Выбрать главу

– ¿Ir a París contigo?

– Sí, estaré en Madrid unos días, pero no muchos, y no sé cuándo podré regresar.

– No. No puedo ir a París, ya nos veremos en otra ocasión -dijo Amelia con un suspiro.

– ¿Qué te impide venir conmigo?

– Tiene un marido y un hijo -respondí yo, aunque me arrepentí de inmediato de haber hablado sobre todo por la mirada de rabia que Amelia me dirigió en aquel momento.

– Sí, ya sé que está casada y que tiene un hijo. ¿Quién no lo está? -respondió Pierre con tranquilidad.

– No, no puedo ir. Gracias por la invitación.

Salimos de casa de Lola en silencio. Amelia estaba enfada por mi interrupción, y yo temía que eso provocara, más que su enfado, una pérdida de confianza.

No hablamos hasta llegar a casa. Me iba a retirar a mi habitación cuando me agarró del brazo y me dijo muy bajito:

– Si alguien debe saber algo de mí, seré yo quien se lo diga. Tenlo en cuenta para la próxima vez.

– Perdona, yo… no era mi intención entrometerme…

– Pero lo has hecho.

Se dio media vuelta y me dejó allí, plantada en el vestíbulo, hecha un mar de lágrimas. Era la primera vez que se enfadaba conmigo desde que nos conocimos, la primera vez que no la sentí una amiga, sino una extraña.

A la mañana siguiente Amelia se levantó tarde. La doncella nos dijo que había pedido que no la molestaran, y aunque yo tenía el privilegio de poder entrar en su habitación, no me atreví a hacerlo después del incidente de la noche anterior.

No vi a Amelia hasta mediodía; parecía tener fiebre y se quejaba de dolor de cabeza. Su madre, que había acudido a almorzar con ella y a visitar a su nieto, achacó esta indisposición al disgusto que tenía su hija por la ausencia de Santiago; pero yo intuía que el marido no era la causa de su situación febril sino la irrupción de Pierre en su vida, en nuestras vidas, porque nos cambió la existencia a ambas.

Antonietta llegó hacia las seis a buscar a su madre, y Amelia se despidió de ellas aliviada, porque aquella tarde no parecían distraerla ni su madre ni su hermana.

A eso de las siete Lola se presentó en casa. Nada más verla supe que venía enviada por Pierre, porque me pidió ver a Amelia a solas. No sé de qué hablaron, pero es fácil de suponer, porque media hora más tarde Amelia me llamó para decirme que salía a una reunión política con Lola pero que no quería que la acompañara. Protesté. Santiago no quería que saliera sin mí, pero sobre todo me dolía sentirme excluida.

Amelia fue a la habitación de Javier. El niño estaba en brazos de Águeda, y ésta le cantaba. Sonreía y alzaba sus manitas hacia el rostro del ama. Amelia besó a su hijo y salió deprisa, seguida por Lola.

Me quedé sentada en el vestíbulo esperando a que regresara, lo que no hizo hasta pasada la medianoche. Llegó con el rostro enrojecido, sudorosa, y parecía temblar. Le contrarió verme allí, y me mandó que me fuera a la cama.

– Amelia, quiero hablar contigo -le supliqué.

– ¿A estas horas? No, vete a descansar, yo no me encuentro bien y necesito dormir.

– Pero, Amelia, es que estoy preocupada, llevo todo el día con una opresión aquí en el pecho… quiero que me perdones por lo de anoche… yo… yo no quería ofenderte, ni inmiscuirme en tus cosas… sabes que… bueno, que sólo te tengo a ti y si tú no quieres saber nada de mí, no sé qué voy a hacer.

– Pero, Edurne, ¡qué cosas dices! ¿Qué es eso de que sólo me tienes a mí? ¿Y tu madre, y Aitor, y tus abuelos? Vamos, no digas tonterías y vete a descansar.

– Pero ¿me perdonas?

Amelia me abrazó dándome unas palmadas cariñosas; ella siempre fue muy generosa y no soportaba ver a nadie sufrir.

– No tengo nada que perdonarte, lo de anoche fue una bobada, tuve un ataque de malhumor, no le des importancia.

– Es que esta noche te has ido sin mí… y… bueno… es la primera vez que sales sin que te acompañe. Sabes que puedes confiar en mí, que yo nunca diré ni haré nada que te perjudique.

– ¿Y qué habrías de decir? -me preguntó molesta.

– Nada, nada, de ti sólo puedo decir cosas buenas. -Empecé a llorar temiendo haber vuelto a meter la pata.

– ¡Vamos, no llores! Estamos las dos muy sensibles, debe de ser el tiempo y la tensión política; las cosas no van bien, temo por el gobierno del Frente Popular.

– Tu madre está muy preocupada porque los campesinos ocupan tierras en Andalucía y Extremadura -respondí por decir algo.

– Mi madre es muy buena, y como ella se porta bien con todo el mundo cree que todo el mundo es igual, pero la gente vive en unas condiciones terribles… Además, no se trata de hacer caridad sino justicia.

– ¿Te vas a ir?

No sé por qué le hice esa pregunta, aún hoy sigo preguntándomelo. Amelia se puso seria y noté el temblor de sus manos y cómo intentaba no perder el control.

– ¿Adonde crees que me voy a ir?

– No lo sé… ayer Pierre te pidió que lo acompañaras a París… A lo mejor has decidido ir a trabajar allí…

– Y si lo hiciera, ¿qué pensarías?

– ¿Podría acompañarte?

– No, no podrías. Si me voy tiene que ser sola.

– Entonces no quiero que te vayas.

– ¡Qué egoísta!

Sí, tenía razón, era egoísta, pensaba en mí, en qué sería de mí si ella se iba. Bajé la cabeza, avergonzada.

– Si queremos que triunfe la revolución en todo el mundo no podemos pensar en nosotros, debemos ofrecernos en sacrificio.

– Pero tú no eres comunista -acerté a balbucear.

– ¿Se puede ser otra cosa?

– Siempre has simpatizado con los socialistas…

– Edurne, yo era tan ignorante como tú, pero he ido abriendo los ojos, dándome cuenta de las cosas, y admiró la revolución, creo que Stalin es una bendición para Rusia y yo quiero lo mismo para España, para el resto del mundo. Sabemos que es posible hacerlo, lo han hecho en Rusia, pero hay muchos intereses en juego, los de quienes no quieren ceder nada, los que defienden sus viejos privilegios… No será fácil, pero podemos hacerlo. Ahora, gracias a las izquierdas, a las mujeres nos consideran, antes no valíamos nada, pero aún no es suficiente, debemos luchar para conseguir la verdadera igualdad. En Rusia ya no hay diferencias entre hombres y mujeres, todos son iguales.

Le brillaban los ojos. Parecía haber caído en éxtasis mientras me hablaba de Stalin y de la revolución, y supe que era cuestión de tiempo, de días, de horas, que Amelia se fuera, pero al mismo tiempo intentaba convencerme de que no era posible, de que no se atrevería a dejar a Santiago y abandonar a su hijo.

5

Durante varios días Amelia continuó reuniéndose con Pierre en casa de Lola. Me dejaba acompañarla, pero en ocasiones, cuando llegábamos a la casa, me enviaba a hacer algún recado para quedarse a solas con él.

Los padres de Santiago fueron una tarde a ver a su nieto y decidieron esperar a que llegara Amelia. Como tardábamos, y eran más de las diez, Águeda y las otras criadas no tuvieron más remedio que confesar que a veces llegábamos pasada la medianoche.

Don Manuel y doña Blanca se fueron escandalizados, y Águeda nos contó que doña Blanca le iba diciendo a su marido que tenían que hablar con Santiago en cuanto éste regresara, antes de que su matrimonio se fuera a pique.

Mientras tanto, don Manuel decidió hablar con el padre de Amelia, y le instó a que metiera a su hija en cintura.

Don Juan y doña Teresa enviaron un recado a Amelia para que no saliera de casa porque irían a visitarla.

– ¿Por qué se meterán en mi vida? -se lamentaba Amelia-. ¡No soy una niña!

– Son tus padres y te quieren -intenté calmarla.

– ¡Pues que me dejen en paz! La culpa es de mis suegros, que lo lían todo. ¿Por qué se presentan a ver a Javier sin avisar?

– Te llamó doña Blanca -le recordé.