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Y fue precisamente en una cena celebrada en La Coupole para celebrar el cumpleaños de Pierre donde se produjo el primer encuentro entre Amelia y Albert James.

Albert James era un periodista norteamericano de origen irlandés que trabajaba como freelance para varios diarios y revistas de su país. Alto, con el cabello castaño y los ojos azules, era bien parecido y tenía gran éxito entre las mujeres. Le gustaba comportarse como un bon vivant, era un antifascista furibundo, pero eso no le había llevado a enamorarse del marxismo. No era amigo de Pierre pero sí de Jean Deuville, así que se acercó al grupo a saludar, sobre todo atraído por la presencia de Amelia.

Bebió una copa de champán con el grupo de Pierre y procuró colocarse al lado de Amelia, que parecía estar fuera de lugar.

– ¿Qué hace una joven como usted aquí? -le preguntó sin preámbulos aprovechando que Pierre daba la bienvenida a otro amigo que se unía al alegre grupo.

– ¿Y por qué no habría de estar aquí?

– Se nota que no es su ambiente, la imagino detrás de unos cristales, bordando, a la espera de que llegue el príncipe azul a rescatarla.

Amelia rió ante la ocurrencia de Albert James, al que encontró simpático a primera vista.

– No soy ninguna princesa, de manera que difícilmente puedo esperar bordando a que llegue el príncipe azul.

– ¿Francesa?

– No, española.

– Pero habla francés perfectamente.

– Mi abuela es francesa, del sur, y con ella siempre hablábamos en francés; además, los veranos los pasábamos en Biarritz.

– Habla con añoranza.

– ¿Añoranza?

– Sí, como si fuera usted muy viejecita y recordara tiempos pasados.

– No te dejes engatusar por Albert -les interrumpió Jean Deuville-. Aunque es norteamericano, su padre era irlandés y ha aprendido el arte de la seducción de nosotros los franceses, y como suele suceder, el alumno supera a los maestros.

– ¡Oh, pero si no charlábamos de nada en especial! -se justificó Amelia.

– Además, aunque Pierre no lo parezca, es celoso, y no me gustaría asistir como padrino a un duelo entre dos buenos amigos -continuó bromeando Deuville.

Amelia enrojeció. No estaba acostumbrada a esas bromas desenfadadas. Le costaba acostumbrarse al papel de amante que había asumido entre aquellos hombres y mujeres aparentemente sin prejuicios pero que la escudriñaban y murmuraban a sus espaldas.

– ¿Es usted novia de Pierre? -preguntó Albert James con curiosidad.

– Más que su novia, es la mujer que le ha robado el corazón. Viven juntos -apostilló Jean Deuville para no dejar lugar a dudas al norteamericano de que no debía avanzar ni un paso más con Amelia.

Ella se sintió incomoda. No entendía por qué Jean había tenido que ser tan explícito colocándola en una situación en la que se sentía en inferioridad de condiciones.

– Ya veo, es usted una mujer liberada, lo que me sorprende siendo española, aunque me han contado que algunas cosas han cambiado en España y que gracias a las izquierdas las mujeres empiezan a tener un lugar destacado en todos los órdenes de la sociedad. ¿También es usted una revolucionaria? -preguntó Albert James con sorna.

– No se burle -acertó a decir Amelia, que suspiró aliviada al ver acercarse a Pierre.

– ¿Qué te están contando estos dos sinvergüenzas? -preguntó divertido señalando a Albert y ajean-. Por cierto, Albert, muy bueno el artículo del New York Times sobre el peligro del nazismo en Europa. Lo he leído a mi vuelta de España y, francamente, me ha sorprendido tu agudeza. Dices estar convencido de que Hitler no se estará quieto dentro de sus fronteras, que su objetivo será la expansión, y señalas como primer «bocado» a Austria, y que Mussolini no hará nada para impedirlo, no sólo porque es un fascista sino también porque sabe que perdería el embite ante Alemania.

– Sí, eso creo. He pasado un mes viajando por Alemania, Austria e Italia y así están las cosas. Los judíos son las principales víctimas de Hitler, aunque algún día lo será el mundo entero.

– La cuestión no es luchar contra el nazismo porque persigue a los judíos, sino porque es una lacra para la humanidad -respondió Pierre.

– Pero no se puede obviar lo que les sucede a los judíos.

– Yo soy comunista y mi único fin es la revolución, librar a todos los hombres de la losa del capitalismo que les aplasta y explota sin permitirles ser libres. Y me es indiferente que sean judíos o budistas. La religión es un cáncer, sea cual sea. Deberías saberlo.

– Hasta para no creer en Dios se tiene una idea de Dios -afirmó Albert encogiéndose de hombros.

– Si crees en Dios nunca serás un hombre libre, estarás dejando que tu vida la determine la superstición.

– ¿Y si sólo soy comunista? ¿Crees que seré más libre? ¿No tendré que estar pendiente de las directrices de Moscú? Al fin y al cabo, Moscú quiere salvar a los hombres del mal del capitalismo y muchos termináis convirtiendo el comunismo en una nueva religión. Vuestra fe es más grande que la de nuestros padres recitando la Biblia. No sé si te gustará tanto mi próximo reportaje sobre la Unión Soviética, donde espero viajar muy pronto. Ya sabes que el Ministerio de Cultura soviético ha preparado un tour para que periodistas y escritores europeos veamos los logros de la revolución; pero ya me conoces, tengo el defecto de analizar y criticar todo lo que veo.

– Por eso no le terminas de caer simpático a nadie. -La respuesta de Pierre reflejaba cuánto le fastidiaba Albert.

– Nunca he creído que los periodistas tengamos que caer simpáticos, más bien lo contrario.

– Puedes asegurar que lo consigues.

– ¡Vamos, vamos, chicos! -les interrumpió Jean Deuville-, cómo os ponéis por nada. No les hagas caso, Amelia, estos dos son así, en cuanto se encuentran se ponen a discutir y no hay quien los pare. Llevan el germen del debate dentro de ellos. Pero hoy es tu cumpleaños, Pierre, de manera que vamos a celebrarlo. A eso hemos venido, ¿o no?

Albert se despidió dejando a Pierre malhumorado y a Amelia sorprendida. Había asistido a la discusión en silencio, sin atreverse a decir palabra. Los dos hombres parecían mantener un duelo que venía de antiguo.

– Es un pobre diablo, que no deja de ser un capitalista como la mayoría de los norteamericanos -sentenció Pierre.

– No seas injusto. Albert es un buen tipo, solamente que no se ha «caído del caballo» como san Pablo; pero la culpa es nuestra, no hemos sido capaces de convencerle para que se una a nuestra causa, aunque tampoco está en contra. Pero si de alguien está cerca es de nosotros, odia a los fascistas -respondió Jean Deuville.

– No me fío de él. Además, tiene un buen número de amigos trotskistas.

– ¿Y quién no conoce un trotskista en París? -justificó Jean Deuville-. No nos volvamos paranoicos.

– Vaya, ¡cómo defiendes al norteamericano!

– Le defiendo de tu arbitrariedad. Los dos sois insoportables cuando queréis tener razón.

– ¡No me compares con él!

Había ferocidad en el tono de voz de Pierre, y Jean no respondió. Sabía que, de continuar hablando, terminarían discutiendo, y ya se habían enfrentado en las semanas anteriores a causa de Amelia, por la que ahora Jean sentía una sincera simpatía al darse cuenta de que era del todo inofensiva.

– Vamos, Amelia, no hay nada que no pueda arreglarse con una copa de champán -dijo Pierre cogiendo a Amelia del brazo y dirigiéndose con ella hacia la mesa en la que estaba sentado el resto del grupo que les acompañaba.

Pierre fue organizando con cautela el viaje que Moscú le había ordenado a Sudamérica. La primera parada sería Buenos Aires, donde el Partido Comunista local parecía contar con gran predicamento entre los sectores culturales de la capital argentina. Desde el punto de vista estratégico, la zona no era vital para los intereses soviéticos, pero el jefe del INO quería tener ojos y oídos en todas partes. Durante su entrenamiento en Moscú, los instructores del INO le habían insistido a Pierre acerca de la importancia de saber escuchar y recoger todo tipo de informaciones por insustanciales que pudieran parecer; en ocasiones, informaciones clave se recogían a miles de kilómetros del lugar donde se iban a producir determinados hechos. También le habían recalcado la importancia de contar con agentes que se movieran por las esferas de influencia del país en que tuviera que operar. De nada les servían militantes entusiastas cuya actividad laboral transcurriera lejos de los centros de poder.