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– ¡Querida Natalia, qué sorpresa!

– Señor Comte, sí que es casualidad…

– No me llame señor Comte, creo que podemos tutearnos y llamarnos por nuestro nombre, ¿no le parece? He venido a ver a un cliente cerca de aquí, y ahora me dispongo a almorzar algo ligero porque tengo otra cita no lejos de este lugar. ¿Y usted, adonde va?

– Pues al igual que usted, a almorzar.

– Si no lo toma como un atrevimiento por mi parte, estaría encantado de invitarla.

– ¡Oh, no! No puedo aceptar.

– ¿Tiene otro compromiso?

– No, no es eso, pero, en fin, me parece que no debo hacerlo.

– ¿No es costumbre en Buenos Aires que dos personas que se conocen almuercen juntas? -preguntó Pierre, haciéndose el inocente.

– Bueno, si son amigos, claro que sí.

– Usted es amiga de Gloria y nosotros tenemos a los Hertz entre nuestros mejores amigos, de manera que no veo dónde está el inconveniente… Vamos, permítame invitarla a almorzar. Amelia se enfadará si le cuento que me la he encontrado y he sido tan descortés que no la he invitado a almorzar.

Entraron en un restaurante próximo y Pierre hizo alarde de su savoir faire de hombre de mundo. Consiguió hacerla reír, e incluso coqueteó ligeramente con ella para lograr que se sintiera una mujer deseable.

Natalia estaba demasiado sola y hastiada de su gris existencia como para resistirse a un hombre como Pierre.

No fue la única ocasión en que él se hizo el encontradizo y ella se dejó invitar al almuerzo. Poco a poco fueron tejiendo una relación que a ojos de cualquier ingenuo parecía un mero amor platónico entre dos personas que por sentido del deber no se atrevían a dar un paso más.

Pierre se escudaba en que debía ser leal a Amelia, que había abandonado marido e hijo por él. Y Natalia le admiraba aún más por ello, aunque secretamente deseaba que Pierre decidiera cometer esa deslealtad.

Pierre confesó a Natalia que era comunista y que sólo ella podía comprender la importancia de su causa.

Sin que ella se diera cuenta fue convenciéndola de que no podían permanecer de brazos cruzados dejando que los fascistas del mundo se salieran con la suya, hasta que llegó el día en que le pidió que cualquier información que creyera relevante para la «causa» debía transmitírsela para que él la pudiera hacer llegar a las personas adecuadas.

Natalia dudó al principio, pero Pierre dio un paso más y una tarde se convirtió en su amante.

– ¡Dios mío, qué hemos hecho! -se lamentó Natalia.

– Tenía que suceder -la consoló él.

– Pero ¿y Amelia? -No quiero hablar de ella, permíteme disfrutar de este momento, el más feliz que he tenido en mucho tiempo.

– ¡No está bien lo que ha pasado!

– ¿Podíamos evitarlo? Dime, Natalia, ¿no nos hemos resistido todo este tiempo? No me digas que te arrepientes, porque no lo soportaría.

Ella no se arrepentía, y sólo le inquietaba el futuro, si es que podía haber uno para ambos.

– Vivamos el hoy, Natalia, lo que tenemos; el futuro… ¿quién puede saber lo que pasará? A nosotros no nos une la carne sino una idea, grande y liberadora para la humanidad. Y esa idea sagrada es más fuerte que nada. Da igual lo que sea de nosotros, lo que importa es que estaremos siempre en comunión porque compartimos una causa.

Natalia no conocía la existencia de Miguel, ni éste la de ella. Ambos eran controlados por Pierre, que a su vez reportaba ante su controlador, el secretario del embajador.

7

En Moscú parecían satisfechos con el trabajo de Pierre Comte. Al menos eso le había dicho su controlador. En poco más de seis meses había captado dos colaboradores situados en lugares estratégicos, y ambos estaban demostrando ser una mina suministrando información.

Amelia no sospechaba nada de la relación de Pierre con Natalia y seguía manteniendo un trato amistoso con ella. No era infrecuente que ésta cenara en casa de la pareja, que les acompañara a las exposiciones de la galería de Gloria Hertz o que los días de fiesta fueran de excursión por los alrededores de Buenos Aires.

Se convirtieron en un trío inseparable y Pierre se sentía estimulado por las descargas de adrenalina que le producía salir con sus dos amantes, una a cada lado, en perfecta armonía.

– Me da pena Amelia -solía decirle Natalia-, la pobrecilla es muy inocente. ¿Cómo es posible que no se dé cuenta de que es a mí a quien amas?

– Mejor así, querida, no tengo valor para abandonarla, al menos por ahora, llevamos poco tiempo en Buenos Aires, y después de haberla traído hasta aquí… Debes comprenderlo, necesito tiempo.

En realidad Pierre necesitaba a Amelia. La joven española tenía una capacidad natural para ser aceptada por todo el mundo; ella abría todo tipo de puertas a Pierre, y sobre todo éste no olvidaba que la mayoría de sus nuevas amistades lo eran en relación de Carla Alessandrini. Si la diva se enteraba de que abandonaba o traicionaba a Amelia era más que seguro que movilizaría a sus amistades porteñas para que le dieran la espalda. Así, Pierre le había impuesto a Natalia una severa discreción para que no trascendiera que eran amantes.

Pierre tampoco había abandonado su amistad con Michelangelo Bagliodi y su esposa Paola. También ellos continuaban siendo una excelente fuente de información. Natalia solía unirse a los almuerzos en casa de los italianos, que estaban encantados de tener entre ellos a una mujer que trabajaba cerca del presidente de la República. Además, aconsejada por Natalia, Paola comenzó a cuidar su aspecto, eligiendo una ropa elegante pero atractiva, cambiándose el peinado o depilándose las cejas.

En uno de esos almuerzos Bagliodi explicaba a Pierre el apoyo decidido de Hitler y el Duce al general Franco.

– Tiene usted que tener en cuenta que, al margen de las afinidades ideológicas, el Führer no puede permitir un régimen pro soviético en España, además de tener a sus puertas al Frente Popular francés. Por eso Franco contó desde el primer momento con los Junkers -que Hitler le envió a Tetuán y con la Legión Cóndor, y no dude usted que con el asesoramiento de los militares alemanes tiene el triunfo asegurado. No hay otro ejército como el alemán.

– ¡Ah, Pierre! Tengo para usted la Encíclica Divini Redemptoris del papa Pío XI en la que condena el comunismo ateo -intervino Paola entregándole una carpeta a Pierre.

– ¡Cómo van a ganar la guerra Azaña y los comunistas del Frente Popular si no tienen a Dios de su parte! -exclamó Michelangelo Bagliodi, ante la mirada de fastidio de Amelia y la sonrisa de Natalia.

– ¿Usted cree que Dios está con los fascistas? -preguntó Amelia sin poder reprimirse.

– ¡Desde luego, querida! ¿No creerá que Dios se puede poner de parte de quienes le escupen y queman iglesias? Paola me contaba hace unos días que los milicianos de izquierdas fusilan a sacerdotes y monjas y profanan las iglesias.

– No sólo eso, querido, también hay grupos de milicianos que se presentan en los pueblos para asesinar a personas de bien, a los católicos y a los militantes o simpatizantes de los partidos de derecha.

– Sin embargo, Franco no termina de hacerse con Madrid -recalcó Amelia conteniendo la ira que la embargaba.

– Pero entrará, querida, entrará, lo que no plantea son batallas inútiles. Es verdad que le han parado en el Jarama, pero ¿por cuánto tiempo?

– El general Miaja tiene mucho prestigio -contestó Amelia.

– ¡Ah! El que se tiene por el gran defensor de Madrid -respondió Bagliodi.

– Es quien preside la Junta de Defensa y dicen que es un militar capaz -intervino Pierre.

– Pero el Gobierno es una jaula de grillos con Largo Caballero al frente, y los comunistas y los anarquistas… ¿Usted cree que pueden ponerse de acuerdo? Y eso que le ha permitido a su compañero Prieto hacerse con las carteras de Marina y Aire. Pero ¿qué sabe Prieto de guerras?