Выбрать главу

– Si no la has encontrado es que habrá salido a casa de sus padres o a visitar a alguien, lo mismo está con esa Lola…

– Se ha ido para siempre.

Mi madre se quedó callada intentando digerir lo que acababa de oír.

– Pero ¿qué dices? ¡Qué tontería es ésa! Ya sé que está enfadada con Santiago por su último viaje… la verdad es que Santiago debería ser más considerado y no marcharse así por las buenas… pero Amelia ya sabe cómo es su marido…

– Mamá, Amelia ha dejado a Santiago.

– ¡Pero qué dices, niña! ¡Basta de tonterías!

Mi madre se había puesto roja del sofoco. Le costaba asimilar lo que le estaba diciendo.

– Se ha marchado porque… porque cree en la revolución, y se va a sacrificar para construir un mundo mejor.

– ¡Dios mío! ¡No puedo creer que Lola le haya lavado el cerebro hasta esos extremos a tu pobre prima! Vamos, dime dónde está, llamaré a tu padre, tenemos que ir a buscarla de inmediato… imagino que se habrá ido a casa de esa Lola.

– Se ha ido a Francia.

– ¿A Francia? ¡Qué estás diciendo! Explícame qué ha pasado, pero ¿cómo puedes decir que Amelia se ha ido a Francia…?

Mi padre entró en la salita alertado por los gritos de mi madre. Se asustó al verla moviéndose de un lado para otro haciendo aspavientos.

– Pero ¿qué pasa? Elena, ¿qué sucede? ¿Te encuentras mal? Espero, Laura, que no le hayas dado ningún disgusto a tu madre, y menos hoy, que tenemos invitados a cenar…

– Papá, Amelia se ha ido a Francia. Ha dejado a Santiago y a su familia aunque algún día volverá a por Javier.

Lo dije todo seguido, sin preámbulos.

Mi padre se quedó mudo, mirándome fijamente, como si no entendiera lo que le estaba diciendo. Mi madre había roto a llorar desconsoladamente.

Les conté la fuga de Amelia a trompicones, intentando no traicionarla, sin nombrar en ningún momento a Pierre.

Mi padre no terminaba de creerse que su sobrina, por atolondrada que fuera, se hubiese ido a Francia a hacer la revolución.

– Pero ¿qué revolución? -insistía mi padre.

– Pues la revolución. Sabes que los comunistas quieren llevar la revolución a todas partes… -respondí sin excesiva convicción.

Durante más de una hora mi padre estuvo preguntándome sin darme tregua, mientras mi madre hablaba y hablaba de la influencia de Lola.

– Tenemos que llamar a Juan y a Teresa. ¡Qué disgusto les vamos a dar! Y tú, Laura, enséñame esa carta que te ha escrito Amelia -me reclamó mi padre.

Les mentí. Juré que, a causa de los nervios, sin darme cuenta la había roto. No podía entregársela puesto que en la carta Amelia contaba toda la verdad, es decir, que se había enamorado de Pierre.

– ¡No te creo! -dijo mi padre reclamando la carta.

– Te aseguro que la he roto sin darme cuenta -protesté llorando.

Mis tíos Juan y Teresa llegaron a mi casa apenas media hora después. Mi padre les había insistido en que era urgente que vinieran. Para él suponía un gran sufrimiento tener que decirle a su hermano que su hija se había escapado.

Mi padre me pidió que les contara cuanto sabía, y yo, entre lágrimas, fui diciendo lo que podía.

Mi tía Teresa se desmayó y mi madre tuvo que atenderla, lo que propició que mi padre, mi tío Juan y yo nos refugiáramos en su despacho, donde ambos me insistieron en que les contara cuanto sabía.

No di mi brazo a torcer, y achaqué a la revolución la causa de la fuga de mi prima Amelia.

– Bien -aceptó mi tío Juan-, entonces iremos a ver a esa Lola, que ha sido la causante de meter en la cabeza de Amelia estas ideas extremistas. Ella sabrá dónde está, no creo que le haya dado tiempo a llegar a Francia; en todo caso, nos tendrá que decir dónde encontrarla. Pero primero iremos a casa de Amelia, hay que procurar no alertar al servicio sobre lo que está sucediendo. Espero que Edurne no diga ni una palabra.

Mientras mi madre atendía a mi tía Teresa, fui con mi padre y mi tío a casa de Amelia. Pero aquél no era nuestro día de suerte y cuando llegamos a casa de Amelia nos encontramos con la sorpresa de que Santiago había regresado del viaje por la mañana.

Santiago estaba hablando con Edurne, o mejor dicho, Santiago hablaba y Edurne lloraba.

El se sorprendió al vernos y yo me puse a temblar. Enfrentarme a mis padres y a mis tíos era una cosa, pero enfrentarme a Santiago…

Mi tío Juan estaba igualmente nervioso. No iba a ser fácil para él decirle a Santiago que su mujer se había marchado.

– ¿Qué sucede? -preguntó Santiago con un tono de voz helado.

– ¿Podemos hablar en privado? -solicitó mi tío Juan.

– Sí, naturalmente. Acompañadme al despacho, y tú, Edurne… luego continuaremos hablando.

Lo seguimos hasta el despacho, yo rezando por lo bajo, pidiéndole a Dios que hiciera un milagro y Amelia apareciera de repente. Pero aquel día Dios no me escuchó.

Santiago nos invitó a sentarnos, pero mi tío Juan estaba tan nervioso que se quedó de pie.

– Siento lo que voy a decirte… estoy desolado… y te aseguro que no lo entiendo, pero…

– Don Juan, cuanto antes me diga a lo que ha venido, mejor -cortó Santiago.

– Sí… desde luego… lamento lo que ha pasado… pero, en fin, no tengo más remedio que informarte de que Amelia ha huido.

Agarré la mano de mi padre como si fuera un refugio, porque el rostro de Santiago reflejaba una ira sin límites.

– ¿Ha huido? ¿Dónde? ¿Por qué? -Santiago intentaba controlarse, pero era evidente que estaba a punto de estallar.

– No lo sabemos… bueno sí… al parecer se ha ido a Francia.

– ¿A Francia? ¡Pero qué locura es ésta! -Santiago había elevado el tono de voz.

– Amelia le ha escrito a Laura para explicárselo -acertó a decir mi padre.

– ¿Ah, sí? Bien, leamos esa carta -y me miró fijamente mientras tendía la mano a la espera de que le entregara la misiva de Amelia.

– No la tengo -musité-, con los nervios la he roto…

– ¡Ya! ¿Y pretendes que me lo crea?

– ¡Es la verdad! -Me di cuenta de que a pesar de mi protesta Santiago siguió sin creerme.

La verdad es que siempre se me ha dado mal mentir.

– ¿Y qué es lo que Amelia te ha autorizado a decirnos? -Santiago seguía haciendo un esfuerzo por contenerse.

– Pues que se ha ido a Francia a colaborar con la revolución, allí están más preparados para ayudar a extender a todas partes la Revolución soviética.

Lo dije de corrido, me había aprendido la lección.

– Laura, ¿con quién se ha ido Amelia? -El tono de voz de Santiago era duro y cortante.

Me mordí el labio hasta hacerme sangre y se me escaparon las lágrimas.

– Responde, hija -me pidió mi padre.

– No lo sé…

– Sí, sí lo sabes. Tú y Edurne sabéis exactamente lo que ha pasado, cuándo y con quién se ha marchado -afirmó Santiago.

Don Juan y mi padre se miraron con espanto, mientras Santiago clavaba sus ojos en los míos hasta hacerme bajar la cabeza, avergonzada.

– Laura, no le haces ningún favor a Amelia ocultándonos la verdad. Tu prima, mal aconsejada, ha cometido un error, pero si nos dices todo lo que sabes aún lo podemos enmendar -insistió mi padre.

– Es que sé que se ha ido a hacer la revolución… -respondí casi sollozando.

– ¡No digas tonterías! -me interrumpió Santiago-. No nos tomes por estúpidos. Mía ha sido la culpa por permitir a Amelia participar en esas reuniones de las Juventudes Socialistas de España a las que la llevaba Lola. Y más aún de haberme hecho hasta gracia que Edurne se tomara su militancia tan en serio. ¿Amelia una revolucionaria? Sí, una revolucionaria acompañada de su criada para que, naturalmente, la señorita no tuviera que molestarse ni en hacerse la cama.

– Amelia no se ha llevado a Edurne -protesté sacando algo de valor.

– No, no se la ha llevado, porque no se lo han permitido. Edurne me ha contado que ella quería acompañarla, pero que Amelia le dijo que no le autorizaban a ir con nadie. Bien, me habéis venido a contar lo que ya sabía, que Amelia se ha ido. Cuando llegué a casa esta mañana pregunté por mi mujer y nadie supo darme razón, y Edurne se puso a llorar cuando le pregunté por ella. Sólo ha alcanzado a decirme la misma tontería que tú, Laura, que Amelia se ha ido a Francia a hacer la revolución.