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Mientras él pasaba más tiempo que nunca con Natalia, Amelia continuaba trabajando y sus escasos ratos libres solía compartirlos con los Hertz.

Gloria y Martin eran conscientes de la atracción que Amelia y Max sentían el uno por el otro y les preocupaba propiciar una relación que sabían imposible. Amelia estaba casada; en España, pero al fin y al cabo lo estaba y, además, vivía con un amante. Y su querido amigo Max von Schumann era la clase de hombre que preferiría dejarse matar antes que incumplir con sus compromisos o mancillar lo que él llamaba el «honor familiar». Por muy enamorado que estuviera de Amelia jamás rompería su compromiso con la condesa Ludovica von Waldheim, de manera que su relación con la joven española no tenía ningún futuro. A la misma conclusión llegó Pierre, al principio preocupado por el interés que el médico alemán y Amelia eran incapaces de ocultar.

No obstante, Pierre procuraba acompañar a Amelia cuando sabía que ésta iba a reunirse con los Hertz, aunque en ocasiones ella no le avisaba de estos encuentros.

Una noche en la que Pierre tuvo que ir a cenar a casa de Natalia porque ella lo llamó hecha un mar de lágrimas, Amelia aprovechó para aceptar la invitación de Max.

– Me iré dentro de unos días y me gustaría que cenáramos a solas una vez; no sé si es correcto o si te creo un problema con… con Pierre, pero si pudieras… -le había pedido Max.

Cuando terminó su jornada de trabajo en la pastelería, se despidió de doña Sagrario con más premura de la que era habitual en ella. La pastelera se dio cuenta de que a Amelia la brillaban los ojos de manera especial.

– Veo que hoy estás contenta. ¿Acaso tienes una celebración especial con Pierre?

Amelia sonrió sin responder. No quería mentir a la buena mujer, que tan comprensiva se había mostrado al enterarse de que Pierre no era su marido legal, pero tampoco quería decirle que tenía una cita con otro hombre, por lo que pudiera llegar a pensar de ella.

Max la esperaba en el Café Tortoni y desde allí se fueron a cenar a un restaurante.

Si Amelia estaba nerviosa, Max no le andaba a la zaga. Los dos sabían que con aquel encuentro a solas estaban cruzando una raya que ninguno de los dos podía traspasar.

– Me alegro de que hayas aceptado cenar conmigo. Me voy dentro de una semana, no puedo alargar más mi estancia en Buenos Aires.

– Lo sé, Gloria me ha dicho que tienes que incorporarte a tu unidad.

– Soy un privilegiado, Amelia, he dispuesto de estas largas vacaciones en casa de mis mejores amigos, pero la influencia familiar no llega para poder ampliar mi estancia aquí -respondió Max riendo.

– ¿Por qué has venido a Buenos Aires? ¿Sólo por ver a Martin?

– ¿Te extraña?

– Bueno, en realidad, sí…

– ¿No irías a Nueva York si supieras dónde encontrar a Yla? Me dijiste que era la mejor amiga de tu infancia, además de tu prima Laura.

– ¡Sí, claro que iría!

– Pues es lo que yo he hecho yo, venir a ver a mi mejor amigo, que ha tenido que dejar nuestro país por culpa de unos locos. Necesitaba saber que estaba bien, que aquí… En fin, quería ver si era feliz. No es fácil abandonar tu patria, tu casa, tus amigos, dejar de respirar el aire que siempre has respirado… Tú lo puedes entender porque también has dejado tu país.

Amelia se entristeció. En los últimos meses cada vez que pensaba en España sentía un vacío en la boca del estómago que terminaba convirtiéndose en dolor.

– ¡Pero no nos pongamos tristes! No quiero que la única ocasión que vamos a tener de estar a solas se convierta en un velatorio.

– No te preocupes, no me pondré triste.

Fueron a cenar y ambos hicieron un esfuerzo para que la conversación transcurriera por derroteros amables, aunque cuando estaban con el postre Amelia no pudo resistirse a preguntarle por su futuro en el Ejército.

– Dime: ¿cómo puedes soportar estar a las órdenes de alguien que cree que hay seres humanos de distinta categoría, que persigue a los judíos, que les roba cuanto tienen?

– De eso ya hemos hablado…

– Sí, pero es que… me cuesta tanto imaginarte bajo las órdenes de Hitler.

– Ahora es el canciller, pero no lo será para siempre, y Alemania continuará siendo Alemania. Yo no sirvo a Hitler, sino a mi país.

– ¡Pero Hitler manda en Alemania!

– Desgraciadamente así es, pero ¿qué quieres que haga? Ganó las elecciones.

– Aun así…

– Soy un soldado, Amelia, no un político. Aunque yo quiero hablarte de otra cosa, sé que no debo, pero voy a hacerlo.

– Por favor, preferiría que…

– Sí, lo correcto es no decirte esto, pero tengo que hacerlo. Me he enamorado de ti y te aseguro que he hecho lo imposible para que no sucediera. No quería marcharme sin decírtelo.

– Yo creo que a mí me ha pasado lo mismo. Pero no estoy segura… Siento una gran confusión…

– Creo que los dos nos hemos enamorado, y hemos hecho lo peor que podíamos hacer, puesto que no tenemos ningún futuro juntos.

– Lo sé -musito Amelia.

– No puedo romper mi compromiso con Ludovica, de hecho… en fin, la boda está prevista a mi regreso. Y tú has sacrificado mucho por estar con Pierre… y además no quiero engañarte, aunque rompiera mi compromiso con Ludovica, mi familia no te aceptaría, para ellos siempre serías una mujer casada.

Amelia sintió que le ardía el rostro. Se sentía avergonzada, como no había estado desde que abandonó a su familia para irse con Pierre.

– No he querido ofenderte… Perdona… Es que quiero ser sincero contigo, aun a riesgo de resultar brusco -se excusó Max.

– Es mejor hablar claro -respondió Amelia mientras con gesto distraído se estiraba la falda, como si con este gesto estuviera menos expuesta a la vergüenza que sentía por las palabras de Max.

– Necesito que me comprendas, que me digas lo que piensas, y si crees que tenemos alguna otra salida.

– No, Max, no la tenemos. La verdad hace daño, pero la prefiero a la mentira. No hubiera podido soportar que dieras alas a mis ilusiones y luego… Sé quién soy: una mujer casada que ha abandonado a su marido y a su hijo, a su familia, para huir con otro hombre. A los ojos de los demás eso me convierte en una mujer poco respetable, y entiendo que tus padres nunca me pudieran aceptar. Tampoco te pediría que rompieras tu compromiso con Ludovica, sé que tu sentido del honor sufriría de tal manera que, aunque no me lo dijeras, nunca me perdonarías haber faltado a tu palabra. Dejémoslo estar. Han sido unos días muy especiales estos que hemos compartido, pero siempre he sabido que tenías que marcharte y que yo no tengo ningún papel en tu futuro. Sólo que… bueno, me has devuelto las ganas de vivir. Quería salir de trabajar para encontrarme con los Hertz y contigo, o esperaba que sonara el teléfono y escuchar a Gloria invitarme a pasar el fin de semana en el campo. Siempre te estaré agradecida por estos días, porque, sabes, creía estar muerta.

La acompañó a casa. Caminaron el uno junto al otro sin atreverse a rozarse, en silencio.

– Aún nos veremos antes de que me marche -le dijo Max.

– Claro que sí, sé que Gloria te está preparando una fiesta de despedida.

Para alivio de Martin y Gloria Hertz, no volvieron a verse a solas. Amelia no acudió a la fiesta de despedida de Max pero le envió una nota deseándole suerte.

Sin embargo, aquella breve e infructuosa relación con el barón Von Schumann dejó una muesca profunda en Amelia, otra más. Perdió la alegría que parecía haber recuperado al lado de Max, y sus amigos la encontraban cada vez más pensativa y taciturna.

El 5 de febrero era la fecha prevista para el viaje de Pierre a Moscú. Según se acercaba la fecha, él estaba más nervioso: la advertencia de Krisov había anidado en él con tanta fuerza que apenas podía dormir por la noche, porque en sueños se veía preso y torturado por sus camaradas. Algunas noches regresaba de sus pesadillas gritando, y Amelia acudía, solícita, y le ofrecía un vaso de agua. El se agarraba a su mano como un niño que sabe que está a punto de perderse.