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– Que le ayude, que viaje con él a visitar a camaradas de otros países, conocer sus dificultades, sus necesidades, elaborar informes para la Internacional Comunista, trabajar para llevar la revolución a todas partes…

– ¿Y para eso tienes que dejar a tu marido y a tu hijo?

– ¡No me lo digas así! No soportaría que tú también me lo reprocharas, que no me entendieras. Estoy enamorada, no sabes cuánto. Sólo cuento los minutos para estar con Pierre.

– ¡Amelia, no puedes abandonar a tu hijo!

Cada vez que le mencionaban a Javier, Amelia se ponía a llorar. Pero aquella tarde había escuchado lo suficiente para saber que a pesar de las lágrimas, Amelia ya había decidido abandonar su casa, a Santiago y a su hijo, y marcharse con Pierre. Aquella fiebre que parecía que no la abandonaba nada tenía que ver con la gripe sino con la pasión que sentía por aquel hombre. Su suerte estaba echada y la mía también.

Aunque Laura le pidió que recapacitara, le juró a su prima que, hiciera lo que hiciese, siempre podría contar con ella. Amelia se sintió más tranquila al saber que su prima nunca le volvería la espalda.

– ¿Está casado? -quiso saber Laura.

Amelia se sobresaltó. No había considerado la posibilidad de que Pierre estuviera casado. Ella no se lo había preguntado y él nada le había dicho al respecto.

– No lo sé -respondió Amelia, apenas con un murmullo.

– Deberías preguntárselo, aunque, por tu bien, espero que no lo esté. ¿Sabes? Siempre he temido que terminaras enamorándote de Josep y eso diera al traste tu amistad con Lola.

Amelia bajó la cabeza, avergonzada. Laura la conocía bien y por tanto se había dado cuenta de que en algún momento también se había sentido atraída por Josep.

– Admiro a Josep, pero no me he enamorado de él.

– Creo que sientes una atracción especial por los comunistas. No sé qué cuentan, pero a mí no puedes engañarme, te fascinan.

– A ti nunca te engañaría, y sí, tienes razón, siento atracción por esos hombres, los veo tan fuertes, tan seguros, tan convencidos de lo que hay que hacer, dispuestos a cualquier sacrificio… No sé cómo no sientes lo mismo…

– Bueno, no he conocido ninguno que me haya impresionado, bien es verdad que los que conozco son… bueno… la verdad, no me veo enamorándome del mecánico que arregla el coche a papá. ¿Qué tengo yo que ver con él?

– ¿Te crees mejor que los obreros? -preguntó Amelia.

– Ni mejor ni peor, sólo que no tengo ningún interés en común. No me engaño, Amelia. Yo también quiero que el mundo sea más justo, pero eso no significa que tenga que casarme con el mecánico. Naturalmente que quiero que él viva bien, que no le falte de nada, pero…

– Pero él en su casa y tú en la tuya, ¿no?

– Sí, más o menos.

– Algún día desaparecerán las clases sociales, todos seremos iguales, nadie ganará más por el hecho de haber estudiado, de haber tenido una familia burguesa, porque haremos desaparecer a la burguesía, a todos aquellos que nos diferencian.

– Pues tú eres tan burguesa como yo.

– Pero yo me he dado cuenta de que es una perversidad que haya clases sociales, y quiero renunciar a todos nuestros privilegios, no veo justo que haya quienes tengamos más oportunidades que otros, me parece injusto que no seamos todos iguales.

– Lo siento, Amelia, no puedo compartir tus ideas. Claro que creo que todos merecemos las mismas oportunidades, pero, ¿sabes?, desgraciadamente los hombres nunca serán iguales.

– Eso ha sido así hasta ahora. Stalin ha demostrado que es posible una sociedad igual para todos.

– Bueno, bueno, no discutamos de política y llévame al cuarto de Javier, que quiero darle un beso antes de marcharme.

Por la noche Amelia fue a casa de Lola, o eso me dijo, porque no permitió que la acompañase. Me aseguró que Pierre acudiría a buscarla a la esquina de casa y que no andaría sola por la calle. No regresó hasta bien entrada la madrugada. No sé qué sucedió aquella noche, pero cuando llegó a casa no era la misma.

Pasó la mañana muy agitada, y se puso de malhumor cuando su madre le mandó el aviso de que iría a almorzar con Antonietta para pasar un rato con Javier.

Durante el almuerzo estuvo distraída, y a eso de las cinco rogó a su madre y a su hermana que se marcharan alegando que tenía que ir a hacer una visita. Me sorprendió que de repente las abrazara con efusión y reprimiendo las lágrimas.

Cuando doña Teresa y Antonietta se fueron, Amelia se encerró durante media hora en su habitación. Luego salió y se dirigió al cuarto de Javier. El pequeño dormía mientras Águeda, a su lado, hacía una labor de ganchillo.

Amelia cogió al niño en brazos despertándole, y se puso a llorar mientras le besaba susurrando «mi niño, mi niño querido, perdóname, hijo mío, perdóname».

Águeda y yo la observábamos en silencio, desconcertadas.

– Cuida bien a Javier, es mi tesoro más preciado -le dijo Amelia a Águeda.

– Sí, señora, sabe que le quiero como si de mi hijo se tratara.

– Cuídale, mímale.

Dejó el cuarto y yo la seguí sabiendo que iba a pasar algo. Amelia entró en su habitación y salió con una maleta, apenas podía con ella.

– ¿Adónde vas? -le pregunté temblando, aunque sabía la respuesta.

– Me marcho con Pierre.

– Pero, Amelia, ¡no lo hagas! -Empecé a llorar mientras le suplicaba.

– ¡Calla, calla!, o se enterará toda la casa. Tú eres comunista como yo y puedes entender el paso que voy a dar. Me voy donde me pueden necesitar.

– ¡Déjame que te acompañe!

– No, Pierre no quiere, tengo que ir sola.

– ¿Y qué será de mí?

– Mi marido es bueno y dejará que te quedes. Ten, toma, tenía algo de dinero reservado para ti.

Amelia me puso en la mano un fajo de billetes que yo me resistí a coger.

– Edurne, no te preocupes, no te pasará nada, Santiago cuidará de ti. Además, siempre puedes contar con mi prima Laura. Ten, quiero que le lleves esta carta. Le explico adonde marcho y lo que voy a hacer, y le pido que cuide de ti, pero no se la des a nadie que no sea ella, prométemelo.

– ¿Y qué diré cuando vean que no regresas? Me preguntarán a mí…

– Di que salí a hacer una visita y te dije que llegaría tarde.

– Pero tu marido querrá saber la verdad…

– Santiago sigue de viaje y cuando regrese dile que hable con mi prima Laura, ella le explicará. En la carta que te he dado para Laura le pido que sea ella quien anuncie a la familia que me he ido para siempre.

Nos abrazamos llorando hasta que Amelia se separó, y sin darme tiempo a decir nada, abrió la puerta y salió cerrándola suavemente.

No volvería a verla en mucho, mucho tiempo.»Edurne suspiró. Estaba fatigada. Durante tres largas horas había hablado sin darse un respiro. Yo había permanecido sin moverme, atento a una historia que, a medida que avanzaba, me iba interesando más y más.

Estaba sorprendido, mucho de lo que había escuchado me parecía inaudito. Pero allí estaba aquella anciana, con la mirada perdida en algún lugar donde habitaban sus recuerdos, y en el rostro una mueca de dolor.

Sí, a Edurne aún le dolía recordar aquellos días que cambiaron su vida, aunque no me había explicado qué había sido de ella después.

Me di cuenta de que no podía forzarla a hablar mucho más, estaba demasiado agotada física y emocionalmente para insistir en que me aclarara algunos aspectos de su relato.

– ¿Quiere que la acompañe a algún sitio? -dije por decir algo.

– No, no hace falta.

– Me gustaría ser útil…

Me clavó su mirada cansada al tiempo que negaba con la cabeza. Quería que la dejara en paz, que no la obligara a seguir exprimiendo aquella memoria donde habitaban los fantasmas de su juventud.

– Iré a decir que hemos terminado. No sabe lo mucho que le agradezco todo lo que me ha contado, me ha sido usted de una gran ayuda. Ahora sé mejor quién era Amelia, mi bisabuela.