– ¿Por qué no lo has comentado durante la cena?
– Porque no me fío de Mijaíl. Es mi primo y a pesar de eso no me fío, es un fanático, y Anushka no es mucho mejor que él. Son miembros del partido que cuentan con la confianza de sus jefes.
– ¿Y qué te ha dicho Iván Vasiliev?
– Me ha aconsejado prudencia. Al parecer en estos momentos me están observando y quieren ponerme a prueba porque no se fían de mí, ya que fui uno de los agentes del camarada Ígor Krisov. Vasiliev cree que me tendrán un par de meses en el departamento y luego decidirán qué hacer conmigo, él dice que lo mejor que me puede pasar es que se olviden de mí.
– ¿Y cuándo piensa que te dejarán regresar a Buenos Aires?
Pierre se quedó en silencio y agarró con fuerza la mano de Amelia antes de responder.
– No lo sabe, dice que puede que nunca.
– ¡Pero tus padres pueden reclamarte!
– Saben que tengo familia aquí: la tía Irina, el tío Giorgi… Si mis padres protestaran podrían tomar represalias contra mis tíos, de manera que cuentan con que no lo harán.
– Pierre, eres ciudadano francés, vayamos a la embajada de Francia.
– No nos dejarían ni acercarnos; según Vasiliev, me siguen.
– Pero tú no haces nada malo… ¿Qué más te ha dicho Vasiliev?
– Que puede que me interroguen y que debo estar preparado para ello; hay quien no supera un interrogatorio.
– No, Pierre, no te pueden hacer nada, no pueden torturar a un ciudadano francés. En cuanto a mí… soy española. No pueden retenernos contra nuestra voluntad. Quiero que nos vayamos. Has venido tal y como te pidieron, si hubieras hecho algo contrario a la Unión Soviética no estaríamos aquí, de manera que no tienen por qué desconfiar. Son ellos los que te han engañado diciendo que querían que participaras en ese congreso de intelectuales que se va a celebrar en junio.
– Calla, habla más bajo o nos escucharán Mijaíl y Anushka -le pidió Pierre.
– No debes tenerles miedo.
– Pues se lo tengo y tú también deberías tenérselo. No creas que Anushka es tu amiga, sólo intenta sonsacarte.
Iván Vasiliev tenía razón. Una tarde, cuando Pierre se disponía a salir de la oficina para regresar a casa, dos hombres se le acercaron.
– Acompáñenos, camarada -le ordenó uno de los hombres.
– ¿Adónde? -preguntó Pierre, temblando.
– Las preguntas las hacemos nosotros, usted sólo obedezca.
Tres días y tres noches pasó Pierre en los calabozos de la Lubianka sin que nadie le dijera por qué estaba allí. Luego, al cuarto día dos hombres le subieron a una sala de interrogatorios donde le esperaba un hombre de pequeña estatura, pero de complexión fuerte, con el cabello ralo y una mirada helada.
El hombre le indicó una silla para que se sentara, y sin mirarle se entretuvo leyendo unos papeles que tenía sobre la mesa. A Pierre esos minutos se le hicieron eternos.
– Camarada Comte, tiene la posibilidad de hacer las cosas fáciles o difíciles.
– Yo… yo no sé qué está pasando.
– ¿Ah, no? Pues debería saberlo. Usted trabajó para un traidor.
– Yo… yo… yo ignoraba que el camarada Krisov era un traidor.
– ¿Lo desconocía? Es extraño, puesto que él le consideraba uno de sus mejores agentes; usted era un hombre de su máxima confianza.
– Sí, bueno, yo hacía cuanto me pedía Krisov, era mi controlador, nada más. Nunca fuimos amigos.
– ¿Y nunca le dijo que pensaba desertar?
– ¡En absoluto! Ya le digo que no éramos amigos; además cuando él desertó yo ya no trabajaba a sus órdenes, estaba en Buenos Aires.
– Sí, me consta, y también que el camarada Krisov fue a verle allí. Curioso, ¿no?
– Informé a mi controlador de Buenos Aires de la visita de Krisov y de cuanto me había dicho.
– Lo sé, lo sé. Una manera de cubrirse por si alguien le había visto junto a Krisov. Bien pudieron preparar lo que usted debía decir a su controlador.
– ¡Desde luego que no! Krisov se presentó de improviso y tuvimos una discusión, incluso le llamé traidor.
– Queremos saber dónde se encuentra el camarada Krisov.
– No lo sé, no me lo dijo.
– ¿Y pretende que le crea? Veamos, un viejo agente como Krisov se escapa y se toma la molestia de viajar hasta Argentina para verle a usted y explicarle por qué ha decidido huir. ¿Nos toma por tontos?
– Pero fue así… Él… Bueno, él dijo que se sentía responsable de sus agentes, de todos los que habíamos trabajado con él. Además… insinuó que el mejor lugar para desaparecer era América Latina.
– El traidor Krisov tenía muchos amigos entre los seguidores del camarada Trotski.
– Lo desconocía, nunca hablamos de cuestiones personales, no sé quiénes eran sus amigos…
– Camarada Comte, quiero que refresque su memoria, que me diga dónde se encuentra el traidor Krisov. Sabremos agradecerle esa información… De lo contrario…
– ¡Pero es que no lo sé!
– Le ayudaremos a recordarlo.
El hombre se levantó y salió de la sala, dejando a Pierre temblando. Un minuto después entraron dos hombres que le llevaron de vuelta a la celda donde había permanecido encerrado los tres días anteriores. Pierre intentó protestar pero un fuerte puñetazo en el estómago le dejó sin habla. Y lloró tirado sobre el frío suelo de aquella celda oscura de la Lubianka.
La primera noche que Pierre no regresó a casa de sus tíos, Amelia aguardó impaciente hasta la madrugada; cuando ya no pudo resistir la angustia, despertó a Mijaíl.
– Tu primo no ha vuelto.
– ¿Y por eso me despiertas? Estará emborrachándose con algún amigo, o amiga, los franceses son así -respondió Mijaíl con tono malhumorado.
– Sé cómo es Pierre y si no ha regresado es porque le ha sucedido algo.
– No te preocupes y duerme, verás como cuando regrese te contará una buena historia.
Amelia volvió al colchón donde dormía, y contó los minutos que iban transcurriendo, hasta que oyó levantarse al tío Giorgi.
– Tío, Pierre no ha regresado, estoy preocupada.
– Irina y yo no hemos pegado ojo pensando en él. Intentaré averiguar qué ha pasado.
Amelia no quería ir a trabajar, pretendía presentarse en la Lubianka para preguntar por Pierre, pero la tía Irina le quitó la idea de la cabeza.
– No seas insensata, lo mejor que podemos hacer es esperar.
– ¡Pero no es normal que no haya venido! -se lamentó Amelia.
– No, no lo es, pero en Rusia ya nada es normal. Espera a que Giorgi nos diga algo, y… Bueno, le pediré a Mijaíl que también él trate de averiguar qué ha pasado.
Por la tarde, cuando Amelia regresaba del trabajo rezaba pidiendo encontrar a Pierre en casa de sus tíos. Pero Irina le dijo que no había sabido nada de él, de manera que las dos mujeres esperaron sentadas y en silencio a que llegara Giorgi, pero éste les confesó que no había podido averiguar nada. Había telefoneado a un amigo que tenía un cuñado trabajando en la Lubianka y en cuanto le dijo de qué se trataba el hombre le colgó el teléfono conminándole a no llamarle nunca jamás.
Mijaíl y Anushka llegaron un poco más tarde. Él sorprendió a Amelia diciéndole que había tenido mucho trabajo y ni siquiera había podido preocuparse por la ausencia de Pierre.
– ¡Cómo es posible que seas así! -le gritó Amelia-. ¡Pierre es tu primo!
– ¿Y por qué debo preocuparme por él? Ya es mayorcito. Si no ha regresado es porque no ha querido. Y si ha hecho algo, entonces que asuma las consecuencias.
Amelia salió de la casa dando un portazo. Estaba decidida a presentarse en la puerta de la Lubianka y preguntar por Pierre. El tío Giorgi salió tras ella, intentando convencerla de que fuera prudente o de lo contrario podía poner a toda la familia en un aprieto.
– Hay familias enteras que sufren represalias porque alguno de sus miembros es considerado un contrarrevolucionario. Les mandan a campos de trabajo, a las minas de sal, incluso a hospitales de los que salen completamente trastornados. No nos pongas en peligro Amelia, te lo ruego.