Se marchó sin que nos dijéramos adiós, aunque ambos sabíamos que se iba para siempre.
La vi salir del portal y acercarse al Muro. Se unió a los miles de berlineses que estaban derribándolo y con sus propias manos comenzó a arrancar pedazos de hormigón y de ladrillo. Al fin los manifestantes habían hecho un gran agujero, y buena parte del Muro estaba derruido. Observé cómo saltaba entre los cascotes y caminaba erguida hacia el otro lado de Berlín donde otros berlineses gritaban y cantaban de alegría. No se volvió, aunque estoy convencido de que sabía que yo estaría mirando. No me moví de allí hasta que la vi perderse entre la gente.»Friedrich se quedó en silencio. Estaba emocionado y había logrado que yo también lo estuviera. Me di cuenta de que Ilse nos observaba desde la puerta, no sé cuánto tiempo llevaba allí.
– Y nunca más volvió -concluyó Use.
– No, nunca más.
– Pero ¿no le dijo adonde iba, o qué pensaba hacer?
– No, no dijo nada, simplemente se marchó.
– Alguna vez le ha escrito, le ha telefoneado…
– No, nunca. Tampoco lo esperaba. Aquella noche ella también recuperó la libertad.
Cené con Friedrich von Schumann y su esposa Ilse y especulamos sobre dónde podía haber ido Amelia, pero como decía Friedrich, mi bisabuela era imprevisible.
– No tengo ni idea de dónde murió ni dónde está enterrada. Si lo supiera, iría a poner flores sobre su tumba y a rezar -me aseguró Friedrich.
Les di las gracias a los dos por su generosidad al recibirme, y sobre todo por lo que me habían contado. Les prometí que si averiguaba el lugar donde estaba la tumba de Amelia, se lo comunicaría.
No podía hacer mucho más en Berlín. Nadie podía darme razón de dónde se había ido mi bisabuela, de manera que regresé a Londres convencido de que si le insistía al mayor Hurley y a lady Victoria, terminarían contándome qué había sido de Amelia. Estaba seguro de que ellos lo sabían.
El mayor Hurley pareció sorprendido cuando le telefoneé.
– Ya le dije que no podía contarle nada más. No puedo desvelar secretos oficiales.
– No le pido que me desvele ningún secreto de Estado, sólo que me oriente sobre adonde se fue mi bisabuela. Como comprenderá, a estas alturas a nadie le importa lo que pudiera hacer en 1989 una señora de setenta y dos años que ya estará muerta.
– No insista, Guillermo. No tengo más que decirle.
Lady Victoria se mostró más amable pero igualmente contundente en su negativa.
– Le aseguro que no sé qué fue de Amelia Garayoa, me gustaría ayudarle, pero no puedo.
– Quizá usted pueda convencer al mayor Hurley…
– ¡Oh, imposible! El mayor cumple con su deber.
– Pero se trata de saber dónde está enterrada mi bisabuela, no creo que eso sea un secreto de Estado.
– Si el mayor Hurley no le quiere decir más, sus motivos tendrá.
No conseguí una nueva cita ni con el mayor Hurley ni con lady Victoria. El mayor me anunció que se iba unos días a cazar el zorro y lady Victoria pensaba marcharse a California a un torneo de golf.
5
Durante los días siguientes, ya de vuelta a mi ciudad, telefoneé a todas las personas que me habían ayudado a averiguar las peripecias de Amelia, pero nadie parecía saber nada de lo que había sido de ella, parecía que se la había tragado la tierra.
Opté por contactar con Washington para conseguir un permiso y buscar alguna pista en los archivos del Congreso.
Recordé que Avi Meir me había hablado de un amigo suyo que era sacerdote y había estado en Berlín en el 46, que ahora vivía en Nueva York y, según me había dicho, era toda una autoridad en lo que se refería a la Segunda Guerra Mundial.
Avi pareció alegrarse de mi llamada y me dio la dirección y el teléfono de su amigo.
Robert Stuart resultó ser un anciano tan encantador como Avi Meir, y sobre todo una enciclopedia andante.
Realizó todo tipo de gestiones, incluso consiguió que me recibiera un tipo de la CIA ya retirado, al que había conocido en Alemania en el 46. Pero todo resultó inútil. Si los británicos eran extremadamente cuidadosos con sus secretos, los norteamericanos aún lo eran más. Aunque habían desclasificado algunos de los papeles con nombres de personas que habían trabajado para la OSS, otros nombres todavía permanecían en secreto. Lo más que conseguí fue que un amigo de aquel ex agente que ya estaba retirado confirmara que durante la Guerra Fría había una española que colaboró con ellos desde Berlín Este.
Desesperado, decidí probar suerte con el profesor Soler. Sin avisarle de mi llegada, me presenté en su casa en Barcelona.
– Profesor, he llegado a un punto ciego, no puedo seguir salvo que usted me ayude.
– ¿Qué sucede? -me preguntó, interesado.
– Amelia desapareció de Berlín Este el 9 de noviembre de 1989. ¿Le dice algo la fecha?
– Sí, claro, la caída del Muro…
– Pues parece que se la tragó la noche, a partir de ese momento es imposible encontrar rastro de ella. Me temo que he fracasado.
– No sea pesimista, Guillermo. Lo que debe hacer es hablar don doña Laura.
– Pensará que soy un desastre.
– Puede ser, pero tendrá que decirle que no puede continuar con la investigación.
– Le aseguro que lo estoy intentando todo. Ni en internet hay rastro suyo -dije.
– Pues lo que no está en internet es que no existe -respondió él con ironía.
– ¿Y ahora qué hago?
– Ya se lo he dicho, llame a doña Laura y explíquele que ha llegado a un punto en el que no puede avanzar más.
– Después de tanto tiempo y todo el dinero que me he gastado… me da vergüenza.
– Pero es mejor que le diga la verdad cuanto antes, a no ser que crea que puede encontrar alguna pista.
– Si usted no me ayuda…
– Es que no sé cómo hacerlo, ya le he puesto en contacto con todas las personas que podían ayudarle.
Me tuve que tomar dos copas antes de llamar a doña Laura. Ella me escuchó en silencio mientras le daba cuenta de mis pesquisas y de cómo había perdido la pista de Amelia el 9 de noviembre de 1989.
– Lo siento, me hubiera gustado poder decirle dónde está enterrada -me disculpé.
– Póngase a escribir todo lo que ha averiguado, y en cuanto termine, llámeme.
– ¿A escribir? Pero la historia está inacabada…
– No pretendo imposibles. Si ha llegado hasta 1989, bien está. Póngase a escribir y procure hacerlo con un poco de celeridad. A nuestra edad no podemos seguir esperando mucho más.
Llevaba tiempo sin ver a Ruth; entre mis viajes y los suyos, no había manera de coincidir. Y a mi madre fui a verla nada más llegar a Madrid, pero estaba tan enfadada que ni siquiera me invitó a cenar. Le anuncié que había terminado mi investigación, pero no logré conmoverla.
– Llevas mucho tiempo haciendo el idiota, de manera que tanto me da que lo hagas un poco más. Menos mal que mi hermana se ha olvidado de la idea de regalarnos por Navidad esta absurda historia.
La verdad es que durante aquellos meses no sólo había ido investigando, sino que había ido escribiendo todos los episodios que me habían ido contando sobre la vida de Amelia Garayoa, de manera que la historia la tenía ya casi toda negro sobre blanco.
Tardé tres semanas en ponerla en orden, corregirla e imprimirla. Luego la llevé a una imprenta para que le pusieran unas tapas de piel. Quería que el trabajo estuviera presentable y no decepcionar demasiado a las dos ancianas Garayoa que habían sido tan generosas conmigo.
Doña Laura se sorprendió cuando la telefoneé para decirle que ya tenía toda la historia escrita.
– ¡Qué rapidez!