– No, no me he atrevido. Pero puedes estar tranquila, Águeda se ocupa bien de él, quiere al niño como si fuera su propio hijo, ya lo sabes.
Amelia rompió a llorar, se sentía en deuda con Águeda por los cuidados que prestaba a su hijo, pero al mismo tiempo le dolía que estuviera haciendo el papel de madre de Javier.
– ¡Pero es mi hijo! ¡Es mío!
– Sí, claro que es tu hijo, pero tú no estás.
Aquellas palabras fueron peor que si la hubiese abofeteado. Me miró con rabia y con dolor.
– ¡Quiero a mi hijo! -gritó.
Pierre la abrazó temiendo que se dejara llevar por la histeria, lo que no le convenía, dado que en La Carmela los tenían por un matrimonio.
– Cálmate, Amelia, nadie pone en duda que Javier es tu hijo, v lo recuperaremos, ya lo verás, pero todo a su debido tiempo. En Buenos Aires pondremos en marcha los trámites de tu divorcio, y luego vendrás a por Javier.
– ¿Te vas a Buenos Aires? -pregunté.
– ¡No lo sé! ¡No quiero ir a ninguna parte!
A Pierre se le notaba harto de la situación, y creo que a punto estuvo de decirme que me llevara a Amelia.
– No tienes que venir si no quieres. En realidad, yo he propuesto que nos marchemos para iniciar una vida nueva, lejos de nuestro pasado, pero si no me quieres…
– ¡Sí, sí te quiero! ¡Pero creo que me voy a volver loca!
– Lo mejor es que se marche, Edurne, ya sabe dónde estamos. Dígaselo a los tíos de Amelia, y si lo consideran oportuno iremos a su casa o a la de los padres de Amelia. Quiero pedirles humildemente perdón a don Juan y doña Teresa por el daño ocasionado, y que sepan que quiero más que a mi vida a Amelia y sólo aspiro a hacerla feliz.
Regresé a casa vivamente impresionada. Yo admiraba a Pierre desde el momento en que lo había visto en casa de Lola. Era tan convincente, parecía tan seguro… Y no dudaba que estaba perdidamente enamorado de Amelia. Aunque me daba cuenta que ella no era feliz, que estaba arrepentida del paso dado, que si hubiera podido volver atrás, lo habría hecho sin dudar. Pero yo no sabía cómo ayudarla, me sentía tan perdida como ella.
Doña Elena y sus hijas no llegaron hasta mediodía, y en cuanto les expliqué que Amelia estaba en Madrid, que parecía muy desgraciada y que quería verlos, la señorita Laura no lo dudó un momento.
– ¡Ahora mismo vamos a por ella!
– ¡Pero, hija, no podemos presentarnos en esa pensión donde está con ese hombre!
– ¿Y por qué no? ¿No comprendes que ella no se atreve a venir aquí?
– Aquí es bienvenida, pero sin ese hombre. Eso es lo que Edurne le tiene que decir. Queremos verla y la acompañaremos a casa de sus padres, pero tendrá que venir sola. Sería una vergüenza que se presentara con ese hombre. Tu tío Juan se moriría del disgusto. Amelia tiene que comprenderlo.
– ¡Pero, mamá, no seas así! -protestó la señorita Laura.
– ¡No voy a recibir a ese hombre en mi casa! ¡Jamás! Es un sinvergüenza, se ha aprovechado de la inocencia de Amelia, y no quiero tratos con gentuza como él.
– ¡Mamá, Amelia se enamoró de Pierre!
– Vaya, ahora nos dices que se fue por amor y no para hacer la revolución… Santiago tenía toda la razón.
– Pero, mamá…
– Basta, se hará lo que yo digo. Edurne, vete a ver a Amelia y dile que la esperamos. En cuanto a ese hombre, debe entender que una familia decente no lo puede recibir. Tu padre está al llegar y estará de acuerdo conmigo.
Volví corriendo a la pensión La Carmela sin darme cuenta de que la señorita Laura me seguía a corta distancia. Había decidido desobedecer a su madre para encontrarse con Amelia; pues temía que ésta rechazara verlos si no iba acompañada de Pierre. Cuando estaba a punto de entrar en el portal me alcanzó. Juntas subimos a la pensión, situada en el primer piso. Amelia y Pierre estaban almorzando en el pequeño comedor. Aún hoy recuerdo que la dueña de la pensión les había servido huevos fritos con pimientos.
Si Amelia había llorado al verme, cuando se encontró con la señorita Laura, las lágrimas le fluyeron a borbotones. Las dos primas se fundieron en un abrazo interminable.
Pierre estaba incómodo por la situación, puesto que doña Carmela no perdía la ocasión de entrar en el comedor para enterarse de todo lo que allí sucedía. Propuso que nos fuéramos a la calle, a algún sitio donde pudiéramos hablar sin testigos. Nos llevó a un café de la plaza de Santa Ana, y allí nos acomodamos los cuatro.
– Amelia, tienes que venir a casa, mamá llamará a tus padres y te acompañaremos, pero debes venir sola. Tiene usted que comprender que no es bienvenido en estos momentos, quizá más adelante… -dijo Laura.
Amelia parecía dispuesta a dejarse convencer por su prima, pero la reacción de Pierre se lo impidió.
– Haré lo que Amelia quiera, pero debo decirle, señorita, que tampoco fue fácil para mi familia aceptar mi relación con una mujer casada, y pese a lo mucho que quiero a mi madre, le he impuesto esta situación, dejándole claro que si tengo que elegir entre Amelia y ella, no tengo dudas: mi elección es Amelia.
Tras escuchar, Amelia se sintió en la obligación de ponerse de su parte.
– Si no queréis que venga conmigo, yo tampoco iré -respondió ella llorando.
– ¡Pero, Amelia, tienes que entenderlo! Tu padre ha sufrido un ataque al corazón, si te presentas con Pierre, no sé lo que puede pasarle. Desde luego, a tu madre le puede dar algo… Es mejor ir poco a poco, primero que te vean a ti y después, entre las dos, los convencemos para que reciban a Pierre. No puedes pedir a tus padres que, de buenas a primeras, acepten a otro hombre que no es tu marido; ya sabes que tu padre aprecia mucho a Santiago…
Pierre abrazó a Amelia mientras le acariciaba el cabello.
– ¡Saldremos adelante! -le dijo con voz apasionada-. No te preocupes, todo se arreglará, pero tenemos que demostrarles a todos que nuestro amor es de verdad.
Amelia se deshizo del abrazo y se secó las lágrimas con el pañuelo de Pierre.
– Diles a tus padres que no iré a ningún sitio sin él. Mi deseo es divorciarme de Santiago y convertirme en la esposa de Pierre. Si buenamente podéis ayudarme para que mis padres me reciban, seré la mujer más feliz del mundo; de lo contrario me doy por satisfecha con haber podido abrazarte. Confío en que puedas convencerlos, pero si no es así… al menos prométeme que nunca me olvidarás y que harás lo imposible para que algún día me perdonen. Ahora te pido que regreses a casa con Edurne y que pongas todo tu empeño en lo que te he pedido.
Se abrazaron de nuevo entre lágrimas, y la señorita Laura le prometió que intentaría convencer a sus padres.
– Al menos espero que papá nos ayude; a lo mejor es más comprensivo que mi madre. Ni ella ni tu madre están a favor del divorcio, pero si saben que tenéis intención de casaros, a lo mejor ceden un poco.
Quién nos iba a decir que cuando regresáramos a casa nos encontraríamos a don Armando en un estado de gran agitación por culpa de las noticias que llegaban desde el norte de África, donde se decía que un grupo de militares se había sublevado.
En aquellas primeras horas, las noticias eran confusas y se hablaba de que podía haber una rebelión militar encabezada por los generales Mola, Queipo de Llano, Sanjurjo y Franco.
– Papá, tengo que hablar contigo -le pidió Laura a don Armando.
– Hija, ahora no puedo, me voy a acercar a las Cortes, he quedado con un diputado del que soy abogado; quiero saber qué está pasando.
– Amelia está en Madrid.
– ¿Amelia? ¿Tu prima?
– Sí, Armando, sí, tu sobrina está aquí, y Laura se ha escapado a verla. Te lo iba a decir pero no me ha dado tiempo, como estás tan agitado por lo de la sublevación… -añadió doña Elena.
La novedad desasosegó definitivamente a don Armando. De todos los días posibles, aquél era el más inadecuado para hacer frente a un drama familiar. El país hacía aguas y la familia tenía que prestar atención a la situación de Amelia.