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Pierre ya había sido informado por el hombre de la central de teléfonos del contenido de la conversación entre Amelia y doña Elena.

– ¿Qué tal habéis pasado el día? -preguntó haciéndose de nuevas.

– Bien, muy bien, hemos estado de compras. Amelia necesitaba algunas cosas para vuestro viaje a Buenos Aires -respondió doña Anita.

– Bueno, si os parece os invito a cenar. Me he encontrado con Josep y se va a unir a nosotros con Lola y Pablo. Cenar con amigos es lo mejor después de un día de trabajo. Vamos, Amelia, alegra esa cara y arréglate un poco; mientras, quiero hablar con doña Anita del libro que he venido a buscar, necesito el consejo de su ojo experto.

Amelia, obediente, se encerró en el cuarto que compartía con Pierre. Se le hacía cuesta arriba tener que ver a Lola, sobre todo en un momento en que tenía el ánimo por los suelos. Pero no se atrevía a contrariar a Pierre, de manera que abrió el armario y buscó ropa que ponerse. Mientras tanto, Pierre y doña Anita habían bajado a la librería, lejos de los oídos de Amelia.

– Ya sé lo que ha pasado, me avisó el camarada López al mismo tiempo que a ti. Por lo que me ha contado, la charla con su tía fue insustancial -afirmó Pierre.

– A mí no me ha podido decir de qué han hablado, pero la chica lleva todo el día lloriqueando y lamentándose por su hijo. No sé, pero me da que vas a tener problemas con ella. Es muy joven y para mí que está arrepentida de haber abandonado a su familia -respondió doña Anita.

– Si se convierte en un problema yo mismo la enviaré a Madrid.

– ¡Vaya, te hacía enamorado de ella!

Pierre no respondió. Le irritaba perder el control sobre Amelia. Estaba harto de comportarse como un rendido enamorado, harto de tener que fingir ser un seductor a diario, de estar pendiente de cualquier mohín. Casi deseaba que ella le dijera que volvía a Madrid. Si no fuera porque ya había diseñado su cobertura en Buenos Aires con Amelia, la dejaría plantada allí mismo, en Barcelona, y que ella se las arreglara como pudiera para regresar a Madrid.

Amelia bajó a buscarles y todo en ella indicaba desgana: el gesto, la manera de caminar, su actitud ausente.

Fueron andando hasta un pequeño restaurante cerca del Barrio Gótico propiedad de un camarada donde ya estaban esperándoles Josep, Lola y Pablo.

– Os habéis retrasado -se quejó Lola-, llevamos aquí más de media hora. Pablo está hambriento.

Nos sentamos en una mesa un poco separada del resto, y Pierre, haciendo un esfuerzo, intentó poner un poco de alegría en la reunión. Pero ni Amelia ni Lola estaban por la labor, y doña Anita tenía los nervios de punta después de todo el día de andar con contemplaciones con Amelia.

Josep se ocupó de los apuros de Pierre e hizo lo imposible por animar al grupo. Finalmente, los dos hombres decidieron rendirse ante la actitud de las mujeres, y se enfrascaron en una conversación sobre los últimos acontecimientos políticos que giraban en torno a las evidencias cada vez mayores de que un sector del Ejército parecía querer poner fin a la experiencia republicana. El nombre del general Mola corría en boca de todos.

Amelia apenas probó bocado; todo lo contrario que doña Anita y Lola, que siempre tenían buen apetito.

Cuando terminó la cena, Josep se ofreció a acompañarles durante un trecho en dirección a casa de doña Anita. Pierre y Amelia caminaban delante, y aunque hablaban en voz baja, llegaban a mí retazos de su conversación.

– ¿Qué te pasa, Amelia? ¿Por qué estás triste?

– Por nada.

– ¡Vamos, no me engañes, te conozco bien, y sé que algo te está haciendo sufrir!

Ella rompió a llorar tapándose la cara con las manos mientras Pierre le echaba la mano por el hombro en un gesto protector.

– Yo te quiero, pero… creo que he sido muy egoísta, sólo he pesando en mí, en que quería estar contigo, y no he actuado bien, sé que no he actuado bien -repitió.

– ¿A qué viene eso, Amelia? Ya lo hemos hablado en otras ocasiones. Tú misma me dijiste que en España hay un refrán que dice que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos. Sé que no es fácil romper con la familia, ¿crees que no lo entiendo? Tú te llevas mal con mi madre, pero es mi madre y yo la quiero, sin embargo creo que debemos darnos la oportunidad de empezar una nueva vida, y lo mismo que tú has dejado a tu familia, yo dejé a la mía, como también abandoné mi negocio, mi porvenir.

– ¡Pero tú no tienes ningún hijo!

– No, no tengo ningún hijo, pero aspiro a poder tenerlo el día que nuestra relación sea firme y definitiva. Nada me daría más alegría. Es la única pena que tengo, que no puedas llevar a Javier contigo, al menos por ahora, pero no descartemos que podamos tenerle con nosotros en el futuro.

– ¡Eso jamás sucederá! Santiago no lo consentirá, ni siquiera permite que mis padres vean al niño.

– ¿Y cómo es eso? ¿Has hablado con tus padres?

Amelia enrojeció. Sin darse cuenta se había puesto en evidencia, aunque después pensó que seguramente doña Anita se lo terminaría diciendo.

– He hablado con mi tía Elena. Había llamado a mi prima Laura pero no estaba, y mi tía se puso al teléfono.

– Eso está bien, no debes perder el contacto con tu familia. Sé que estarás más tranquila si sabes de ellos -afirmó Pierre disimulando que pensaba todo lo contrario-. Dime qué te ha dicho tu tía.

– Sabe que Javier está bien a través de Águeda, el ama de cría. Santiago no quiere tener tratos con mi familia y no les permite ver al niño. Mi padre se puso enfermo cuando me marché, el corazón… por mi culpa… ha podido morirse.

– ¡Eso sí que no te lo consiento! No voy a permitir que te culpes de una enfermedad de tu padre. Sé racional, nadie se enferma del corazón por un disgusto; si a tu padre le ha dado un ataque, la causa no has sido tú. En cuanto a que tu marido no les permita ver a tu hijo, me parece una crueldad, no habla bien de él, ni me parece justo castigar a los abuelos sin ver al nieto. No, Amelia, tu marido no está haciendo las cosas bien.

Las palabras de Pierre aumentaron la llantina de Amelia, que intentaba justificar a su marido.

– El es muy bueno y no es injusto, sólo que ver a mis padres le recuerda a mí, y tiene razones para querer olvidarme. ¡Me he portado tan mal con él! ¡Santiago no merecía lo que le he hecho!

Aquella noche Pierre la pasó consolando a Amelia, intentando paliar la herida abierta en su conciencia.

El día siguiente era 13 de julio, una fecha que resultaría clave en la historia de España: aquel día fue asesinado José Calvo Sotelo, líder de la derecha monárquica.

Pierre decidió ir a Madrid, aunque no tenía órdenes específicas de hacerlo; aquel acontecimiento era suficientemente grave como para ir a la capital y tomar contacto con algunos camaradas que puntualmente le pasaban informaciones precisas sobre el gobierno Azaña. Aunque en Madrid había agentes dependientes de la «rezidentura», ahora era Pierre quien quería evaluar la situación y enviar un informe preciso a Moscú.

Amelia recibió con alegría la noticia de que viajarían a Madrid. Pierre la engañó diciéndole que había tomado esa decisión en vista de la pena que ella sentía. La realidad es que no se atrevía a dejarla al cuidado de doña Anita, y Lola y Amelia se mostraban distantes la una con la otra, algo que en su momento tendría que averiguar por qué.

El viaje en tren se les hizo interminable. Cuando por fin llegaron a Madrid, encontraron la capital sumida en todo tipo de rumores. Pierre decidió instalarse en una pensión llamada La Carmela situada en la calle Calderón de la Barca, cerca de las Cortes. Los dueños de La Carmela mantenían la pensión limpia, y cuidaban mucho de quienes eran sus huéspedes. Se enorgullecían de contar entre sus clientes incluso con algún diputado. Sólo disponía de cuatro habitaciones y tuvieron suerte de que en aquel momento una de ellas estuviera vacía.