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– Te lo prometo.

– Bien. ¿Cuándo vendrás a verme?

– No lo sé, déjame que me levante y me organice, luego te llamo, ¿vale?

Superado el trance de la conversación con mi madre, me metí en la ducha para despejarme. Las sienes me latían aceleradamente, y sentía un nudo en la boca del estómago. El whisky había hecho de las suyas.

Eché un vistazo a la nevera y encontré un cartón con zumo de frutas y un yogur. Suficiente para reponer energías antes de telefonear a Pablo Soler. Claro que previamente me metí en internet en busca de información sobre él, y para mi sorpresa encontré que el profesor Soler era un reputado historiador, que había enseñado en la Universidad de Princeton y regresado a España con todos los honores en el año ochenta y dos. Tenía publicados más de una veintena de libros y estaba considerado una notoriedad en la guerra civil española.

Busqué el número de teléfono que me había facilitado doña Laura.

– ¿Don Pablo Soler?

– Al habla.

– Don Pablo, me llamo Guillermo Albi Carranza. Me ha dado su teléfono doña Laura Garayoa, creo que ha hablado con usted sobre la investigación que estoy llevando a cabo.

– Así es.

El hombre no parecía muy hablador, así que fui yo quien continuó hablando.

– Si no es molestia, me gustaría que me recibiera para que me aclarara algunas cosas sobre Amelia Garayoa, que no sé si se lo ha dicho doña Laura, pero era mi bisabuela.

– Me lo ha dicho, sí.

– Bueno, pues, ¿cuándo podría ir a verle?

– Mañana a las ocho en punto.

– ¿De la noche?

– No, de la mañana.

– ¡Ah!, bueno, pues… bien… si me da usted la dirección allí estaré.

Me lamenté de mi suerte. Me hubiera gustado recuperarme del sueño y del whisky, pero no tenía más remedio que meter cuatro cosas en una bolsa e ir al aeropuerto para coger el primer puente aéreo a Barcelona. Menos mal que la tía Marta no estaba escatimando fondos, porque tendría que dormir allí, y tal y como me encontraba no estaba dispuesto a irme a un hotel de menos de cuatro estrellas.

Pablo Soler resultó ser un anciano alto, delgado, muy tieso para su edad, ya que sobrepasaba los ochenta, aunque mantenía una agilidad sorprendente. Me abrió él mismo la puerta de su casa, un ático situado en una zona residencial de Barcelona.

¡Vaya con el comunista!, pensé al entrar en el espacioso piso decorado con elegancia. En las paredes distinguí un Mompó, dos dibujos de Alberti, un Miró… o sea, una pasta gastada en decoración.

– ¿Le interesa la pintura? -me preguntó al ver que se me iban los ojos a los cuadros.

– Pues sí, soy periodista, pero estuve dudando si estudiar Bellas Artes.

– ¿Y por qué no lo hizo?

– Para no morirme de hambre. Sé que carezco del talento necesario para hacer algo grande, claro que como periodista tampoco es que me vaya muy bien.

Pablo Soler me condujo a su despacho, cuyas paredes estaban revestidas de arriba abajo por estantes repletos de libros. El retrato de una joven ocupaba el único hueco de la pared donde no había libros. Me distraje mirando el cuadro, porque la joven pintada parecía mulata.

– Es mi mujer -dijo él.

– ¡Ah! -fue lo único que se me ocurrió responder.

– Bien, vamos a lo nuestro. Usted dirá.

– Le habrá contado doña Laura que…

– Sí, sí -me cortó-, ya lo sé, está usted intentando conocer la vida de Amelia.

– Pues sí, de eso se trata. Era mi bisabuela, pero en mi familia no sabemos nada de ella, ha sido siempre un tema tabú. Mire, traigo una copia de una vieja foto. ¿La reconoce?

Pablo Soler miró la foto con detenimiento.

– Fue una mujer muy bella -murmuró.

Cogió una campanilla que agitó haciéndola sonar. Acudió al instante una doncella filipina, perfectamente uniformada. Yo no salía de mi asombro habida cuenta de que le tenía por un revolucionario. Pidió que nos trajera café, lo que le agradecí porque normalmente a las ocho de la mañana no suelo estar en mi mejor momento.

– ¿Por dónde quiere que empiece? -me preguntó sin más preámbulos.

– Había pensado en que me contara si usted vio a Amelia precisamente aquí, en Barcelona, cuando ella se escapó con Pierre. Por lo que me ha contado doña Laura, precisamente en esos días su madre lo trajo a vivir aquí. Y bueno, si usted pudiera informarme sobre quién era realmente Pierre…

– Pierre Comte era un agente del INO.

– ¿Y eso qué es? -pregunté estupefacto, puesto que jamás había escuchado esas siglas.

– Departamento Exterior de Inteligencia, una sección de la NKVD, que a su vez procedía de la Cheka creada en 1917 por Félix Dzerzhinsky. ¿Sabe de lo que le estoy hablando?

Pablo Soler me miraba con curiosidad puesto que yo me había quedado con cara de alelado en vista de su revelación. Me acababa de enterar que aquella bisabuela mía se había fugado con un agente soviético como quien se va de paseo.

– Sé quién fue Félix Dzerzhinsky, un polaco que se encargaba del servicio de seguridad de Lenin y que terminó poniendo en marcha la Cheka, una policía cuyo objetivo era perseguir a los contrarrevolucionarios.

– Si quiere decirlo así… La Cheka fue aumentando su poder y sus funciones y pasó a llamarse GPU, que son las siglas de Dirección Política del Estado, y luego OGPU, que significa Dirección Política del Estado Unificada. Hasta que en 1934 fue incorporado a la NKVD. Pero a usted le sonará más el nombre de KGB, que es como se llamó a partir del cincuenta y cuatro. En aquel entonces la NKVD estaba organizada como un ministerio; de ellos dependía todo: la policía política, los guardias de frontera, el espionaje exterior, los gulag, y dentro de la NKVD estaba el INO, que estaba formado por un auténtico ejército en la sombra que actuaba en todas partes del mundo. Sus agentes eran temibles.

– ¡Caramba con mi bisabuela!

– Cuando Amelia se fugó con el camarada Pierre, no tenía ni idea de a lo que se dedicaba éste. Ni Josep ni Lola le habían dicho nada sobre él, salvo que era un librero de París, y un camarada comunista; tampoco sabían que Pierre era un agente soviético. Y eso que tanto Josep como Lola eran comunistas convencidos, capaces de hacer cualquier cosa que les hubiesen pedido.

– Creía que su madre era socialista.

– Y lo fue al principio, pero terminó militando con los comunistas; a ella no le gustaban las cosas a medias. Lola era todo un carácter.

– Me sorprende que cuando habla de sus padres lo haga con sus nombres de pila…

– Es bueno poner distancia cuando se trata de resaltar unos hechos históricos, pero en mi caso empecé a pensar en ellos como Josep y Lola cuando llegué a la adolescencia. Y, sí, eran comunistas de una pieza, nada ni nadie habría logrado hacer tambalear sus convicciones. Eran tremendos. ¿Sabe? Nunca he dejado de admirarles por su fe en una causa, por su honradez, por su sentido de la lealtad y del sacrificio, pero tampoco he dejado de reprocharles su ceguera.

– Perdone, profesor, le voy a hacer una pregunta que quizá le puede parecer una impertinencia: ¿es usted comunista?

– ¿Cree que hubiese podido dar clases en Princeton si lo fuera? Bastante tuve con mis padres… No, no soy comunista, y nunca he participado de ello, de su idea pueril del paraíso. Me rebelé contra mis padres como suelen hacerlo los jóvenes; en mi caso por cuestiones personales, sobre todo con mi madre, pero en aquel entonces yo era un chiquillo que además adoraba a mi padre, y sentía por él una admiración sin límites.

Si quiere saber qué pienso, se lo resumiré: aborrezco todos los «ismos»: comunismo, socialismo, nacionalismo, fascismo… En definitiva, todo lo que lleva el germen del totalitarismo.

– Pero tendrá usted alguna ideología…

– Soy un demócrata que cree en la gente, en su iniciativa y en su capacidad para salir adelante sin tutelas políticas ni religiosas.