Выбрать главу

De pronto Santiago parecía cansado, como si toda la furia que estaba conteniendo se estuviera transformando en resignación.

– Santiago, estamos contigo, dispuestos a ayudarte en lo que sea, pero quiero pedirte que perdones a mi sobrina, es una chiquilla sin ninguna mala intención. -Las palabras de mi padre parecieron revivir la ira en Santiago.

– ¿Ayudarme? ¿En qué pueden ayudarme? No se engañe, don Armando, si Amelia se ha ido es que… es que lo ha hecho con otro hombre.

– ¡No, eso sí que no! -Mi tío Juan se plantó ofendido delante de su yerno-. No permitiré que faltes el respeto a mi hija. Amelia es una niña, sí, ha cometido un error, pero irse con otro hombre, ¡jamás! No quiero reprocharte nada, pero tus viajes sin avisar no han sido precisamente una manera adecuada de cuidar un matrimonio.

Santiago apretó los puños. Creo que si no hubiese sido por su exquisita educación y, sobre todo, porque era un hombre que sabía controlarse, habría golpeado mi tío Juan.

– Quiero creer que Amelia sólo nos habría abandonado a su hijo y a mí por una gran pasión. ¿Abandonar a Javier sólo por la revolución? No, usted no conoce a Amelia. Bien es verdad que nunca se ha comportado como una madre solícita con Javier, pero yo sé que le quiere; en cuanto a mí… también lo creía.

– Hemos pensado en ir a casa de Lola -intervino mi padre-, espero que nos acompañes.

– No, no, don Armando, no les voy a acompañar. No voy a ir a buscarla. Si se ha marchado, ella sabrá por qué y tendrá que asumir las consecuencias.

– ¡Pero es tu esposa! -protestó mi tío Juan.

– Una esposa que me ha abandonado.

– ¡Pero precisamente tú acabas de regresar de un viaje y cuando te fuiste ni siquiera te despediste de ella…!

Santiago se encogió de hombros. Para él era perfectamente natural el ir y venir sin dar explicaciones, como si fuera una prerrogativa por la que no tenía que excusarse.

– Nos gustaría que nos acompañaras a casa de Lola -insistió mi padre.

– Ya le he dicho que no, don Armando. Y tú, Laura…

No me dijo ni una palabra más, pero me hizo sentir como una malvada.

Salimos de casa de Santiago destrozados. No habíamos podido hablar con Edurne, y yo me alegré porque no sé si habríamos podido seguir manteniéndonos firmes en nuestra versión si nos hubieran presionado a ambas.

Les indiqué dónde vivía Lola. Caminamos deprisa hasta la calle Toledo, hasta dar con el piso que Lola compartía con Josep y donde vivía con su hijo Pablo.

Lola ocupaba una buhardilla a la que llegamos a través de una escalera oscura. Yo sólo había estado en aquella casa en una ocasión acompañando a mi prima. En realidad, ni a mí me caía bien Lola ni yo a ella, de manera que solíamos tratarnos con una frialdad que apenaba a Amelia. A ella le hubiera gustado que fuéramos amigas y, sobre todo, poder compartir conmigo sus andanzas con Lola.

No funcionaba el timbre, así que mi tío Juan golpeó la puerta. Nos abrió Pablo, el hijo de Lola. El chiquillo estaba resfriado, y parecía tener fiebre.

– ¿Qué quieren?

– Pablo, estamos buscando a Amelia -acerté a decir antes de que mi tío o mi padre hablaran.

– Pero Amelia se ha ido con Pierre, se fueron anoche en tren -respondió.

Mi tío Juan palideció al escuchar lo que acaba de decir el niño.

– ¿Podemos pasar? -preguntó, al tiempo que lo apartaba y entraba.

Pablo se encogió de hombros mientras me miraba extrañado por la situación.

– Es que no está mi madre, ni tampoco Josep.

– ¿Quién es Josep? -preguntó mi tío Juan.

– Mi padre.

– ¿Y le llamas Josep? -La pregunta de mi tío no pareció sorprender al niño.

– Sí, todos le llaman Josep, aunque a veces también le llamo papá, depende de cómo me dé.

A estas alturas de la conversación ya estábamos en la pequeña estancia que hacía las veces de sala y de dormitorio de Pablo. La buhardilla sólo tenía dos piezas: una era en la que estábamos y la otra, aún más pequeña, donde solían dormir Lola y Pablo cuando no estaba Josep, además de un minúscula cocina iluminada por un tragaluz. Carecían de cuarto de baño; al igual que el resto de los vecinos, tenían que utilizar un retrete situado en el descansillo.

Mi tío Juan buscó con la mirada una silla donde poder sentarse. Mi padre y yo nos quedamos de pie, mientras Pablo se sentaba en otra silla esperando a que le dijéramos qué queríamos.

– Bien, dinos exactamente dónde está Amelia -ordenó mi tío.

– Ya se lo he dicho: en Francia, con Pierre.

– ¿Y quién es Pierre? -insistió mi tío.

– El novio de Amelia… bueno, no sé si es su novio, porque Amelia está casada, pero si no lo es, es algo parecido. Se quieren y Amelia le va a ayudar.

Mi tío Juan empezó a sudar, mientras mi padre, atónito por lo que Pablo decía, decidió sentarse.

– Pablo, no digas esas cosas… Amelia y Pierre son sólo amigos… Amelia le va a ayudar a hacer la revolución -intervine yo mirando angustiada a Pablo, intentando decirle con los ojos que no dijera una palabra más.

– ¡Cállate! -El tono de voz de mi padre me cortó en seco-. Y tú, niño -añadió-, nos vas a decir todo lo que sepas.

Pablo pareció asustarse de repente, y comprendió que había hablado más de la cuenta.

– ¡Yo no sé nada! -alcanzó a decir, angustiado.

– ¡Claro que sabes! Y nos lo vas a decir. -Mi padre se había levantado plantándose delante del niño, que le miraba asustado.

– Cuanto antes nos cuentes lo que sabes, antes nos iremos -lo apremió mi tío Juan.

– ¡Pero si no sé nada! ¡Por favor, Laura, diles que me dejen en paz!

Bajé los ojos avergonzada. No podía hacer ni decir nada, ni mi padre ni mi tío iban a permitirme intervenir para evitar que el niño hablara.

– Mi madre dice que no soy un esclavo, que no tengo que humillarme ante los capitalistas de mierda -dijo Pablo, intentando darse valor a sí mismo.

– Si no nos cuentas lo que sabes, te llevaremos a la comisaría, la policía buscará a tu madre y luego ya veremos lo que pasa -amenazó mi padre.

Pablo, al que cada vez le brillaban más los ojos por la fiebre y el susto, empezó a gimotear.

– Mi madre es una revolucionaria, y ahora no gobiernan los fascistas. -Fue el último intento de Pablo antes de comenzar a hablar.

– Bien, vámonos a la comisaría; por lo que sé, tu madre tiene algunas cuentas pendientes con la policía, y por muy revolucionaria que sea, la ley es la ley para todo el mundo -afirmó mi padre.

Pablo volvió a buscar mi mirada solicitando ayuda, pero yo no podía decirle nada, aunque rezaba para que el niño no diera ninguna pista que pudiera frustrar la fuga de Amelia.

– Amelia vino anoche a casa, la estaba esperando Pierre. Dijeron que iban a coger el tren, que primero irían a Barcelona y luego a Francia.

– ¿A Barcelona? -preguntó mi tío Juan.

– Pierre tiene que ver a unos amigos de mi padre -alcanzó a decir Pablo.

– ¿Dónde vive tu padre? -quiso saber mi tío Juan.

– En una calle del Ensanche.

– ¿Y cuál es el apellido de tu padre? -insistió mi tío.

– Soler.

– Dime, ¿quién es Pierre? -Mi padre hablaba ahora con un tono de voz suave, intentando tranquilizar a Pablo.

– Es un amigo de mis padres, es un revolucionario de París. Trabaja para llevar la revolución a todas partes, y nos está ayudando.

– ¿Es el novio de Amelia? -Mi padre hizo la pregunta sin mirarnos ni al tío Juan ni a mí.