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– Esta tarde viene gente importante a ver a Pierre y no quiero que nadie les moleste -insistió doña Anita.

– Pablo no molesta, mi hijo es comunista desde el mismo día en que le parí, y está acostumbrado a las reuniones políticas. Además, conoce bien a Pierre. Díselo tú, Amelia.

– No se preocupe, doña Anita, el niño es muy bueno y no dará guerra.

Josep ocupaba un lugar destacado entre los comunistas catalanes; no era un dirigente de primera, pero sí un hombre de confianza de los jefes. Actuaba de «correo», gracias a su trabajo como chófer y a sus viajes frecuentes a Madrid.

Para un niño, aquélla no fue una tarde divertida. Sentado en una silla, sin que me permitieran moverme, nada podía hacer más que observar. Cuando llegó Pierre, Amelia se dirigió nerviosa hacia él.

– Has tardado mucho -se quejó.

– No he podido venir antes, tenía que ver a unos camaradas.

– ¿Y no podías verles aquí?

– No, a ésos no. Y ahora permíteme hablar con esos caballeros que acaban de entrar, luego te los presentaré. Uno de ellos es el secretario de un miembro del Consell Executiu de la Generalitat.

– ¿Y es comunista?

– Sí, pero su jefe no lo sabe. Ahora calla y escucha. Tienes que acostumbrarte a moverte en estas reuniones. Sobre todo escuchas, y luego me lo cuentas, ya te he dicho que quiero que te acuerdes de todo por insignificante que te parezca. Mira, procura hablar con los de ese grupo, los de la derecha son dos periodistas que tienen mucha influencia aquí en Cataluña, y el hombre con el que están hablando es un dirigente socialista. Seguro que lo que dicen nos puede interesar. Pídele a doña Anita que te los presente, y actúa como te he dicho, hablando poco y escuchando mucho. Eres muy guapa y muy dulce y no desconfiarán de ti.

Pierre la estaba preparando para convertirla en una agente. Una agente que trabajara para él. Amelia era una señorita distinguida, educada, que podía encajar en los ambientes más selectos sin llamar la atención. Pierre se había dado cuenta de aquel potencial y pensaba utilizarlo a su favor. Eso sí, no tenía la más mínima intención de sincerarse con ella, de explicarle que era un agente del INO. Le había contado medias verdades: que si formaba parte de la Internacional Comunista, que si a veces les representaba en algunos de sus viajes llevando algún encargo a camaradas de otros países… y explicaba estas actividades de tal manera que parecieran del todo inocentes, sobre todo a oídos de una mujer tan inexperta como ella.

Amelia se acercó a doña Anita y le dijo en voz baja que Pierre quería que le presentara a los señores que departían animadamente en el fondo del salón.

Doña Anita asintió y la cogió del brazo iniciando una charla intrascendente mientras se iban acercando a los periodistas y al dirigente socialista catalán.

– Mis queridos amigos, ¿os he presentado a Amelia Garayoa? Es una amiga de Madrid que está de visita estos días en Barcelona. Y me comentaba lo agitada que está la capital, ¿verdad, Amelia?

– Sí, en realidad hay mucha gente que está deseando que el gobierno dé muestras de autoridad ante los desórdenes y las provocaciones de la extrema derecha.

– Sí, habría que pararles los pies -reconoció el político socialista.

– ¿Y qué se dice del futuro del presidente Alcalá Zamora? -preguntó uno de los periodistas.

– Qué quiere que se diga. En realidad toda la atención está centrada en don Manuel Azaña.

Los tres hombres se miraron entendiendo que Amelia sabía más de lo que decía, pero ella había dicho aquello por salir del paso. Poco podía imaginar que Alcalá Zamora iba a ser destituido dos días más tarde como presidente de la República. Y es que había una operación política en marcha para llevar a la presidencia a don Manuel Azaña, y algo de eso sabían aquellos tres hombres.

Al principio hablaron delante de Amelia con cautela y luego con confianza. Ella se limitaba a escuchar, asentir, sonreír, pero sobre todo ponía mucha atención en todas y cada una de las palabras que ellos decían, lo cual les hacía sentirse el centro del mundo.

Ésa fue una de las cualidades que Amelia cultivó a lo largo de su vida con éxito, y esa cualidad es la que supo ver, moldear y fomentar Pierre.

Josep llegó tarde acompañado de dos dirigentes sindicales a los que Pierre quería conocer. De manera que aquella velada se alargó hasta más allá de las diez. Fuimos los últimos en irnos, y recuerdo que Amelia me dio un beso mientras me apretaba con afecto. Ella y Pierre se alojaban en casa de doña Anita. Pierre había descartado ir a ningún hotel dado que no quería poner en evidencia a Amelia al compartir habitación con ella. Sabía que debía ir con tiento para que ella no se arrepintiera del paso dado, y por nada del mundo quería exponerla a una humillación. La casa de doña Anita era lo suficientemente amplia como para acomodarles sin restar espacio a su anfitriona, y allí pasarían esos primeros días y muchos más en visitas posteriores. Precisamente sería en casa de doña Anita donde vivirían los primeros días de la guerra civil.

No es difícil imaginar lo que hablaron aquella noche Amelia Garayoa y Pierre Comte.

– Y bien -preguntó Pierre-, ¿qué han contado esos periodistas?

– Criticaban a Alcalá Zamora por haber disuelto las Cortes en dos ocasiones, porque eso no está previsto en la Constitución. Y el socialista decía que no era descartable que Prieto terminara siendo el encargado de formar gobierno. Luego se acercaron Josep y los sindicalistas de la UGT, y uno de ellos aseguró que Largo Caballero no permitiría que Prieto se saliera con la suya.

– A Largo Caballero le cuesta entrar en razón, no entiende que aún no es el momento de un gobierno de izquierdas, que todavía es preciso entenderse con la burguesía que no es fascista.

– Pero eso parece una contradicción…

– No lo es, se trata de actuar de acuerdo con las circunstancias de cada momento. No se puede asestar el golpe definitivo a la burguesía antes de tiempo porque se correría el riesgo de perderlo todo. La burguesía no fascista no puede dar un paso sin nosotros.

– ¿Y nosotros sin ellos?

– Sí, sí podríamos, aunque el coste sería mayor. Dejemos que el gobierno republicano de Azaña siga adelante, al menos durante un tiempo…

Volví a ver a Amelia al día siguiente cuando acudió a nuestra buhardilla para charlar con Lola. Siempre cariñosa conmigo, me trajo un paquete de caramelos de café con leche que me supieron a gloria. Parecía feliz, porque según contó a mi madre, Pierre le estaba enseñando ruso.

– Tengo facilidad para los idiomas -confesó.

Amelia y Lola pasaron buena parte de la tarde hablando de lo divino y lo humano; yo las escuchaba atento, porque me fascinaban las conversaciones de los mayores. Además, estaba acostumbrado a estar en silencio y sin molestar durante las reuniones que mis padres tenían con sus camaradas.

– Josep me ha convencido para que deje las Juventudes Socialistas. Y bien que lo siento, porque a mí me gusta lo que dice Largo Caballero, pero Josep tiene razón, no podemos estar cada uno por un lado, debemos compartirlo todo, y el momento es muy delicado, hay asuntos que él no podría contarme si yo estuviera en otro partido.

– Haces bien, Lola. ¡Me parece tan hermoso poder compartir todo con el hombre que amas! Al fin y al cabo, Largo Caballero no se encuentra tan lejos del comunismo, ¿verdad?

– Sí, sí hay diferencias, aunque no tantas como las que tiene Prieto con el PCE. Prieto es demasiado complaciente con los burgueses.

– Santiago simpatizaba con Prieto… Decía que era un político cabal, y se lamentaba del poder de Largo Caballero.

– ¡Olvídate de tu marido! Es agua pasada, ahora tienes otra vida, vívela sin mirar atrás.