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– Es una comunista -respondió mi madre, y parecía que escupía la palabra «comunista».

– ¿Crees que de verdad Edurne sabe lo que es el comunismo? Y aunque así fuera, ¿por qué no habría de serlo? ¿Qué le ha dado la vida para ser otra cosa?

– Tendría que estar agradecida a tu familia por lo que ha hecho por ella. La han tratado como si fuera de la familia, lo mismo que a su madre…

– ¿Agradecida? No, Elena, las cosas no son como las planteas. La han tratado como a un ser humano y nadie tiene por qué agradecer que le traten como lo que es. Edurne ha hecho bien su trabajo, como lo hacía Amaya; no nos deben nada.

– ¡Cómo puedes hablar así! ¡A veces tú también pareces comunista!

– ¡Vamos, Elena, no exageres! No confundas comunismo con justicia. Eso es de lo que adolece este país, por eso pasan las cosas que están pasando. Aquí se ha tenido a la gente esclavizada, y ahora muchos se asombran porque el pueblo está reclamando lo suyo.

– ¿Y por eso tienen que quemar iglesias? ¿Justificas que los campesinos ocupen las fincas? ¡No son suyas!

– Mira, no vamos a seguir discutiendo, tengo que irme al despacho, y quiero acercarme a ver a mi hermano Juan. Están viviendo una tragedia con la huida de Amelia, y nuestra obligación es echarles una mano.

La firmeza de mi padre doblegó a mi madre.

– ¿Y qué quieres que hagamos?

– Por lo pronto, que Edurne se quede en casa, al menos provisionalmente. Acomódala donde creas conveniente y dale trabajo.

– No quiero que contamine a mis hijas con sus ideas…

– Elena, no insistas, y haz lo que te he dicho -cortó tajante mi padre-. Y tú, Laura, espero que seas sensata. Sé lo unida que estabas a tu prima, pero debes reconocer que se ha portado mal, muy mal con todos: con su marido, con su hijo y también contigo. No quiero que vayas con Edurne a ningún sitio sin la autorización de tu madre. En esta familia ya hemos tenido bastantes disgustos con la política.

– Te prometo, papá, que no tendrás ni una queja de mí.

– Eso espero, tu hermana Melita es más sensata. Comparte el nombre con tu prima, Amelia, pero quizá el haberle añadido el María, Amelia María, la ha hecho diferente.

– ¡Qué ocurrencia! ¿Qué tendrán que ver los nombres con lo que ha sucedido? -dijo mi madre.

Aquella discusión entre mis padres se saldó con Edurne en casa, y su estancia, que iba a ser provisional, se convirtió en permanente. Desde entonces Edurne siempre ha estado conmigo, hasta hoy.»

Doña Laura suspiró. Los recuerdos parecían agobiarla, y se pasaba la mano por la cabeza como intentando ahuyentarlos.

– Quizá usted pueda reconstruir a través de su familia qué fue, a partir de aquel momento, de Santiago. Al fin y al cabo es su abuelo. Santiago rompió con los Garayoa para siempre.

– ¿Nunca más le vieron? -pregunté desconcertado.

– No quiso saber nada de nosotros. Supongo que vernos le habría recordado permanentemente la humillación que sentía por el abandono de Amelia. Nunca nos permitió visitar a Javier, ni siquiera a mis tíos, que al fin y al cabo eran los abuelos del niño.

– ¡Qué fuerte! ¿Y don Juan y doña Teresa lo aceptaron?

– ¡Qué remedio! Se sentían avergonzados, y se culpaban del comportamiento de Amelia. No querían contribuir con su presencia al sufrimiento de Santiago, en realidad no se atrevieron a imponerle su presencia. Santiago rompió toda relación comercial con mi tío Juan, y le aseguro que eso supuso un duro revés para él. Mis tíos prácticamente se quedaron en la ruina cuando cerraron su negocio en Alemania, así que perder el apoyo de los Carranza fue un golpe del que nunca se recuperó mi tío Juan. Después vino la guerra y todo fue de mal en peor. Fueron tiempos difíciles para todos… En fin, le tengo preparada una cita para que continúe su investigación.

– ¿Ah, sí? ¿Con quién? -pregunté sin disimular mi interés.

– Con Pablo Soler.

– ¿El hijo de Lola?

– Sí, el hijo de Lola. Pero, puesto que usted es periodista, sabrá quién es Pablo Soler.

– ¿Yo? Ni idea. ¿Por qué habría de saberlo?

– Porque es un historiador, ha escrito varios libros sobre la guerra civil, y en los últimos años ha participado en debates en televisión y escrito artículos en los periódicos.

– Sí, me suena, pero en realidad nunca me he interesado demasiado por conocer los entresijos de la guerra. En estos años se han publicado tantos libros, ha habido tantas polémicas… Aquello fue una salvajada, y yo, la verdad, es que paso de salvajadas.

– Una actitud estúpida.

– ¡Caramba, doña Laura! No se muerde usted la lengua.

– ¿Desconocer la historia le hace sentirse mejor? ¿Cree que por no conocerla no ha existido?

– Al menos yo me mantengo al margen de las polémicas de unos y de otros.

– Una actitud incomprensible en un periodista.

– Nunca he dicho que sea un buen periodista -me defendí.

– Bien, dejemos esta discusión. Tenga, aquí está anotado el teléfono de Pablo Soler; he hablado con él, y está dispuesto a recibirle. Tendrá que ir a Barcelona.

– Le llamaré enseguida, y en cuanto me dé cita, iré.

– Bien, entonces no tenemos más que hablar, al menos por ahora.

Doña Laura se levantó con torpeza. Me parecía que envejecía por días, pero no me atreví a ofrecerme para ayudarla a ponerse en pie. Sabía que habría rechazado mi ayuda. Me daba cuenta de que, a pesar de su edad, a las Garayoa les gustaba sentirse autónomas, independientes.

2

Cuando llegué a casa me puse a escribir todo lo que me había contado doña Laura. Lo tenía fresco en la memoria y no quería olvidar ningún detalle.

Estuve escribiendo hasta la madrugada acompañado de una buena botella de whisky. Clareaba el día cuando me metí en la cama, y dormí como un niño hasta que la música del móvil, que había dejado en la mesilla, me devolvió a la realidad.

– Hola, hijo, ¿qué tal te va?

– ¡Uf, madre, ya me podías haber llamado a otras horas!

– Pero si son las dos. ¿No estarás durmiendo?

– Pues sí, eso es lo que estaba haciendo, he estado trabajando hasta tarde. Ayer me contaron un montón de cosas sobre la bisabuela y no quería que se me olvidara nada.

– De eso quería hablarte. Verás, Guillermo, estoy preocupada por ti. Me parece que te estás tomando demasiado en serio el encargo de tu tía Marta, y estás descuidando tu profesión. Ya sé que la tía te paga generosamente; escribir sobre la bisabuela está bien como divertimento, pero no para que te despistes y dejes de buscar trabajo en lo tuyo, de periodista.

Sentía la cabeza como un corcho, pero sabía que si mi madre había decidido echarme un sermón nada la detendría, de manera que decidí rendirme de antemano.

– Ya me gustaría a mí que me saliera un buen trabajo. ¿Crees que no estoy dando voces por todos lados? Pero no me ofrecen nada, mamá. La derecha no se fía de mí porque me considera un «rojo», y la izquierda tampoco porque no les hago la ola, de manera que no tengo muchas salidas.

– Vamos, Guillermo, las cosas no pueden ser como las pintas. Tú eres un buen periodista; además, hablas perfectamente inglés y francés, e incluso bastante bien el alemán, es imposible que con lo que vales no te ofrezcan ningún trabajo.

– Mamá, para ti valgo muchísimo, pero para ellos no.

– Pero las empresas periodísticas no pertenecen a los políticos.

– No, pero como si pertenecieran; unos tienen intereses en unas y otros en otras. ¿No oyes la radio? ¿No ves la tele?

– ¡Guillermo, no seas cabezota y escúchame!

– ¡Pero si te estoy escuchando! Sé que te cuesta entender de qué va el negocio del periodismo, pero créeme que es así.

– Prométeme que seguirás intentando encontrar un empleo.

– Te lo prometo.

– Bien. ¿Cuándo vendrás a verme?

– No lo sé, déjame que me levante y me organice, luego te llamo, ¿vale?

Superado el trance de la conversación con mi madre, me metí en la ducha para despejarme. Las sienes me latían aceleradamente, y sentía un nudo en la boca del estómago. El whisky había hecho de las suyas.

Eché un vistazo a la nevera y encontré un cartón con zumo de frutas y un yogur. Suficiente para reponer energías antes de telefonear a Pablo Soler. Claro que previamente me metí en internet en busca de información sobre él, y para mi sorpresa encontré que el profesor Soler era un reputado historiador, que había enseñado en la Universidad de Princeton y regresado a España con todos los honores en el año ochenta y dos. Tenía publicados más de una veintena de libros y estaba considerado una notoriedad en la guerra civil española.

Busqué el número de teléfono que me había facilitado doña Laura.

– ¿Don Pablo Soler?

– Al habla.

– Don Pablo, me llamo Guillermo Albi Carranza. Me ha dado su teléfono doña Laura Garayoa, creo que ha hablado con usted sobre la investigación que estoy llevando a cabo.

– Así es.

El hombre no parecía muy hablador, así que fui yo quien continuó hablando.

– Si no es molestia, me gustaría que me recibiera para que me aclarara algunas cosas sobre Amelia Garayoa, que no sé si se lo ha dicho doña Laura, pero era mi bisabuela.

– Me lo ha dicho, sí.

– Bueno, pues, ¿cuándo podría ir a verle?

– Mañana a las ocho en punto.

– ¿De la noche?

– No, de la mañana.

– ¡Ah!, bueno, pues… bien… si me da usted la dirección allí estaré.

Me lamenté de mi suerte. Me hubiera gustado recuperarme del sueño y del whisky, pero no tenía más remedio que meter cuatro cosas en una bolsa e ir al aeropuerto para coger el primer puente aéreo a Barcelona. Menos mal que la tía Marta no estaba escatimando fondos, porque tendría que dormir allí, y tal y como me encontraba no estaba dispuesto a irme a un hotel de menos de cuatro estrellas.