El apartamento donde vivía la profesora Kruvkoski era pequeño pero cómodo, con estantes de madera repletos de libros, cortinas de cretona, un sofá, un par de sillones de terciopelo verde y una mesa de comedor llena de papeles. La profesora era tal como esperaba que fuera: una mujer entrada en años y en carnes, con el cabello blanco recogido en un moño detrás de la nuca. Me sorprendió su vestido floreado, casi juvenil, y el chal de lana que llevaba sobre los hombros.
Pero tras su aspecto de dulce abuelita encontré a una mujer enérgica, nada dispuesta a regalarme ni un segundo de más de su tiempo, de manera que tenía preparados varios dossieres sobre Pierre Comte y Amelia.
– Lo que me han pedido mis colegas, el profesor Soler y el profesor Muiños, es que le explique qué fue de Pierre Comte y de Amelia Garayoa cuando llegaron a Moscú en febrero de 1938. Bien, no sé si va a tomar notas…
– Preferiría grabar la conversación, ya que usted habla un español tan excelente -le respondí con ánimo de halagarla.
– Haga lo que quiera. No dispongo de demasiado tiempo. Le voy a dedicar la mañana pero ni un minuto más -advirtió.
Asentí poniendo en marcha el minidisc.
– Como usted sabrá, la perversidad del camarada Stalin no tenía límites. Nadie estaba seguro, todos eran sospechosos, y por aquel entonces las purgas se sucedían a diario. Poco a poco había ido quitando de en medio a los hombres que lucharon en primera línea por la revolución, bolcheviques abnegados que fueron acusados de traición. Nadie tenía segura la cabeza sobre los hombros. Stalin contaba para su política criminal con hombres sin escrúpulos, dispuestos a arrastrarse y cometer las mayores atrocidades sólo por servirle, creyendo que así se ganaban su derecho a vivir, pero muchos de éstos seres infectos también terminaron sus días de mala manera, porque Stalin no agradecía nada ni reconocía a nadie.
– Por su edad… En fin… Creía que usted fue una revolucionaria en su juventud.
– Soy una superviviente. Cuando vives en un régimen de terror lo único a lo que aspiras es a ganar un día más a la vida, y bajas la cabeza; no ves, ni oyes, casi ni sientes, temiendo que se fijen en ti. El terror anula a los seres humanos, y para poder sobrevivir saca los peores instintos. Pero no se trata de mi vida, sino de las de Comte y Garayoa.
– Sí, sí, perdone la interrupción, es que pensaba que era usted una comunista convencida.
La profesora se encogió de hombros y me miró con cara de pocos amigos, de manera que opté por callarme.
– La mía es una familia que participó en la Revolución de Octubre, pero eso no nos garantizó nada; mi padre y algunos tíos y primos murieron en los gulags porque en algún momento se atrevieron a decir en voz alta lo que era evidente: el sistema no funcionaba. No es que creyeran que el comunismo no tenía las respuestas adecuadas para construir un mundo mejor, lo que pensaban es que quienes dirigían el país no lo hacían con acierto. Stalin mató de hambre a miles de campesinos… Pero eso es historia, una historia que no es la que ha venido usted a buscar. Ya le he dicho que, para sobrevivir, uno termina adaptándose a las circunstancias, y en mi familia aprendimos a bajar la cabeza y a callar. ¿Podemos continuar?
– Sí, sí, perdone.
«Amelia y Pierre se instalaron en casa de su tía Irina, la hermana de la madre de éste. Ella estaba casada con un funcionario del Ministerio de Exteriores, Georgi, un hombre sin ningún cargo ni relieve importante. Tenían un hijo, Mijaíl, periodista, más joven que Pierre y casado con Anushka, una belleza que se dedicaba al teatro. La casa tenía dos habitaciones y una pequeña salita, que se convirtió en el dormitorio de Pierre y Amelia.
Al día siguiente de su llegada Pierre se presentó en la sede de la NKVD en la plaza Dzerzhinski, la tristemente conocida como Lubianka…
Pierre no fue recibido por ningún responsable destacado de la NKVD. Un funcionario de menor rango le informó que a partir de ese momento estaba a libre disposición de la NKVD y que ya se le asignaría un cometido. Mientras tanto debía escribir detalladamente sobre la red de Krisov, de la que había formado parte, precisando los nombres y datos de todos los agentes «ciegos» que venían colaborando en Europa con la NKVD.
Pierre protestó. Si estaba allí, dijo, era para ayudar a organizar una visita, para la celebración de un congreso con intelectuales de todo el mundo. El funcionario no se anduvo con contemplaciones y le amenazó: o cumplía las órdenes o sería considerado un traidor.
Pierre no se atrevió a seguir discutiendo y aceptó a regañadientes las instrucciones del hombre.
– Trabajará usted en el Departamento de Identificación y Archivo, ayudando al camarada Vasiliev.
En ese momento Pierre recordó que Igor Krisov le había hablado de un amigo caído en desgracia, un tal Iván Vasiliev, y se preguntó si sería el mismo.
Iván Vasiliev tenía en aquel entonces treinta y cinco años. Era un hombre alto, delgado, y muy fuerte, y había trabajado desde su creación para el Departamento Extranjero de la NKVD.
La oficina donde estaba situado el Departamento de Identificación y Archivo estaba ubicada en uno de los sótanos de la Lubianka, y para acceder a ella había que bajar por unas escaleras donde no era raro encontrarse con detenidos que caminaban con la cabeza baja, sabedores de que allí rara vez se salía con vida.
Vasiliev le indicó a Pierre la mesa donde trabajaría, que estaba iluminada por una bombilla de gran potencia. Apenas había sitio para moverse porque unos inmensos archivadores cubrían cada palmo de pared.
– ¿Usted era amigo de Igor Krisov? -le preguntó Pierre apenas se sentó.
Iván Vasiliev le miró con dureza, reprochándole en silencio que hubiera pronunciado ese nombre. Después tragó saliva y buscó cuidadosamente las palabras para responder.
– Ya sé que usted era uno de los agentes del camarada Krisov, un traidor de la peor especie.
Pierre dio un respingo al escuchar la respuesta y a punto estuvo de replicarle, pero los ojos de Vasiliev le indicaron que mantuviera la boca cerrada.
Vasiliev se enfrascó en sus papeles y de cuando en cuando se levantaba para dirigirse a otras mesas donde otros hombres como él trabajaban en silencio. En una de esas ocasiones, al pasar cerca de la mesa de Pierre, deslizó un papel. Este se quedó extrañado y lo abrió.
«No sea estúpido y no haga preguntas que pueden comprometernos a los dos. Rompa esta nota. Cuando pueda hablaré con usted.»Cuando Pierre regresó a casa de su tía Irina bien entrada la tarde, Amelia le esperaba impaciente.
– ¿Qué ha pasado? ¿Cómo no has llamado para decir que estabas bien? -le recriminó con angustia en francés, idioma en que también podía entenderse con los tíos de Pierre.
Le contó a Amelia y a sus tíos cada detalle vivido aquella jornada, sin escatimar su sentimiento de angustia y decepción. Aquélla no era la «patria» a la que venía entregando lo mejor de sí mismo. Su tía Irina le mandó hablar en voz baja.
– ¡No hables tan alto y sé prudente o terminaremos todos en la Lubianka! -le regañó.
– Pero ¿por qué? ¿Acaso no se puede hablar libremente? -preguntó Amelia con cierta ingenuidad.
– No, no se puede -sentenció el tío Giorgi.
De repente Pierre y Amelia se encontraron con que el mito al que tanto habían sacrificado era un monstruo despiadado que podía devorarles sin que nadie pudiera mover un dedo para evitarlo.
– De manera que has venido engañado -dijo el tío Giorgi.
– Por lo que cuenta, es evidente -apostilló la tía Irina.
– Krisov te lo advirtió -recordó Amelia.
– ¿Quién es Krisov? -quiso saber la tía Irina.