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Iván Vasiliev se despidió de nosotros con afecto. Creo que de verdad sentía la que iba a ser una separación definitiva.

– No he entendido ese duelo que habéis mantenido sobre el ratón y el gato. -Max estaba pidiendo una explicación.

– No era ningún duelo, sólo curiosidad.

– Parecía… no sé, como si uno de los dos fuera el ratón y el otro el gato… no me ha gustado… no sé… -Max estaba preocupado.

– No tienes por qué inquietarte, era sólo un juego.

– Y lo de las cloacas… No he podido evitar recordar que tú llegabas al gueto de Varsovia a través de las cloacas, de manera que no es descabellado que aquí a alguien se le haya ocurrido lo mismo.

Después de que acostáramos a Max, le hice una señal a Amelia para que fuéramos a hablar a la cocina.

– ¿Crees que sabe algo? -pregunté, nervioso.

– Puede ser, o quizá sólo tiene sospechas.

– Pero lo que ha dicho es que él no habría dudado en acabar con quien sea que se ha dedicado a sacar a la gente a través de las cloacas.

– Sí, lo habría hecho, y estaría en su derecho.

– Aunque se tratara de ti…

– Sí, naturalmente. Él tiene que cumplir con su deber, de la misma manera que nosotros cumplimos con el nuestro. Cada uno actúa de acuerdo con sus principios.

– He pasado un miedo horrible… no entiendo cómo has podido plantear la conversación en esos términos.

– Era algo que ambos teníamos que decirnos. ¿Sabes?, le echaré mucho de menos.

Amelia habló con Garin para advertirle de que nunca más utilizarían el sótano de nuestra casa para llegar a las cloacas.

– Se acabó, o nos descubrirán. Friedrich va a tapiar el hueco de nuestro sótano que daba paso a las cloacas. Lo siento, pero no voy a poner en peligro a mi familia.

Albert James no tuvo más remedio que aceptar la decisión de Amelia; además, no le quedaban demasiadas fuerzas para pelear con ella. Le habían diagnosticado un cáncer en el pulmón y se retiraba del servicio.

Una tarde vino a casa. Cuando oímos el sonido del timbre, no podíamos imaginar que podía ser él.

Iba disfrazado de pastor luterano, y llevaba una peluca que le ocultaba buena parte de la frente. Fui yo quien abrió la puerta y me quedé inmóvil al no saber quién era.

Nos pidió a mi padre y a mí que le permitiéramos hablar a solas con Amelia. Llevé a mi padre a su cuarto y cerré la puerta, pero dejé entreabierta la de mi habitación. No me resignaba a no poder escuchar lo que tuviera que decir a Amelia.

Le describió la enfermedad, el dolor agudo que le quemaba el pecho, y le dijo que los médicos no eran optimistas en cuanto al tiempo que le quedaba de vida.

– No sé si serán meses o un par de años, pero el tiempo que me quede lo pasaré con Mery.

– ¿Lady Mery?

– Mi esposa.

Amelia se quedó unos segundos en silencio.

– No me has hablado de ella… No sabía que te habías casado.

– No te lo he dicho, ¿para qué? Tu vida y la mía tomaron rumbos diferentes. En realidad debo agradecerte que me dejaras por Max. No sé si habría soportado todo lo que he hecho sin el apoyo de Mery. Ella me daba fuerzas, y ante cada operación, ante cada peligro, siempre me decía que tenía que salir bien para volver con ella.

– Tus padres estarían contentos, es lo que querían para ti.

– Y tenían razón, tú y yo nunca habríamos sido felices, y no sólo porque no me querías lo suficiente.

– ¿Sabes?, hace años que quiero preguntarte algo: ¿qué es lo que te ha hecho cambiar tanto?

– La guerra, Amelia, la guerra. Tú tenías razón, no se podía ser neutral, te lo reconocí hace unos años cuando nos encontramos después de la guerra. Me metí en esto y cuando quise darme cuenta, ni podía ni debía volver atrás.

– Y has venido para despedirte…

– Todos estos años hemos trabajado juntos, pero nuestra relación ha sido tensa, como si estuviéramos enfrentados por algo. Nunca he sabido por qué. Tú estabas con Max y yo con Mery, los dos habíamos elegido, y sin embargo no hemos sido capaces de ser amigos. Ahora que tengo la certeza sobre la cercanía de mi muerte no quiero irme sin reconciliarme contigo. Has sido muy importante en mi vida; antes de casarme con Mery, fuiste la mujer que más he querido y me parecía imposible amar a nadie como te amaba a ti. Después descubrí un amor superior y diferente y te estuve agradecido por haberme abandonado. Pero eres parte de mi historia, Amelia, mi vida no la puedo contar sin ti, y necesito reconciliarme contigo para poder morir en paz conmigo mismo.

Se abrazaron. I estuvieron abrazados, Amelia lloraba y a Albert se le notaba que hacía esfuerzos para reprimir las lágrimas.

– Ya somos mayores, Amelia, es hora de descansar. Hazlo tú también y… sé que no debería decírtelo, pero ¿no has pensado en regresar a España para estar con los tuyos?

– No hay un solo día en que no piense en mi hijo, en mi hermana, en mis tíos, en Laura… pero no puedo dar marcha atrás. El día en que me fui con Pierre… ese día terminé con lo mejor de mí misma. Claro que les echo de menos, Javier será un hombre, se habrá casado, tendrá hijos y se habrá preguntado por qué le abandoné…

– Si quieres, puedo intentar sacarte de aquí; será peligroso, pero podemos intentarlo.

– No, nunca dejaré a Max, nunca.

– Has sacrificado tu vida por él.

– Yo le quité la suya, es justo que le dé la mía.

– No continúes atormentándote por lo que sucedió en Atenas, tú no sabías que Max iba en ese convoy, no tuviste la culpa.

– Yo apreté el detonador, fui yo quien apretó el detonador a su paso.

– En la guerra hay víctimas inocentes; miles de niños, mujeres y hombres han perdido su vida. Al menos Max está vivo.

– ¿Vivo? No, tú sabes que murió aquel día. Le quité la vida. ¿Cómo puedes decir que está vivo? Vive confinado a esa silla de ruedas, sin salir de esa habitación. No le queda familia y tampoco ha querido que buscáramos a alguno de sus antiguos amigos. Sé que la mayoría están muertos, pero acaso quede alguien… Sin embargo no ha querido, no soportaría que nadie que le conociera del pasado le viese reducido a un pedazo de carne sobre una silla de ruedas. Y yo he sido quien le ha condenado a estar en esa silla de ruedas.

Amelia fue en busca de mi padre para que se despidiese de Albert, y luego me llamó a mí. Hice un esfuerzo para no evidenciar mis sentimientos. Estaba en estado de shock: acababa de saber que Amelia había causado la desgracia de mi padre. Yo sabía que él había perdido las piernas en un acto de sabotaje de la Resistencia griega, pero ahora también sabía que quien había apretado el detonador había sido Amelia.

A duras penas logré apretar la mano de Albert para la despedida. Cuando se marchó me encerré en mi habitación y comencé a llorar. La odiaba, la odiaba con toda mi alma, y la quería, la quería con toda mi alma, y me odiaba a mí mismo por quererla.

4

Tomé una decisión. Hacía tiempo que había terminado la carrera y trabajaba como médico en el hospital de Berlín. En aquellos años había consolidado mi relación con Use, quien me insistía en que nos casáramos o nos fuéramos a vivir juntos. Yo me resistía porque me parecía que dejar a Amelia y a Max era tanto como desertar. El era un inválido cuya salud empeoraba día a día y Amelia le dedicaba cada minuto de su vida. Hasta aquella noche había creído que les unía un amor que no conocía límites, pero ahora sabía que lo que les unía era más fuerte y doloroso que el amor.

Hacía tiempo que Ilse había dejado de vivir con sus padres, y decidí marcharme a su casa aquella misma noche. Busqué un par de bolsas y metí algo de ropa. Salí de la casa sin hacer ruido.

Al día siguiente fui con Ilse a recoger el resto de mis cosas. Mi padre no entendía que hubiera adoptado una decisión tan repentina.