Al segundo día de su llegada, Carla les envió recado de que estaban invitados al cóctel que se ofrecía en su honor en la embajada de Italia. Pierre no podía estar más satisfecho de cómo se desarrollaban las cosas y se preguntaba a sí mismo si había sido un acierto hacerse acompañar por Amelia.
Aunque Pierre le llevaba quince años a ella hacían una buena pareja. La joven tenía una figura frágil, casi etérea, tan rubia y delgada. El tenía un porte elegante y era un hombre de mundo.
Carla abrazó a Amelia en cuanto la vio entrar en la embajada.
– Pero ¿cómo no me has llamado? Te he echado de menos, no tengo con quién hablar.
Amelia se excusó alegando que esos dos primeros días los habían pasado buscando casa y que no les estaba resultando fácil encontrar lo que Pierre necesitaba.
– ¡Pero yo puedo ayudarte! ¿Verdad, Vittorio? Seguro que conocemos a alguien que sabe dar con lo que necesitáis. Déjalo de mi cuenta.
Los invitados al cóctel, la alta sociedad porteña, tomaban buena nota del afecto de Carla por Amelia.
Si la gran Alessandrini tenía bajo su protección a aquella pareja, es que era importante. Esa noche Pierre y Amelia recibieron invitaciones diversas para almuerzos, cenas, veladas musicales o acudir a las carreras de caballos. Pierre desplegó todo su encanto, su charme francés, y más de una dama se quedó prendada de aquel hombre galante que tanto prometía con la mirada.
Tanto Pierre como Amelia estaban ávidos de noticias sobre la situación en España, y les proporcionó respuestas a casi todas sus preguntas un bullicioso napolitano, Michelangeló Balido, casado con una de las secretarias de la embajada de Italia.
– Franco aún no ha entrado en Madrid pero lo hará de un momento a otro. Tengan en cuenta que los mejores generales españoles están al frente del alzamiento, nada menos que Sanjurjo, Mola y Queipo de Llano. No tengo la menor duda de que triunfarán por el bien de su patria, señorita Garayoa.
Pierre apretaba con fuerza la mano de Amelia para evitar que ésta respondiera de manera airada. La había aleccionado en la conveniencia de ver, escuchar y hablar poco, pero ella se sentía demasiado afectada para mantener la compostura.
– ¿Y cree usted, señor Bagliodi, que Italia y Alemania colaborarán con los militares que se han puesto en contra de la República? -preguntó Pierre.
– ¡Amigo mío, qué duda cabe de que cuentan con la simpatía del Duce y del Führer! Y que si es necesario… Bueno, estoy seguro de que Italia y Alemania ayudarán a nuestra gran nación hermana que es España.
Michelangelo Bagliodi estaba encantado de ser objeto de atención de aquella pareja que le había presentado la gran Carla. Además, parecían apreciar sus opiniones, lo que encontraba natural, habida cuenta de su posición de hombre enterado de las vicisitudes de la política mundial gracias a su matrimonio con la secretaria del embajador, su dulce Paola. El, que había emigrado muchos años atrás desde su Nápoles natal, había trabajado duro hasta convertirse en un comerciante próspero que además había progresado en la escala social casándose con una funcionaría de la embajada, lo que le proporcionaba nuevos contactos y sobre todo la posibilidad de codearse con lo más granado de la orgullosa sociedad porteña en los cócteles o las cenas de la embajada.
– ¿Y qué hace el presidente Azaña? -preguntó Amelia.
– Un desastre, señorita, un desastre. La República está dejando que se armen los civiles para su defensa, porque más de la mitad del Ejército está con los generales que se han rebelado contra la situación. Los expertos dicen que las fuerzas están muy igualadas, pero en mi opinión, señorita, no se puede comparar el genio y la valentía militar de unos con la de los otros. Además, ¿cómo se van a poner de acuerdo republicanos, socialistas, anarquistas, comunistas y toda esa gente de izquierdas? Ya verá cómo terminan peleándose entre ellos. Yo auguro un buen final para este conflicto con el triunfo de Franco, lo mejor que le puede suceder a España.
El napolitano, satisfecho de su conversación con Amelia y Pierre, se ofreció a ayudarlos en lo que precisaran.
– Ustedes acaban de llegar y no conocen bien la ciudad, de manera que no duden en solicitar mis servicios para lo que necesiten. Mi esposa y yo nos sentiríamos muy honrados si quisieran visitarnos en nuestra casa, podríamos invitar a algunos amigos y organizar una velada… -se atrevió a proponer Bagliodi.
– Estaríamos encantados de visitarles -aseguró Pierre.
Bagliodi les entregó su tarjeta y apuntó en un papel el hotel donde la pareja se alojaba prometiendo mandarles recado pronto para celebrar esa velada.
– ¡Es un imbécil! -dijo Amelia apenas se hubieron separado de él-. ¡Y no pienso ir a casa de ese fascista! ¡No entiendo cómo le has dicho que iremos!
– Amelia, si el primer día que llegamos proclamamos nuestras ideas nos haremos vulnerables. No conocemos a nadie en esta ciudad, y necesitamos que se nos vayan abriendo puertas. Te he dicho en alguna ocasión que colaboro cuanto puedo con la Internacional Comunista, y nunca viene mal saber qué piensan los enemigos.
– ¡Ni que fueras un espía! -exclamó Amelia.
– ¡Qué tonterías dices! No se trata de espiar, pero sí de escuchar, porque lo que ingenuamente dicen los enemigos nos sirve para estar preparados, para ir un paso por delante de ellos. Aspiro a la revolución mundial, a acabar con los privilegios de quienes todo lo tienen, pero naturalmente no van a dejar que les despojemos de ellos, y por eso es necesario que sepamos cómo piensan, cómo se mueven…
– Sí, ya me lo has dicho. Aun así, yo no estoy dispuesta a tratar con ese hombre insoportable y con su insípida mujer.
– Haremos lo que tengamos que hacer -sentenció Pierre, fastidiado por el malhumor de Amelia-. Además, ¿quién mejor que ese hombre para informarnos de la situación en España? Creía que ansiabas tener noticias fidedignas de tu país.
Al día siguiente Amelia recibió una llamada de Carla invitándola a merendar en el Café Tortoni.
– Pero ven sola, que quiero que hablemos tranquilas. Termino los ensayos a eso de las seis. Creo que encontrarás fácilmente el café. Está en la avenida de Mayo y en Buenos Aires todo el mundo lo conoce.
Pierre no puso ningún inconveniente a la cita y dedicó la jornada a continuar buscando ese lugar ideal que hasta ese momento sólo existía en su imaginación.
Amelia encontró a Carla nerviosa; siempre lo estaba antes de un estreno, pues no se dejaba engañar por los halagos.
– Todos son muy amables pero si llego a soltar un gallo, me crucificarían y me darían la espalda con la misma naturalidad con que hoy se inclinan ante mí. No puedo permitirme un fallo, me quieren sublime, y así he de estar.
La noche del estreno, invitados por Carla, Amelia y Pierre ocuparon un palco. Amelia lució bellísima según contaron en los ecos de sociedad los periódicos del día siguiente, en los que se referían a ella como «la mejor amiga de la gran Carla».
Carla estuvo sublime, si nos atenemos a esas mismas crónicas. Los espectadores, puestos en pie, aplaudieron durante más de media hora y ella tuvo que salir al escenario varias veces para agradecer los aplausos.
Vittorio había organizado para después de la función una cena con varios potentados porteños, algunas personalidades del mundo de la cultura y los directores de los principales diarios, y naturalmente allí estuvieron presentes Amelia y Pierre.
Quiso la suerte ponerse del lado de éste aquella noche, cuando un caballero con fuerte acento italiano le preguntó dónde estaban instalados y él le explicó que estaba buscando un lugar donde poder compaginar una vivienda con una pequeña tienda en la que exponer sus joyas bibliográficas.