Igor Krisov encendió un cigarrillo sin pedir permiso para hacerlo. Tanto le daba lo que pudiera decirle Pierre, al que veía empequeñecido, como si le estuvieran golpeando, o acaso como el niño que descubre de repente que no existen los Reyes Magos.
Sin darle tregua, Krisov continuó hablando.
– En Moscú se respira miedo, el que imponen hombres como Yagoda o ahora Yezhov, simples brazos ejecutores de las locuras de Stalin. La madre de usted es rusa, y por lo que sé nunca ha simpatizado con la revolución, pero seguramente aún tiene familiares y conocidos en la Unión Soviética. ¿Le ha preguntado si continúan vivos?
– Para mi madre todos los revolucionarios estamos locos, ella era una pequeño-burguesa, señorita de compañía de una aristócrata -respondió Pierre, con cierto tono de desprecio.
– De manera que prefiere no saber qué ha sido de sus familiares en Rusia y da por bueno que lo que les haya sucedido se lo merecen… No me decepcione, le creía capaz de pensar por sí mismo.
– Dígame qué quiere.
– Ya le he dicho que estuve con Yezhov y me trató con desprecio, con asco. ¿Sabe por qué apodo se le conoce? El Enano, sí, Yezhov es un enano, pero eso no sería ningún problema si fuera otra clase de hombre. Me pidió que le diera la lista de todos mis agentes, de quienes llevan tantos años colaborando conmigo para la NKVD. Quería saber nombres, direcciones, coberturas, quiénes son sus familiares y amigos… En fin, todo, absolutamente todo. Y me reprochó que mis informes no hubieran sido más prolijos sobre la personalidad de mis agentes, que tendría que haber sido menos conciso a la hora de explicar quiénes son nuestros colaboradores. En definitiva me exigía conocer hasta el más mínimo detalle de todos aquellos que a lo largo de estos años han colaborado incluso como agentes «ciegos» con la NKVD. Usted sabe que he controlado a un grupo de agentes directos, como usted, pero también a colaboradores ocasionales, personas que nunca habrían aceptado convertirse en agentes pero sí ayudar ocasionalmente a la causa de la revolución. Sobre estos últimos y sobre los agentes «ciegos» Moscú aún no tiene información precisa, y era esa información la que Yezhov me reclamaba. Pregúntese por qué. Este me anunció que había pensado en un nuevo destino para mí, en Moscú. Pude leer en su mirada, en sus gestos, en la sonrisa cruel que apenas disimulaba, que yo era para él pasado, y que en cuanto tuviera lo que deseaba me enviaría a una celda de la Lubianka donde me torturarían hasta confesar lo que ellos quisieran.
»Tenía que ganar tiempo, así que le expliqué que guardaba en una caja fuerte de un banco londinense todos los detalles precisos de mis agentes, algunos de los cuales sólo son conocidos en Moscú por sus apodos y por el lugar donde están infiltrados. Un banco capitalista es el lugar más seguro para guardar los secretos comunistas, le dije al camarada Yezhov. No me creyó, pero tampoco se podía arriesgar a que fuera verdad lo que le estaba diciendo, de manera que cambió de táctica, y pasó a desplegar una amabilidad empalagosa. Me invitó a almorzar, y, de repente, me preguntó por usted. No me sorprendió, porque usted es un agente ya veterano en la NKVD. En realidad usted empezó a colaborar con nosotros con la OGPU. Ni siquiera Yezhov pone en cuestión que sea usted un agente valioso. Su cobertura como librero le ha permitido viajar por Europa y entablar contactos con las élites intelectuales logrando colaboraciones importantes, pero sobre todo reportando una información fiable. Pocos como usted conocen la política española tan detalladamente.
– ¿Qué quería saber el camarada Yezhov de mí?
– Nada en concreto, pero me sorprendió su interés por usted, incluso que me preguntara a mí si sus convicciones comunistas eran firmes o si por el contrario era sólo uno de esos intelectuales diletantes. Le daré mi opinión: usted no le gusta a Yezhov. Más tarde me encontré con un viejo camarada, Iván Vasiliev, que ha sido relegado a un departamento administrativo de la NKVD; era uno de los hombres de confianza de Yagoda y le han apartado, pero está contento de no haber sido fusilado. Este amigo había sido hasta hace poco el receptor de sus informes desde Buenos Aires, y me aseguró que usted estaba teniendo un gran éxito porque había logrado captar a dos agentes en el corazón del estado, de manera que no se explicaba por qué Yezhov le había puesto en su punto de mira. Pero sería inútil intentar comprender el alma de un asesino.
– Creo que usted pretende alarmarme sin ningún fundamento. Me parece lógico que el camarada Yezhov le pregunte por sus agentes, su obligación es rendirle cuentas.
– Pierre, usted ya no es uno de mis agentes, está aquí, en Buenos Aires, y tiene otro controlador. Dos días más tarde ese amigo del que le hablo me confirmó lo que yo intuía; Yezhov quería hacer una «limpia», sustituirme, poner al frente de la red a un hombre de su confianza y depurar a quienes a mi sustituto le pudieran parecer tibios. Mi amigo me dijo que a Yezhov no le gustaban los burgueses, por muy revolucionarios que pudieran ser, y que podría suceder que usted hubiera caído en desgracia, al igual que yo.
Yezhov me permitió regresar a Londres, pero cuando llegué, encontré esperándome en el aeropuerto a un viejo colega, un hombre con el que mantuve disputas en el pasado. Sus órdenes eran precisas, yo debía entregarle toda la información que había dicho que guardaba en un banco y, después, regresar a Moscú. Este agente no debía separarse de mí ni de día ni de noche hasta que no hubiera embarcado en el avión y, hasta ese momento, se instalaría en mi casa.
– Pero usted está aquí…
– Sí, llevo demasiados años en el oficio para no haber pensado en más de una ocasión qué hacer si un día tenía que marcharme precipitadamente, ya fuera porque el Servicio de Inteligencia británico descubriera que soy un agente soviético, o por perder la confianza de Moscú, como les había sucedido a otros colegas. Puede no creerme, pero le aseguro que muchos de los camaradas junto a los que luché en la revolución del diecisiete están muertos, víctimas del terror de Stalin. Otros han sido enviados a campos de trabajo, y algunos tienen tanto miedo que no se han atrevido a hablar conmigo y me han cerrado la puerta con lágrimas en los ojos suplicándome que me marchara y no les comprometiera con mi presencia. Así que aun antes de salir de Moscú empecé a poner en marcha un plan para desertar.
»Logré zafarme del hombre que Yezhov había enviado para vigilarme; le diré cómo lo hice, poniendo un narcótico en su copa de vino. Estuve a punto de tener que bebérmelo yo, puesto que él parecía desconfiar de mis buenas intenciones cuando le propuse un brindis por la gloriosa Unión Soviética y por el camarada Stalin. Una vez que se quedó profundamente dormido lo até a la cama y lo amordacé. Dediqué lo que quedaba de noche a ponerme en contacto con mis agentes y avisarles de que estuvieran preparados por lo que pudiera suceder. A primera hora de la mañana me presenté en mi banco, pedí la caja de seguridad donde guardaba dinero, pasaportes falsos y documentos, y pasé a Francia, donde lo mismo que usted, embarqué rumbo a esta ciudad. En nuestra querida Europa corría peligro, allí tarde o temprano podían localizarme, pero el Nuevo Mundo es inmenso, y como usted bien sabe aún no tenemos redes muy sólidas, de manera que Iberoamérica es el mejor lugar para perderse.
– ¿Adónde irá?
– Eso, amigo mío, no se lo voy a decir. Si estoy aquí es porque aún conservo intacta parte de mi integridad como hombre y como bolchevique, y me siento en la obligación de avisarle a usted de que puede correr peligro. Debo lealtad a los camaradas que han trabajado conmigo, que han puesto lo mejor de sí mismos para lograr extender la revolución y engrandecer la idea del comunismo. Hombres que, como usted, se han sacrificado y han renunciado a existencias acomodadas porque creen que todos los seres humanos somos iguales y merecemos lo mismo. Cuando se combate en una guerra sabes lo importante que es ser leal y contar con la fidelidad de tus camaradas. Uno no es nada sin ellos, ni ellos lo son sin uno, de manera que he cumplido con mi obligación.