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Al día siguiente de la discusión Amelia se presentó en la galería de Gloria Hertz.

– Necesito trabajar. ¿Puedes ayudarme?

– ¿Qué sucede? ¿La librería no va bien?

– Todo lo contrario, marcha estupendamente, mejor de lo que Pierre había previsto, pero no se trata de la librería, sino de mí, quiero ser independiente y disponer de mi propio dinero.

No le costó mucho a Gloria darse cuenta de que aquella petición era fruto de una crisis entre Amelia y Pierre.

– ¿Te has peleado con Pierre? -quiso saber Gloria.

– Quiero separarme de él y regresar a España, y para eso necesito trabajar- respondió con sencillez.

– Perdona que me entrometa, pero ¿no será una pelea pasajera? Después de todo lo que habéis pasado por estar juntos…

– Quiero regresar a mi país. No puedo quitarme de la cabeza la guerra, cómo estará mi hijo, qué será de mi familia.

– ¿Has dejado de querer a Pierre?

– Puede ser… En realidad, si miro hacia atrás me sorprende haber tomado la decisión de fugarme con él, incluso de haberle querido. Pero no puedo lamentarme por lo que hice en el pasado porque no tengo poder para cambiarlo, pero sí para ser dueña de mi futuro.

A Gloria le impresionó escuchar a Amelia hablar de aquella manera; de pronto le pareció una mujer madura y no la chiquilla dulce y amable cuya compañía todos buscaban.

– ¿Qué dice Pierre? -insistió Gloria.

– No quiere que me vaya, pero es una decisión que no depende de su voluntad sino de la mía. La decisión está tomada, pero necesito dinero para regresar.

– Él… Bueno… ¿Él no te quiere ayudar?

– Pierre no facilitará mi regreso, de manera que dependo de mí misma. Necesito un trabajo. ¿Puedes ayudarme a encontrar uno?

– No es fácil… pero quizá nosotros podamos prestarte el dinero.

– No, eso no. No quiero contraer ninguna deuda. Prefiero trabajar.

– Pero ¿qué podrías hacer?

– Lo que sea, me da igual, sólo quiero ganar el dinero suficiente para comprar un pasaje.

– Hablaré con Martin, puede que se le ocurra algo… Pero… ¿estás segura? Todas las parejas nos peleamos, incluso yo a veces he tenido ganas de separarme, pero al final lo que cuenta es el amor, si hay amor en una pareja, todo lo demás no tiene importancia.

– Tú lo has dicho, tiene que haber amor, y yo ya no lo siento para seguir con Pierre. Quiero regresar a España -insistió Amelia.

El resto de la mañana lo pasó caminando por la ciudad en busca de algún aviso que pudiera ser una oferta de trabajo. Cuando ya regresaba a su casa, vio un cartel en la puerta de una pastelería:

SE NECESITA DEPENDIENTE, rezaba.

Amelia no se lo pensó dos veces y entró. La pastelería era pequeña, decorada con sencillez y buen gusto, y sus propietarios eran un matrimonio ya entrado en años. Ambos eran españoles. Habían emigrado desde una aldea de Lugo a finales del siglo XIX y trabajado mucho hasta conseguir aquella pequeña tienda, de la que se sentían orgullosos porque era el fruto de sus esfuerzos y desvelos. No tenían hijos, y, aunque al principio doña Sagrario se lamentaba, al final había aceptado resignadamente lo que ella decía que eran los designios del Señor. En cuanto a don José, sí los echaba en falta, aunque nunca se lo dijo a su mujer.

Don José estaba enfermo, había sufrido dos ataques al corazón, y el último le había afectado también al cerebro dejándole paralizado el lado izquierdo del cuerpo. A doña Sagrario le faltaban horas para atender a su marido y el negocio que les daba de comer, y por eso había decidido emplear a alguien para que se encargara de la pastelería.

Las dos mujeres simpatizaron de inmediato, y doña Sagrario se alegró al saber que Amelia era buena cocinera y sabía algo de repostería.

– Me podrás ayudar también a hacer las tartas y pasteles, además de a venderlas -le dijo la buena mujer.

El salario no era muy alto, pero Amelia calculó que en unos meses habría ahorrado lo suficiente para sacar un pasaje en cualquier barco que fuera a Francia y de allí a España. No le importaba en esta ocasión viajar en la cubierta de tercera clase, sin lujos ni comodidades.

Doña Sagrario le propuso que se quedara ese mismo día a trabajar y Amelia aceptó de buen grado. Atendió el mostrador, y cuando no había clientes entraba en la cocina que comunicaba con la tienda para ayudar a doña Sagrario con la masa de los pasteles. Don José las observaba sin decir palabra, aunque doña Sagrario aseguraba a Amelia que estaba contento de que la hubieran contratado.

Anochecía cuando Amelia volvió a su casa, donde Pierre, nervioso, la estaba esperando.

– ¡Pero dónde te has metido! ¡Me has tenido muy preocupado! Gloria llamó hace un rato para decirme que a lo mejor tenía un trabajo para ti. ¿Quieres explicarme que es eso de que vas a trabajar? No lo has consultado conmigo, y desde ahora te digo que ni lo sueñes.

Pero Amelia ya no era la dulce joven que había conocido Pierre y le respondió con brusquedad, defendiendo su recién iniciado camino hacia la independencia.

– No soy de tu propiedad. Que yo sepa, estás en contra de ella, de manera que mucho menos vas a ser propietario de un ser humano, en este caso de mí. He decidido trabajar, ganar dinero y comprar un pasaje en cualquier barco que me lleve a Francia. Le pregunté a Gloria si sabía de algún trabajo, pero he tenido suerte y lo he encontrado sola, y ya he comenzado a trabajar.

Pierre la escuchó en silencio y cada palabra la fue sintiendo como un puñetazo en el estómago.

– Amelia, te he pedido perdón… Te he explicado hasta lo que, por tu propia seguridad, no deberías saber… ¿Qué más quieres? ¿Ya no te basta con que te ame? Me decías que era lo único que te importaba, que yo te quisiera…

– Tienes que aceptar que las cosas han cambiado, que yo he cambiado. No puedes pretender haberme engañado como lo has hecho y que no suceda nada. ¿Tan poco me valoras, Pierre? Claro que… seguramente tienes motivos sobrados para pensar en mí como en una idiota. Me has manejado como un títere, te he seguido ciegamente, sin pensar, pero me he despertado, Pierre; tu amigo Krisov me ha devuelto a la realidad, y no creas que te culpo más de lo que lo hago a mí misma. Me desprecio por todo lo que he hecho, de manera que acepta que te desprecie también a ti.

– ¿Y nuestros ideales, nuestros sueños? íbamos a cambiar el mundo.

– Eran tus sueños y tus ideales, pero ya no son los míos, Pierre; ahora mi único sueño es regresar a mi país y estar con los míos. Sé que ni mi padre ni mi tío habrán secundado a quienes se han levantado contra la República y temo por ellos, al igual que por Santiago y por mi hijo.

– No me dejes, Amelia -le suplicó Pierre.

– Lo siento, pero en cuanto pueda, me iré.

Gloria y Martin insistieron en invitarles a cenar. Estaban preocupados por la pareja y convencidos de que sus desavenencias serían pasajeras. Amelia se resistía pero al final cedió y, una noche después de terminar su trabajo en la pastelería, se reunió con Pierre y los Hertz.

A Amelia le gustaba hablar con Martin porque siempre lo hacían en alemán. El había insistido en que practicaran el idioma para que no se le olvidara.

– Me sorprende el buen acento que tienes -comentó Martin.

– Eso me decía mi amiga Yla, pero si no fuera por ti lo terminaría olvidando.

– Sabes, he recibido carta de un tío mío que ha logrado llegar a Nueva York. Si quieres le digo que busque a Yla y a sus padres, pero deberías darme algún dato para saber por dónde han de empezar a buscar.

– No lo sé, Martin, no lo sé, mi prima Laura sólo me dijo que herr Itzhak se había rendido a la evidencia del peligro que Hitler supone para los judíos y que estaba preparando el viaje de Yla a Nueva York. ¡Ojalá lo haya conseguido!