cloacas.

– No, es mejor que te quedes en casa. Si tu padre se despertar a o alguien viniera…

– ¿Por qué nos traicionó Magda?

– No os traicionó, estaba haciendo su trabajo. Era una agente de la KVP. Llevaba dos años en la universidad intentando introducirse en los círculos de oposición. No tenía prisa, quería coger a la plana mayor de la organización, y a fe que estuvo a punto de conseguirlo. Si Konrad no hubiera actuado con tanta ligereza… pero siempre le han perdido las mujeres guapas como Use.

Estaba asustado, y mucho. De repente me daba cuenta de lo cerca que había estado del abismo y admiré aún más a Amelia por su sangre fría. Desde pequeño supe que ella era especial y que hacía cosas especiales, pero ahora descubría hasta dónde era capaz de llegar, y sobre todo me asombraba su frialdad.

Amelia actuaba como si nuestra vida no se hubiera salido del cauce de la cotidianidad de manera que mi padre no sospechara nada.

Al día siguiente Garin se presentó a cenar. Hacía mucho tiempo que no lo hacía.

Le abrí yo la puerta y me sonrió.

– Hola, Friedrich, hacía tiempo que no nos veíamos. ¡Vaya, ya eres un hombre!

Mi padre le dio la bienvenida y mientras Amelia preparaba la cena, le retó a una partida de ajedrez. No es lo que más le gustaba a Garin, pero aceptó.

Cuando terminamos de cenar, charlamos un rato sobre el trabajo de Amelia y de Garin y del Congreso por la Paz que estaban ayudando a organizar.

– Vendrán jóvenes de todo el mundo. ¡Pobrecillos! De verdad creen que están haciendo algo por la paz, pero en realidad son títeres de Moscú, como lo somos todos nosotros -se lamentó Garin.

– Pero los jóvenes actúan de buena voluntad -les defendió Max.

– Sí, y se manifiestan en sus países por todo aquello por lo que nunca les permitirían manifestarse ni aquí ni en la Unión Soviética. Los agentes de la agitprop son auténticos maestros que han convencido a los movimientos de izquierdas de la maldad intrínseca de la burguesía. Pero están logrando su propósito, que es el de controlar el pensamiento de estos colectivos y dirigirles hacia el objetivo final que es una sociedad enteramente comunista.

»Por eso desconfían de los intelectuales, es decir, de todo aquel que piensa por sí mismo y no sigue las directrices marcadas por Moscú. El partido no puede permitir que los escritores o los artistas decidan lo que el Estado necesita en materia cultural. Es el Estado quien debe decidir qué es lo que hay que crear, cómo y cuándo -explicó Garin.

– ¡Menuda aberración! -No pude reprimir mi opinión.

Mi padre dijo que estaba cansado y ayudé a Amelia a llevarle a la cama mientras Garin quitaba la mesa y llevaba los platos a la cocina.

– No te quedes hasta muy tarde, mañana tienes clase -me recomendó mi padre.

– No te preocupes, estudiaré un rato y enseguida me iré a dormir.

Cerré la puerta de la habitación y seguí a Amelia hasta la cocina, donde Garin había comenzado a lavar los platos.

– ¿Te has encontrado con algún vecino al entrar? -le preguntó a Garin.

– No, y no había nadie en la calle, ningún coche, nadie. Mi gente lleva todo el día vigilando la casa y los alrededores, dicen que no han visto nada sospechoso, de manera que podemos estar tranquilos.

– Estar tranquilos sería una insensatez -respondió Amelia.

Les ayudé a abrir la trampilla que daba al sótano y les vi deslizarse y oí el golpe seco amortiguado por el colchón que habíamos puesto debajo. Lo que sucedió a continuación me lo contaron después.

Konrad estaba adormilado, pero enseguida se espabiló y les ayudó a quitar el bloque de ladrillos que permitía acceder a las cloacas.

Llevaban linternas y una cuerda, y también pistolas por lo que pudiera pasar. Amelia se había cargado al hombro una bolsa con algunas herramientas.

Ella les guió por las cloacas siguiendo el mapa que Albert le había proporcionado a Garin. En dos ocasiones estuvieron a punto de encontrarse de frente con los soldados que patrullaban por allí, pero pudieron esconderse.

– Éste es el punto en el que, según el mapa, las cloacas continúan hacia el otro lado -señaló Amelia.

– Pero la pared está tapiada y han colocado una reja en el agua… no sé cómo podremos pasar.

– Si hacemos un hueco en el Muro, los soldados podrían oírnos -dijo Konrad.

– Sí, por eso creo que lo más conveniente es que intentemos romper la reja y pasar nadando -indicó Amelia.

– ¿Nadando entre estas aguas fétidas? -Konrad parecía asustado.

– Es la mejor solución. Hemos traído herramientas para intentar forzar la reja -insistió Amelia.

Garin palpó la pared, intentando calibrar su densidad.

– Creo que Amelia tiene razón. Ayúdame, intentaré ver si puedo mover la reja.

Amelia ató la cuerda en la cintura de Garin y sacó de la bolsa unas gafas de buceo que eran mías.

– Móntelas, a lo mejor las necesitas.

– ¿De dónde las has sacado? -preguntó Garin.

– Son de Friedrich, te irán bien.

– ¿Es profundo? -quiso saber Konrad.

– Me temo que sí, al menos creo que los pies no me llegan al fondo. Creo que voy a vomitar, el olor es insoportable.