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– ¿De verdad?

La pregunta de Edurne me sorprendió, pero no respondí, sólo acerté a sonreír. Era muy anciana; me di cuenta de que tenía esa cerúlea palidez que precede al último viaje, y me puse a temblar.

– Avisaré a las señoras.

– Le acompaño.

La ayudé a ponerse en pie, y esperé a que se afianzara en el bastón que llevaba en la mano derecha. No imaginaba cómo había sido Edurne en el pasado, pero ahora era una anciana extremadamente delgada y frágil.

Amelia María Garayoa estaba con sus tías. Parecía inquieta, y cuando nos vio entrar saltó del sofá.

– Ya era hora, ¿es que no se ha dado cuenta de que Edurne es muy mayor? Si hubiese sido por mí no le habría permitido quedarse tanto tiempo.

– Lo sé, lo sé…

– ¿Le ha sido provechosa la conversación? -quiso saber doña Laura.

– Sí, realmente estoy sorprendido. Necesito pensar, poner en orden todo lo que Edurne me ha contado… No me podía imaginar que mi bisabuela hubiera sido comunista.

Se quedaron en silencio y me hicieron sentir incómodo, lo que empezaba a ser un hábito en ellas.

Amelia María ayudó a sentarse a Edurne mientras doña Laura me miraba expectante, y la otra anciana, doña Melita, parecía perdida en sus pensamientos. A veces parecía desentenderse de lo que sucedía a su alrededor, como si no le interesara lo que estaba viviendo.

Yo también estaba cansado, pero sabía que para continuar mi investigación tendría que hablar con ellas.

– Bien, ustedes me dijeron que iban a guiar mis pasos. ¿Cuál es el siguiente? Aunque, bien mirado, yo necesitaría hablar con usted, doña Laura, y que me explicara qué ocurrió cuando…

– No, ahora no -me cortó la anciana-, es tarde. Llame mañana, y ya le diré por dónde seguir.

No protesté, sabía que habría sido inútil, sobre todo porque Amelia María me estaba diciendo con la mirada que si insistía me despediría con cajas destempladas.

Cuando llegué a mi casa dudé en si llamar a mi madre para contarle todo lo que había descubierto sobre la bisabuela o, por el contrario, no decir ni media palabra hasta que no tuviera la historia completa. Al final opté por dormir y dejar la decisión para el día siguiente. Me sentía confuso; la historia de mi bisabuela estaba resultando ser más complicada de lo que yo había previsto, y no sabía si terminaría convirtiéndose en un folletín o en cambio aún me podía llevar unas cuantas sorpresas más.

Me quedé dormido pensando en que Amelia Garayoa, aquella misteriosa antepasada mía, había sido una romántica temperamental, una mujer ansiosa de experiencias, constreñida por las imposiciones sociales de su época; un tanto incauta y desde luego con una clara tendencia a la fascinación por el abismo.

Por la mañana llamé a mi madre mientras me tomaba el primer café del día.

– ¡Menudo culebrón el de la bisabuela! -le solté a modo de saludo.

– De modo que ya te has enterado de lo que pasó…

– De todo no, pero de una parte sí, y desde luego era una señora muy peculiar para haber vivido en aquellos años. Vamos, que se puso el mundo por montera.

– Cuéntame…

– No, no te voy a contar nada, prefiero terminar la investigación y escribir la historia tal y como me ha pedido la tía Marta.

– Me parece muy bien que no se lo cuentes a la tía Marta, pero yo soy tu madre y te recuerdo que la primera pista te la di al decirte que fueras a hablar con don Antonio, el cura de nuestra parroquia.

– Ya sé que eres mi madre, y como te conozco, sé que no vas a poder resistir la tentación y se lo vas a contar a tus hermanos, de manera que no te voy a explicar nada.

– ¡No confías en mí!

– Claro que confío en ti, eres la única persona en quien confío, pero para las cosas importantes; como esto no lo es, prefiero no decirte una palabra, al menos por ahora, pero te prometo que serás la primera en conocer toda la historia.

Discutimos un rato pero no tuvo más remedio que aceptar mi decisión. Luego llamé a la tía Marta, más que nada para que no creyera que me estaba gastando su dinero sin trabajar.

– Quiero que vengas al despacho y me informes de cómo va la investigación.

– No voy a contarte nada hasta que no te entregue la historia por escrito tal y como me pediste. Ya te he dicho que he podido encontrar el rastro de mi bisabuela, bueno, de tu abuela, y que por fin la familia se va a enterar de lo que pasó, pero necesito trabajar a mi aire y sin presiones.

– Yo no te presiono, yo te pago para que investigues una historia y por tanto tienes que rendirme cuentas de cómo estoy gastando mi dinero.

– Te aseguro que no he hecho ningún dispendio, y que te daré incluso el tiquet de los taxis, pero por ahora, te pongas como te pongas, no voy a desvelarte nada. Estoy empezando la investigación y sólo quería decirte que he conseguido los primeros frutos; vamos, que estoy sobre la pista de Amelia Garayoa. No creo que tarde demasiado en terminar la investigación, y entonces escribiré el relato y te lo entregaré.

No le dije a mi tía que había conocido a unas primas de la bisabuela y que había cerrado un acuerdo con ellas: su ayuda a cambio de leer el manuscrito y dar su visto bueno antes de entregárselo a mi familia. Ya afrontaría ese problema más adelante.

También me había comprometido con mi madre a que sería la primera en conocer toda la historia de nuestra antepasada, así que, llegado el momento, decidiría quién sería la primera o primeras en enterarse; hasta entonces, lo que necesitaba es que me dejaran tranquilo.

La tía Marta aceptó a regañadientes. Luego volví a llamar a mi madre, porque estaba seguro de que mi tía la iba a llamar presentándole una lista de quejas sobre mí.

PIERRE

1

Durante los siguientes días intenté poner sobre el papel de manera ordenada todo lo que me había contado Edurne. Esperaba que las ancianas Garayoa me telefonearan, puesto que sin ellas difícilmente podía llevar a cabo la investigación.

Se me ocurría que debía intentar buscar a la tal Lola, pero la pobre estaría ya en el otro mundo; en cuanto a Pierre, realmente me intrigaba. «¡Menudo pájaro! -pensé-, hay que echarle mucha cara para birlarle a otro la mujer en nombre de la revolución.»Era difícil que Pierre viviera aún, a no ser que fuera centenario, algo harto improbable, ya que había creído entender a Edurne que cuando Pierre conoció a Amelia le sacaba a ésta unos cuantos años. Ella tenía dieciocho y él pasaba de los treinta; por tanto, las probabilidades de que Pierre estuviera vivo eran nulas.

Cuando por fin me llamó Amelia María Garayoa suspiré aliviado; la verdad es que había llegado a temer que las ancianas se arrepintieran de su oferta y hubieran decidido impedir que continuara mi investigación.

– Mi tía quiere verle -me espetó a modo de saludo.

– ¿Cuál de ellas?

– Mi tía Laura.

– ¿Y su tía Melita?

– Está muy resfriada y no se encuentra bien.

– Oiga, una curiosidad: doña Amelia y doña Laura, ¿son hermanas? Por lo que leí en el diario de mi bisabuela y me contó Edurne, la mejor amiga de Amelia era su prima Laura. Me hago un poco de lío -intentaba resultarle simpático.

– A lo mejor todo esto es demasiado para usted -respondió ella, dejando clara su poca confianza en mí.

– Reconocerá que la existencia de tantas Amelias sorprende a cualquiera -me defendí yo.

– Pues, no, verá, una de las bisabuelas de mis tías abuelas se llamaba Amelia, una mujer al parecer muy guapa y querida por toda la familia; tanto, que sus nietos decidieron que si tenían hijas les pondrían el nombre de su abuela. Y eso es lo que hicieron Juan y Armando Garayoa, poner el nombre de Amelia, el de su abuela, a sus primogénitas.