– Me parece bien, pero así… sin decirnos nada -se lamentó.
– O lo hago así o nunca seré capaz de marcharme.
– Friedrich tiene derecho a buscar su propio camino y a tener su propia vida. Hemos tenido la suerte de tenerle con nosotros más tiempo del que podíamos esperar -intervino Amelia-, pero te echaremos de menos.
Me callé y no dije que yo también les extrañaría a ellos, porque en aquel momento necesitaba alejarme.
– Vendremos a menudo, ¿verdad, Use? -Pues claro que sí. Además, mi estudio no está tan lejos de aquí, andando no se tarda más de media hora.
Pero mis visitas fueron espaciándose, y me sentía culpable por ello. Necesitaba encontrarme a mí mismo, poner en orden mis sentimientos. Sabía que mi padre sufría porque no iba a verle y que eso deterioraba su salud, pero no era capaz de cambiar mi actitud. Incluso cuando nació mi primer hijo tampoco hice nada para que mi padre disfrutara de su condición de abuelo.
Una noche, Amelia me telefoneó alarmada. Mi padre parecía estar sufriendo un ataque y me pedía que fuera cuanto antes.
Cuando llegué creía que se moría, estaba sufriendo una crisis cardíaca, afortunadamente llegamos a tiempo al hospital.
Mis colegas del departamento de cardiología me habían advertido de que no tuviera muchas esperanzas, pero no contaban con la voluntad de mi padre de seguir viviendo. Estuvo hospitalizado un mes y luego le dieron el alta. A partir de ese momento me impuse a mí mismo no hacerle sufrir más de lo que ya sufría y convertí en costumbre visitarle todas las tardes cuando salía del hospital y antes de ir a casa.
Con Amelia mi relación había cambiado desde la noche en que la oí hablar con Albert, y me daba rabia que ella no me reprochara mi cambio de actitud. Simplemente lo aceptaba como parecía aceptar todo lo que le había sucedido a lo largo de su vida.
A mi padre le alegró que Ilse y yo comenzáramos a llevar a los niños con frecuencia. Le gustaba leerles cuentos y enseñarles a jugar al ajedrez. Amelia, por su parte, ejercía como la mejor de las abuelas. Pero ella seguía siendo algo más que una apacible abuela.
Ilse trabajaba en un instituto de Investigación, donde algunos de sus compañeros científicos eran contrarios al régimen. Ella conocía y simpatizaba con muchos de los opositores, pero se mantenía alejada de sus actividades.
Hasta que un día se vio implicada en un suceso.
Fue a primera hora de la mañana, porque a Ilse siempre le gustaba llegar una hora antes que el resto de sus compañeros, decía que así tenía tiempo para organizar la jornada. Creía estar sola, cuando uno de sus colegas entró en la sala.
– Hola, Erich. ¿Qué haces tan temprano aquí?
El no respondió y cayó al suelo desmayado. Ilse se asustó, se acercó a él y vio que estaba sangrando. Le incorporó como pudo e intentó reanimarle.
– No avises a nadie -le suplicó él con apenas un hilo de voz.
– Estás herido, necesitas un médico.
– ¡Por favor, no lo hagas!
– Pero…
– ¡Por favor! Ayúdame a esconderme. ¡Te lo ruego!
Se puso nerviosa, sin saber qué hacer. Pensó en telefonearme al hospital, pero sabía que los teléfonos estaban intervenidos, y si me pedía que acudiera de inmediato, sospecharían.
Sin saber cómo, Ilse logró llevarle hasta un cuarto que servía de almacén.
– Tendré que buscar a alguien para que nos ayude a sacarte de aquí. ¿Puedes decirme qué ha sucedido?
– Una redada… han disparado… pero he logrado huir.
Ilse no sabía qué hacer, no quería comprometerme, pero tampoco confiaba en nadie lo suficiente como para pedir ayuda. Sin embargo sabía que había una persona en quien sí podía confiar, que no preguntaría nada, que la ayudaría.
Encerró a Erich en el cuarto, y salió corriendo del Instituto de las Ciencias para ir a casa de Amelia y de Max.
Amelia abrió la puerta y vio la desesperación y el miedo en el rostro de Ilse.
– ¡Ayúdame! No sé qué hacer.
Le contó lo que sucedía y Amelia le pidió que se tranquilizara y que aguardara unos minutos.
La acompañó al instituto, donde a aquellas horas ya empezaban a llegar científicos y empleados. Entraron caminando tranquilamente. Amelia le pidió a Ilse que actuara con naturalidad.
Llegaron hasta el almacén e Ilse abrió la puerta.
Le sorprendió que Amelia sacara del bolso una venda y que después de examinar de dónde provenía la sangre, vendara fuertemente el torso de Erich.
– ¿Podrá andar?
– No lo sé…
– Tendrá que hacerlo si quiere salir de aquí.
Escucharon ruidos y gritos.
– Ahora ve a averiguar qué pasa y cuando lo sepas, vuelve aquí -le ordenó.
Ilse salió tambaleándose, estaba muerta de miedo. Se encontró en el pasillo a su jefe.
– ¡Vaya, Use, estás aquí…! Menuda se está armando. Tenemos que ir todos al salón de actos. Al parecer la policía está siguiendo la pista a alguien que podría haberse escondido aquí.
– ¿Aquí?
– Sí, anoche hubo una reunión de esas en las que la gente se dedica a despotricar contra el Gobierno. Como siempre, algún infiltrado puso en alerta a la KVP y hubo una redada. Alguien disparó y mató a un policía, y puedes imaginar cómo están. Hay cientos de detenidos.
– Pero aquí…
– Parece ser que a primera hora de la mañana una mujer vio por los alrededores a un hombre que apenas podía andar, se lo ha dicho a un vigilante y éste ha llamado a la policía, que ya estará a punto de llegar. El director ha ordenado que vayamos todos al salón de actos para identificarnos.
– Ahora voy, estaba en el baño y he salido al oír ruido, pero me he dejado el bolso allí.
Regresó al pequeño almacén y cuando les explicó a Amelia y Erich lo que estaba pasando, éste dijo que se entregaría.
– De ninguna manera, te matarán -afirmó Amelia.
– No tengo otra salida.
– Ya veremos.
A través de la megafonía se instaba a todos los empleados a acudir al salón de actos para identificarse antes de que llegara la policía.
– No tenemos más remedio que salir de aquí, y tú tendrás que mantenerte erguido aunque te duela.
Salieron del almacén, Ilse y Amelia sujetaban a Erich una por cada costado. En el pasillo ya no había nadie. Oyeron pasos que se acercaban y casi se dieron de bruces con un vigilante del edificio, un hombre del que todos sospechaban que era informante de la Stasi.
– Ustedes… ¿por qué no están con todo el mundo?… -les preguntó el vigilante.
– Trabajamos… -Ilse iba a sacar su identificación del bolso.
El vigilante dirigió la mirada a Erich y se dio cuenta de que le traspasaba la sangre a través de la chaqueta. Ilse estaba buscando su identificación pero el hombre debió de pensar que iba a sacar un arma. Fue él quien sacó su pistola y la encañonó, pero un segundo después cayó desplomado ante el estupor de la propia Ilse y de Erich.
En la mano de Amelia había un arma con silenciador.
– ¡Dios mío! -gritó Use.
– ¡Cállate! Si no le disparo te habría matado, creía que ibas a sacar un arma. Y ahora, andando.
Ilse estaba aterrorizada, lo mismo que Erich, pero la obedecieron. Estaban en la segunda planta y llegaron a la primera, en la calle se encontraron a los primeros empleados que, tras ser identificados, abandonaban el edificio quedándose en la puerta.
– ¿Qué hay en la planta de abajo?
– Laboratorios…
– ¿Alguna puerta que dé a ese jardín?
– Sí, sí…
– Iremos abajo, buscaremos una salida o saldremos por una ventana, ahí no se ve policía, procuraremos mezclarnos con los que han salido, luego nos dirigiremos a tu coche. ¿Lo habéis comprendido?
Erich e Ilse asintieron. Hicieron cuanto les dijo, salieron por una puerta lateral al jardín trasero y caminaron hacia donde estaban el resto de los empleados.