– No dudes de que te quiero. ¿Crees que te habría pedido que abandonaras a tu familia y vinieras conmigo si no te quisiera? ¿Crees que no me importa la opinión de mis padres? Y aun así…
– Soy yo la que te he querido, y la que creí que tú me amabas a mí con la misma pasión. Esta noche he descubierto que nuestra relación está asentada sobre una mentira, y me pregunto cuántas otras no me habrás dicho.
– ¡No pongas en duda lo importante que eres para mí!
Amelia se encogió de hombros con indiferencia; sentía que ya nada la ataba a aquel hombre por el que tanto había sacrificado.
– Necesito pensar, Pierre, tengo que decidir qué voy a hacer con mi vida.
– ¡Nunca te dejaré! -afirmó él mientras volvía a abrazarla.
– No se trata sólo de lo que tú quieras sino también de lo que yo desee, y eso es lo que voy a pensar. Si no te importa dormir en el sofá, me quedaré aquí, de lo contrario le pediré a Gloria que me acojan en su casa durante unos días.
Estuvo tentado de negarse pero no lo hizo sabiendo que en aquel momento no podía plantear ninguna batalla sin perderla.
– Siento haberte herido y sólo espero que me puedas perdonar. Dormiré en el sofá y no te importunaré con mi presencia más que lo imprescindible. Sólo te pido que tengas presente que te quiero, que no me imagino la vida sin ti.
Amelia salió del salón y se encerró en el dormitorio. Quería llorar pero no pudo. Para su sorpresa, se quedó dormida de inmediato.
A partir de aquella noche, entre ellos se estableció una rutina repleta de silencios. Aunque Pierre se mostraba extremadamente deferente, procuraban evitarse.
Una de las escasas conversaciones que tuvieron fue cuando Amelia le preguntó si había denunciado a Igor Krisov.
– Era mi deber informar de su presencia aquí, Krisov es un desertor.
Ella lo miró con desprecio y Pierre la increpó malhumorado.
– ¡Si no hubiese informado nos habríamos convertido en sospechosos, en colaboradores de un desertor! ¡Nunca seré un traidor!
– Krisov se comportó decentemente contigo -musitó Amelia.
Unos días más tarde, Natalia se presentó en la casa preocupada porque Pierre había dejado de visitarla, incluso de llamarla, y no pudo evitar una secreta alegría cuando se dio cuenta de la crisis por la que atravesaba la pareja.
– Perdonad que me presente sin avisar, pero os echaba de menos -dijo a modo de saludo cuando Amelia le abrió la puerta.
– Pasa, Natalia, Pierre está trabajando en el salón. ¿Quieres un té?
– Me vendrá bien, hace frío. ¿Cómo estás? No fuiste al almuerzo en casa de Gloria, te echamos de menos.
– Como le dije a ella, estoy un poco resfriada.
Natalia observó que Amelia no tenía ningún síntoma de ello, pero no dijo nada; en cambio, sí que le preocupó el saludo glacial de Pierre.
– ¡Vaya, no te esperábamos! ¿Cómo tú por aquí?
– Bueno, os echaba de menos, llevo una semana sin saber de vosotros y todo el mundo me pregunta qué pasa con el «trío inseparable»…
Pierre no respondió y puso cara de fastidio cuando Amelia dijo que iba a la cocina a preparar un poco de té.
– Yo no quiero tomar nada, tengo trabajo -dijo sin disimular su malhumor.
– No estaré mucho tiempo -respondió Natalia, cada vez más incomoda.
En cuanto Amelia salió de la sala miró a Pierre, dispuesta a exigirle una explicación.
– ¿Quieres decirme qué sucede?
– Nada.
– ¿Cómo que nada? Tengo informaciones importantes que darte y tú no te has puesto en contacto conmigo. Además… bueno… además te echo de menos a mi lado -susurró.
– ¡Calla! No quiero que me digas nada aquí, ya te llamaré.
– Pero ¿cuándo?
– En cuanto pueda.
Amelia entró con una bandeja con una tetera y tres tazas además de tarta de manzana que había comprado en El Gato Negro, una tienda propiedad de un español en la que uno podía encontrar de todo.
Por más que Natalia intentó animar la charla, ni Amelia ni Pierre parecían dispuestos a ayudarla. Se notaba la tensión entre ellos y cómo evitaban dirigirse el uno al otro. Natalia decidió que era mejor dejarles solos. Pero antes de marcharse, mientras Amelia iba a por su abrigo, le indicó a Pierre por lo bajo que era urgente que se vieran. Él asintió sin decir palabra.
Cuando Natalia se marchó, Amelia entró en el salón y se sentó frente a la mesa donde estaba Pierre.
– He tomado una decisión, y creo que cuanto antes te la diga será mejor para los dos. Nuestros amigos llaman y quieren saber por qué no aceptamos sus invitaciones y, ya ves, hasta Natalia se ha presentado en casa preocupada.
– Natalia es un poco entrometida -respondió Pierre.
– No, no lo es, tiene razón, siempre estaba con nosotros, de manera que no entiende lo que pasa. Bueno, si no te importa, creo que ha llegado el momento de que hablemos.
Pierre cerró el libro de contabilidad en el que estaba trabajando y se dispuso a escuchar a Amelia. Por nada del mundo quería contrariarla. Durante aquellos días se decía a sí mismo que sin ella estaría perdido.
– Voy a regresar a España. Mi país está en guerra, una terrible guerra civil, y yo no quiero seguir viviendo de espaldas a lo que allí sucede. No he sabido nada de mi familia desde que llegamos y no soporto la idea de que les haya sucedido algo. Sé que nunca perdonarán mi comportamiento caprichoso y egoísta, pero aunque decidieran no hablarme nunca más, yo me conformaré con estar cerca. Dudo que mi marido me permita ver a mi hijo, pero yo acudiré a verle aunque sea desde lejos: necesito verle crecer, correr, reír, llorar… y quizá algún día pueda acercarme a él y pedirle perdón…
– No puedes marcharte -musitó Pierre con el rostro crispado.
– Si lo que te preocupa es lo que sé, puedes estar tranquilo, jamás le diré a nadie que eres un espía soviético. Guardaré el secreto. No pretendo perjudicarte, sólo quiero regresar a casa.
– No puedo permitir que te marches…
– ¿Y qué harás? ¿Vas a ir a denunciarme a la embajada soviética? Yo no soy una agente.
– Lo siento, Amelia, pero lo has sido sin saberlo, eres lo que llamamos un agente «ciego», alguien que trabaja para nosotros sin tener conocimiento de ello. Te traje aquí como coartada para instalarme sin que nadie sospechara de mí. Era más fácil que se abrieran las puertas a una pareja que dejaba atrás a sus familias porque se habían enamorado. Moscú aprobó mi plan y, de hecho, ha sido un éxito. Gracias a tu amiga Carla Alessandrini, y a los contactos que nos brindó, hemos podido conocer gente muy útil para nuestra causa. Y… bueno, mi misión era montar una red de agentes, eso lleva su tiempo, pero gracias a ti, lo he conseguido en pocos meses. Ya oíste a Igor Krisov, en Moscú valoraban mis informes, gracias a lo que me cuentan mis agentes.
– ¡Eres un miserable! -estalló Amelia.
– Lo soy, lo siento. Lo único que te puedo decir es que te quiero, y más allá de servirme de ti, lo importante es lo que significas para mí. Te quiero, Amelia, mucho más de lo que yo mismo sospechaba. No te puedes ir, estamos unidos por una causa, eres parte del plan de Moscú en Buenos Aires. No te dejarán marchar así como así.
– Ni siquiera Moscú logrará evitar que me vaya, salvo que decidan asesinarme -respondió Amelia poniéndose en pie.
8
Amelia estaba firmemente decidida a abandonar a Pierre, pese a que no tenía dinero propio y dependía en todo de él. Esa circunstancia le sirvió para darse cuenta de la importancia de disponer de sus propios medios a fin de poder organizarse su propia vida. Ella había pasado de la tutela familiar a la de su marido, y de la de éste a la de Pierre. Nunca había carecido de nada pero tampoco había tenido nada específicamente suyo, y entendió que para seguir el consejo de Krisov de hacerse con las riendas de su propia vida no tenía más remedio que trabajar. Pierre no le daría dinero para comprar un pasaje de regreso a Europa, y ella no se sentía capaz de pedir dinero prestado, de manera que decidió trabajar.