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Se colocó las gafas de buceo y metió la cabeza en el agua. Al cabo de un minuto la volvió a sacar.

– ¡Qué asco! Dame las herramientas, intentaré cortar la reja, pero el hueco no es demasiado ancho, espero que no nos quedemos atascados al pasar.

– ¿Quieres que te ayude? -se ofreció Konrad.

– Sí, será más fácil si intentamos romperla entre los dos.

Estaban intentando forzar la reja cuando a los lejos oyeron las voces y los pasos rotundos de los soldados.

– Vienen directos hacia aquí, y no hay ningún lugar donde escondernos -advirtió Amelia.

– ¡Ven aquí! -Garin le tendió la mano y Amelia no se lo pensó y se metió en aquellas aguas negras.

– Cuando les escuchemos más cerca meteremos dentro la cabeza -indicó Garin.

– No podré -se quejó Konrad.

– O lo hacemos o nos descubrirán y nos matarán aquí mismo. Y te aseguro que no es una manera gloriosa de morir. Aguantaremos arriba hasta el último segundo, y luego tendremos que permanecer aquí debajo hasta que se vayan -insistió Garin.

Sin decir ni una palabra, Amelia se acercó a Konrad y le anudó en la cintura la cuerda que sujetaba a Garin, después se la ató también ella.

– ¡Pero qué haces! -En el tono de voz de Konrad había una nota de histeria.

– Es mejor que permanezcamos juntos, si uno tiene la tentación de salir, los otros no lo permitirán.

Se quedaron en silencio y con la linterna apagada mientras escuchaban cómo los pasos de la patrulla retumbaban cada vez más cerca. Un haz de luz iluminó el agua y ellos se sumergieron.

Garin conservaba las gafas de buceo pero Amelia y Konrad no tenían nada que les protegiera el rostro.

Apenas podían aguantar un segundo más bajo el agua. Amelia sentía que la cabeza le iba a explotar, y Konrad hacía esfuerzos por salir del agua, pero Garin y ella se lo impedían sujetándole por las muñecas. De repente Garin soltó a Konrad y tiró de ellos hacia arriba. Volvía a reinar la oscuridad y permanecieron en silencio unos minutos que les parecieron eternos. No querían encender la linterna por si acaso los soldados seguían cerca. Cuando por fin lo hicieron, los tres temblaban de frío y de asco.

– Hay que intentar romper la reja como sea. -Garin volvió a meter la cabeza bajo el agua. Tardaron más de una hora hasta que lograron romper varios barrotes que dejaban un hueco por el que se podía pasar.

– Quién sabe lo que nos encontraremos más adelante. -Konrad estaba preocupado.

– Sea lo que sea, no tenemos otra opción que seguir. Esperemos que los soldados no se den cuenta de que hay tres barrotes sueltos -contestó Garin.

Nadaron un buen rato hasta llegar a una isleta. Amelia consultó el mapa de Albert.

– Diez metros a la derecha deberíamos de encontrar unas escaleras de hierro que suben a la superficie hasta la boca de una alcantarilla. Espero que no nos hayamos equivocado y salgamos delante de la sede de la Stasi -bromeó Amelia.

Caminaron en silencio esos diez metros y encontraron las viejas escaleras de hierro que llevaban hacia la superficie.

Garin subió primero seguido por Konrad, y detrás Amelia.

Tal y como había acordado, Garin golpeó cuatro veces la tapa de la alcantarilla y ésta comenzó a levantarse.

– ¡Gracias a Dios que estáis aquí! -escucharon decir a Albert James.

Unos hombres aguardaban junto a dos coches aparcados al lado de la boca de la alcantarilla, y uno de ellos se acercó con una manta que puso sobre los hombros de Konrad.

– Hemos de volver -afirmó Amelia mirando a Garin.

– ¿Ha sido difícil? -quiso saber Albert.

– Sobre todo repugnante -y Garin acompañó con una risa su respuesta.

– Gracias, Amelia. -El tono de voz de Albert era sincero.

– No tienes por qué darme las gracias. Si de mí depende, no permitiré que nadie caiga en manos de la Stasi.

Amelia y Garin abrazaron a Konrad y le desearon suerte.

– Imagínate cómo se van a poner los sabuesos cuando descubran que estás aquí. -Garin parecía feliz de imaginarlo.

– Creo que deberíais de ser prudentes y no anunciarlo demasiado pronto o eso les volverá locos y empezarán a detener a gente -les aconsejó Amelia.

– No te preocupes, seremos prudentes y… bueno, un día de estos iré a verte -se despidió Albert.

Les recorrió un escalofrío cuando sintieron cómo se cerraba la rejilla de la alcantarilla sobre sus cabezas mientras bajaban a la profundidad de las cloacas.

– ¿Sabes, Amelia?, me sorprende que no estés aterrada andando por este lugar, yo he tenido ganas de gritar unas cuantas veces -admitió Garin.

– No es la primera vez que ando por las cloacas… llegué a conocer muy bien las de Varsovia. Unos amigos me enseñaron a no tener miedo.

– Siempre logras sorprenderme. Viéndote… bueno… nadie diría que eres capaz de hacer nada de lo que haces.

Tuvieron suerte y no se toparon con ninguna patrulla, aunque Garin tardó más de lo previsto en colocar las rejas para que parecieran fijas. Cuando les vi subir por la trampilla del sótano que daba a la cocina respiré tranquilo.

– Son las seis de la mañana, pensaba que os había pasado algo.

– ¿Por qué no preparas café mientras nos quitamos toda esta mierda? -me pidió Amelia.

Le dio a Garin una toalla y entró en el baño con la recomendación de que no hiciera ruido para no despertar a Max. Tuve que entrar a pedirle que saliera de la ducha para que pudiera entrar Amelia, que parecía agotada.

– Creo que tardaré años en quitarme este olor. Ahora salgo.

Mientras Garin bebía una taza de café, Amelia aprovechó su turno para la ducha.

– Lo más complicado será que salgas sin que nadie te vea -dije yo, preocupado, y sin dejar de mirar por la ventana.

– Si hubiera alguien sospechoso afuera, ya nos habrían avisado. Mi gente tenía órdenes de permanecer cerca toda la noche hasta que yo apareciera.

Se marchó un poco antes de que lo hiciéramos Amelia y yo.

– Estás agotada, hoy no deberías ir a trabajar.

– ¿Y qué excusa doy? Es mejor comportarnos con normalidad.

El camino hacia las cloacas desde nuestro sótano era un lugar demasiado importante como para que Albert James no intentara utilizarlo en otras ocasiones. Así que no había pasado un mes desde la fuga de Konrad cuando Albert James fue en busca de Amelia.

Salía del ministerio cuando un anciano que caminaba con un bastón y unas gafas oscuras tropezó con ella.

– Disculpe -le pidió el anciano.

– No se preocupe… no ha sido nada…

– ¿Puede ayudarme a cruzar la calle? -le pidió el anciano que parecía estar ciego.

– Desde luego, ¿en qué dirección va?

El se lo explicó y ella se ofreció a acompañarle un trecho hasta dejarle en un lugar seguro. No habían terminado de cruzar la calle cuando la voz del anciano se transformó en la de Albert James.

– Me alegro de verte.

Ella se sobresaltó y a punto estuvo de soltarle del brazo, pero se contuvo.

– Veo que te has convertido en un experto en disfraces.

– Bueno, tú también los has utilizado.

– ¿Qué quieres?

– Que vuelvas.

– No, ya te lo dije, no insistas.

– Ayudaste a Konrad.

– Konrad es un amigo, tenía la obligación de hacerlo. ¿Cómo está?

– Feliz, como te puedes imaginar. Dentro de unos días aparecerá públicamente y recibirá la bienvenida de nuestra universidad.

– Me alegro por él.

– Necesitamos ese acceso a las cloacas.

– Es muy peligroso, terminarán descubriendo que algunos barrotes de la reja están sueltos. Y cuando lo hagan, preparan una trampa para cogernos, y tú lo sabes.

– Debemos correr ese riesgo.

– Pero es que yo no quiero correr ese riesgo.

– Puedes salvar vidas…