– No, Amelia, el Frente Popular desgraciadamente no parece que pueda afrontar lo que está pasando. Ya conoces mi admiración por don Manuel Azaña; sé que si dependiera de él… Pero las cosas no son como nos gustarían, y Azaña tiene muchas dificultades que afrontar. Las huelgas nos están desangrando…
– ¡Los obreros tienen razón! -protestó Amelia.
– En algunas cosas tienen razón, pero en otras… En todo caso, no se puede arreglar en unos meses lo que no se ha resuelto en siglos, y eso es lo que está pasando, que la impaciencia de los unos y el boicot de los otros al Frente Popular nos están llevando a una situación imposible.
– ¡Tú siempre tan ecuánime! -respondió Amelia con ira.
– Trato de ver las cosas como son, con realismo. -En el tono de Santiago se notaba el cansancio por las continuas discusiones con Amelia.
– Mi sitio está aquí, Santiago, con mi familia.
– ¿De verdad te quieres quedar por nosotros?
– ¿Qué insinúas?
– Que pasas más tiempo con tus amigos comunistas que en casa… Desde que conociste a Josep has cambiado. Si de verdad te importáramos, si pensaras tan sólo en Javier, entonces aceptarías marcharte una temporada con tu abuela Margot.
– ¡Cómo te atreves a decirme que no me importa mi hijo!
– Me atrevo porque resulta que Águeda pasa más tiempo con él que tú.
– ¡Es su ama de cría! ¿Crees que le quiero menos por asistir a reuniones políticas? A lo que aspiro es a ayudar a construir un nuevo mundo en el que Javier no tenga que sufrir ninguna injusticia. ¿Eso te parece tan malo como para recriminármelo?
Aquellas discusiones agotaban tanto a Amelia como a Santiago, y les estaba separando. Tengo que reconocer que Santiago se llevaba la peor parte, porque sufría por la situación en que vivían; mientras que Amelia, a través de la política, estaba viviendo su propia historia, su marido hacía lo imposible por salvar su matrimonio.
Los enfrentamientos eran cada vez más frecuentes, y tanto los Garayoa como los Carranza eran conscientes del deterioro de la relación entre sus hijos.
Doña Teresa reprendía a Amelia diciéndole que no se estaba comportando como una buena esposa, pero Amelia calificaba a su madre de «anticuada» y de no entender que el mundo estaba cambiando y las mujeres no tenían por qué ser sumisas.
Los Carranza, tanto don Manuel como doña Elena, procuraban no intervenir en las desavenencias del matrimonio, pero sufrían al ver a su hijo preocupado.
Una de las cada vez más escasas ocasiones en que las dos familias se reunían a cenar fue el 7 de marzo. Lo recuerdo porque Don Juan llegó tarde y Amelia estaba impaciente por tener que retrasar la hora de comenzar a cenar.
Cuando por fin llegó, traía una noticia que parecía haberle conmocionado especialmente.
– Alemania ha invadido Renania -explicó con voz cansada.
– Sí, lo hemos escuchado por la radio -respondió don Manuel.
– He intentado hablar con Helmut Keller durante todo el día y al final lo he conseguido… El pobre hombre está desesperado y avergonzado por lo que está pasando. Ya saben que Helmut es un hombre sensato, una buena persona…
Don Juan hablaba atropelladamente. Como su fortuna se había torcido el día que Hitler llegó al poder, desde entonces seguía los acontecimientos de Alemania con tanta pasión como si de su país se tratara. También seguía empeñado en sacar de Alemania al señor Itzhak, pero éste insistía en que era su tierra y por nada del mundo dejaría su patria.
– Hitler ha violado el Tratado de Versalles -afirmó Santiago.
– Y el de Locarno -apuntó don Manuel.
– Pero ¿qué le puede importar a él violar tratados internacionales? Algún día las potencias europeas se arrepentirán de no haberle parado los pies -se quejó Don Juan.
Al día siguiente de aquella cena, el día 8, Santiago volvió a marcharse de viaje sin avisar. Tardó varios días en regresar, al parecer había ido a Barcelona a reunirse con los socios catalanes.
Amelia montó en cólera, y al segundo día de estar ausente su marido decidió que ya nada la obligaba a guardar ningún tipo de convención social.
– Si él puede ir y venir cuando le viene en gana, yo haré lo mismo. Así que prepárate, Edurne, porque esta noche nos acercaremos a casa de Lola, hay una reunión y asistirán algunos amigos de Josep.
Estuve tentada de decirle que no debíamos ir, que Santiago se enfadaría, pero me callé. Santiago no estaba, y cuando se enterara, habrían pasado unos cuantos días.
Amelia fue a la habitación de Javier a darle un beso antes de que nos fuéramos.
– Cuídale bien, Águeda, es mi mayor tesoro.
– Estése tranquila, señora, ya sabe que conmigo está bien.
– Sí, lo sé, le cuidas mejor que yo.
– ¡No diga eso! Sólo que procuro darle todo lo que necesita.
Águeda tenía razón: le daba a Javier todo lo que necesitaba, sobre todo el cariño y la presencia que Amelia le escatimaba. No crea que la juzgo, ella hacía lo que creía mejor. Estábamos convencidas de que teníamos que aportar nuestro grano de arena para que el mundo fuera mejor. Éramos muy jóvenes, muy inexpertas, y estábamos convencidas de la bondad de nuestras ideas.
Aquella noche había más gente de lo habitual en casa de Lola. Y allí estaba él, Pierre.
No contábamos que estuviera Josep, porque se había marchado quince días antes, pero al parecer su jefe había tenido que viajar con urgencia a Madrid.
– Pasad, pasad… Ven, Amelia, quiero presentarte a Pierre -dijo Josep, que siempre se mostraba especialmente deferente con Amelia.
Pierre debía de tener unos treinta y cinco años por aquel entonces. No era muy alto, pero tenía el cabello de color oro viejo y unos ojos grises acerados que cuando te miraban parecían poder leer hasta los pensamientos más ocultos.
Josep nos lo presentó como un camarada medio francés, de profesión librero y de visita en Madrid por asuntos de trabajo.
Mentiría si no reconociera que tanto Amelia como Pierre parecieron sentir una atracción inmediata el uno por el otro.
Aunque aquella noche Pierre era requerido para que explicara la situación en la Unión Soviética y, sobre todo, por qué los intelectuales europeos cada vez apoyaban en mayor número la revolución de Octubre, él no dejaba de buscar la mirada de Amelia, quien le escuchaba en silencio, fascinada.
– ¿Por qué no vienes conmigo a París? -le propuso en un aparte.
– ¿A París? ¿A qué? -respondió Amelia con cierta ingenuidad.
– La revolución necesita mujeres como tú, hay mucho trabajo que hacer. Creo que podrías ayudarme, trabajar conmigo. Me ha dicho Lola que hablas francés, y hasta un poco de inglés y de alemán, ¿es verdad?
– Sí… mi abuela paterna es francesa, y mi padre antes tenía negocios en Alemania, mi mejor amiga es alemana; el inglés lo aprendí con mi niñera, aunque no lo hablo muy bien…
– Te reitero la invitación, aunque en realidad es una oferta de trabajo. Podrías serme de mucha utilidad.
– Yo… yo no sé en qué.
Pierre la miró fijamente, y aquella mirada estaba cargada de palabras que sólo ella podía interpretar.
– Me gustaría que vinieras conmigo no sólo por trabajo, piénsalo.
Amelia se sonrojó y bajó la mirada. Así, tan directamente nunca un hombre le había hecho una proposición. Como yo estaba cerca, al acecho por si me necesitaba, y había escuchado la invitación de Pierre, me acerqué de inmediato.
– Es tarde Amelia, deberíamos irnos.
– Sí, tienes razón, se ha hecho muy tarde.
– ¿Tienes que irte ya? -quiso saber Pierre.
– Sí- murmuró ella, pero sin moverse. Era evidente que no tenía ningunas ganas de que nos fuéramos.
– ¿Pensarás lo que te he dicho? -insistió Pierre.