– ¡Vaya lío!
– Será un lío para usted, para nuestra familia las cosas están muy claras.
– Que yo sepa, algo tengo que ver con su familia…
– Eso está por ver.
– ¡Pero si le enseñé la partida de bautismo de mi abuelo Javier!
– Mire, tengo mis dudas sobre usted; pero es que, además, aunque usted sea nieto del hijo de Amelia Garayoa, ¿a qué viene aparecer de repente con esa estúpida historia de que va a escribir un libro sobre su bisabuela?
– Yo no he dicho que vaya a escribir un libro sino un relato que mi tía Marta encuadernará y lo regalará a toda mi familia en Navidades.
– ¡Conmovedor! -Amelia Garayoa lo dijo en un tono de burla que me fastidió.
– Escuche, entiendo sus reticencias, pero yo he sido sincero desde el primer momento y, además, le guste o no, somos familia.
– ¡Ah no! En eso se equivoca. Usted y yo no somos nada por más que se empeñe en buscar parentescos. ¿No pretenderá que ahora de repente los Garayoa nos reencontremos con los Carranza como si se tratara de un folletín?
– Oiga, en eso tiene razón, porque la verdad es que lo de mi bisabuela huele a folletín… pero no, no tengo la más mínima intención de proponer que celebremos las Navidades juntos.
– Ni se le ocurra la idea de que debamos conocernos las dos familias.
– No es mi intención, bastante tengo con sobrevivir a la mía para tener que soportar a otra familia con usted incluida.
– ¡Es usted un grosero!
– No, no lo soy, simplemente quiero decirle que estoy de acuerdo en que el pasado, pasado está.
– Dejemos esta discusión inútil. Mi tía lo espera mañana a las doce. Sea puntual.
Amelia María Garayoa colgó el teléfono sin despedirse. Realmente le caía mal.
Al día siguiente acudí puntual a la cita con un ramo de rosas de color rosa. El ama de llaves me acompañó a la biblioteca donde me esperaba doña Laura.
Estaba sentada y tenía un libro sobre las rodillas.
– Ya ha llegado… siéntese -me ordenó mientras señalaba un sillón cercano al suyo.
– ¿Cómo está su hermana? -pregunté con un tono de voz preocupado al tiempo que le daba el ramo de rosas-. Le he traído estas flores…
– ¿Mi hermana? -inquirió con un deje de extrañeza.
– Su sobrina Amelia María me dijo ayer que doña Melita estaba resfriada…
– ¡Ah sí! Claro que está resfriada, pero ya se encuentra mejor, desde ayer no tiene fiebre. Somos muy mayores, ¿sabe? Y cualquier cosa nos afecta… y la gripe de este año ha venido muy mala. Pero está mejor. Le diré que ha preguntado usted por ella.
Hizo un gesto para indicar al ama de llaves que se llevara las flores y le pidió que trajera café para los dos.
– Bien, ¿qué opina de lo que le contó Edurne? -me preguntó sin más preámbulos.
– En realidad su prima me parece que era una joven bastante atolondrada, con ansias de convertirse en una heroína -respondí a modo de conclusión.
– Sí, algo de eso hay, pero no sólo eso. Mi prima Amelia siempre fue una chica inteligente, inquieta, sólo que se equivocó de siglo; si hubiera nacido hoy, se habría convertido en una mujer notable, habría podido desarrollar todo su talento, pero en aquella época…
– Eso de largarse con el tal Pierre creyendo que debía sacrificarse por la revolución… en fin, que me parece una excusa pueril. Se fue con él porque se enamoró, y se habría ido igual con revolución o sin ella -concluí ante la mirada de espanto de doña Laura.
– Joven, me parece que usted no ha entendido nada. Juzga con mucha ligereza a Amelia. Puede que usted no sea capaz de entender… que no sea la persona adecuada para escribir su historia…
Estaba claro que había metido la pata. ¡Quién me mandaría soltar de sopetón mi opinión sobre mi bisabuela! Intenté arreglarlo como pude.
– ¡Por favor, no me malinterprete! A veces los periodistas somos así de impulsivos, decimos las cosas a lo bruto, olvidándonos de los matices, pero le aseguro que a la hora de escribir esta historia lo haré con ecuanimidad y cariño, al fin y al cabo fue mi bisabuela.
Temí que me dijera que me marchara, pero no dijo nada. Esperó a que el ama de llaves, que acababa de entrar, nos sirviera el café.
– Bien, usted dijo que tenía unas cuantas preguntas que hacernos. ¿Qué más quiere saber?
– En realidad son ustedes quienes me tienen que decir de qué hilos debo tirar. Reconozco que sin su ayuda sería muy difícil poder desentrañar la historia de mi bisabuela. También me gustaría que me contara qué sucedió cuando regresó Santiago, mi bisabuelo.
– No le compadezca. Santiago fue un hombre de una pieza, que sufrió, sí, por la pérdida de Amelia, pero que supo sobreponerse con enorme dignidad.
– Pues de eso quería que me hablara, al fin y al cabo ustedes eran la familia más cercana de Amelia.
– Bien, le contaré algunos detalles, pero no tome por costumbre que seamos nosotras quienes le demos información; ese no es el trato. Además, hay cosas que aunque quisiéramos no podríamos contarle porque las ignoramos. Aunque, como usted dice, sabemos de qué hilos tirar. Le tengo preparadas un par de entrevistas más.
Me acomodé en el sillón dispuesto a escuchar a doña Laura, que se había quedado en silencio, como si estuviera pensando por dónde comenzar…
«Al día siguiente de la fuga de Amelia, Edurne me trajo la carta que había escrito mi prima. Era un domingo de finales de marzo de 1936 y todos estábamos en casa. La tengo aquí para enseñársela. En ella, Amelia me decía que se había enamorado de Pierre, que no soportaba la idea de que él se marchara y no volver a verlo, que prefería morir antes que perderlo. También me suplicaba que fuera yo quien explicara a sus padres y a Santiago su ausencia; insistía en que la verdadera causa no era Pierre, sino sus ideales revolucionarios. Pedía perdón a todos y me rogaba que hiciera lo posible para evitar que su hijo la odiara; también decía que algún día regresaría en busca de Javier. Y me pedía que cuidara de Edurne, porque temía que Santiago la pudiera despedir.
Se puede imaginar mi estado de conmoción cuando leí aquella carta. Me sentía desolada, perdida, e incluso traicionada, porque Amelia, además de mi prima, era mi mejor amiga. Desde pequeñas habíamos compartido hasta las confidencias más intrascendentes, estábamos más unidas la una a la otra que a nuestras propias hermanas.
Edurne estaba aterrorizada. Pensaba, y no le faltaba razón, que podía quedarse sin trabajo, que tendría que regresar al caserío. Lloraba pidiéndome que la ayudara. Yo me sentía desbordada por la situación, puesto que con dieciocho años, y en aquella época, se puede usted imaginar lo poco que sabíamos del mundo, y mi prima se había fugado delegando en mí una responsabilidad para la que no estaba preparada. Lo primero que hice fue tratar de tranquilizar a Edurne y prometerle que nada le sucedería, y le dije que regresara a casa de Amelia, y si alguien le preguntaba por Amelia tenía que responder que no sabía dónde había ido. Luego fui a ver a mi madre, que en aquel momento estaba con la cocinera dándole instrucciones porque esa noche teníamos invitados.
– Necesito hablar contigo.
– ¿No puedes esperar? No creas que es fácil organizar una cena para doce comensales.
– Mamá, es muy urgente, necesito hablar contigo -insistí.
– ¡Cómo sois las niñas de hoy de impacientes! Los mayores tenemos que dejarlo todo para complaceros. En fin, vete a la salita que ahora voy.
Mi madre tardó aún un buen rato en reunirse conmigo; para cuando lo hizo, yo ya me había mordido todas las uñas.
– ¿Qué pasa, Laura? Espero que no sea ninguna tontería de las tuyas.
– Mamá, Amelia se ha ido.
– ¿Tu hermana? Claro que se ha ido, ha ido a visitar a su amiga Elisa.
– No me refiero a mi hermana Melita sino a mi prima.