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Pero ella no le escuchó y salió a la calle dispuesta a presentarse en la Lubianka. Caminaba deprisa, llena de miedo y de ira, cuando advirtió que un hombre se situaba a su lado.

– Por favor, dé la vuelta en la próxima esquina y sígame. Quiero ayudarla.

– ¿Quién es usted? -preguntó Amelia sobresaltada.

– Iván Vasiliev. Llevo aguardando toda la tarde en los alrededores de su casa, no me atrevía a subir al apartamento.

Amelia obedeció al hombre, lamentándose de no haber pensado en ir a verle. Si alguien podía decirle dónde estaba Pierre ése era Vasiliev.

Le siguió un buen trecho, hasta un edificio sombrío de apartamentos donde el hombre entró y subió rápidamente las escaleras hasta la primera planta. Allí introdujo la llave en una puerta y entró en el apartamento seguido de Amelia.

– No podemos estar mucho tiempo aquí- advirtió Iván Vasiliev.

– ¿No es su casa? -preguntó Amelia, extrañada.

– No, no lo es, aquí vive un amigo que ahora se encuentra fuera de Moscú. Podremos hablar tranquilos.

– ¿Dónde está Pierre?

– Detenido, le tienen en una celda de la Lubianka.

– Pero ¿por qué? No ha hecho nada. Pierre es un buen comunista.

– Lo sé, lo sé, no hace falta ser un mal comunista para que te detengan. Quieren a Krisov y están convencidos de que Pierre sabe dónde está.

– ¡Pero no lo sabe! No se lo dijo.

– Igor Krisov ha sido uno de mis mejores amigos, combatimos juntos y… Bueno, mantuvimos una amistad muy especial.

Amelia miró con asombro a Iván Vasiliev. Krisov había confesado a Pierre que era homosexual, y de las palabras de Vasiliev se deducía que éste también podía serlo. Él pareció leerle el pensamiento.

– No se equivoque. Fuimos buenos camaradas sólo eso, luego él se marchó a Londres. Tenía una cobertura perfecta, puesto que una de sus abuelas era irlandesa. Él dominaba el inglés, lo mismo que el francés y el alemán, tenía un gran talento para los idiomas. Pierre me ha dicho que usted también lo tiene. En fin, pese a nuestra separación siempre conservamos el afecto y la amistad, aunque ellos creen que nos odiábamos.

– ¿Ellos?

– Sí, los jefes del Servicio Exterior de la NKVD. Igor dijo que lo mejor para protegernos a ambos era que pasáramos por enemigos irreconciliables y durante años mantuvimos esa farsa. Yo le avisé de que había perdido la confianza de los jefes.

– Lo sé, se lo dijo a Pierre. ¿Por qué es tan importante Krisov?

– Era uno de los principales agentes en Europa y sabe mucho: nombres, claves, cuentas bancarias, modo de operar… Temen que le venda toda esa información a alguien.

– ¿Por qué?

– Porque son unos asesinos indecentes y ellos lo harían, de manera que piensan que los otros son igualmente capaces de sus mismas infamias.

– ¿Y quién podría comprar esa información?

– Cualquiera, la Unión Soviética tiene muchos enemigos. Inglaterra estaría dispuesta a pagar un buen precio por conocer los nombres de los agentes soviéticos que operan allí. El Gobierno británico está preocupado por el auge del comunismo entre los jóvenes universitarios de su país.

– Pero Krisov…

– Igor estaba asqueado con lo que pasa aquí, como todos los que tienen un mínimo de decencia. De la noche a la mañana cualquiera se puede convertir en un «enemigo del pueblo», basta con una denuncia, una sospecha. Están matando a la gente sin piedad.

– ¿Quiénes?

– Lo hacen en nombre de la revolución, para preservarla de sus enemigos. Y no crea que se ensañan sólo con los burgueses, aquí nadie está a salvo de que le acusen de contrarrevolucionario, hasta los campesinos son perseguidos ¿Sabe cuántos kulaks han sido asesinados?

– No sé qué son los kulaks…

– Ya se lo he dicho, campesinos, pequeños propietarios aferrados a su tierra que se resisten a abandonarla o a llevar a cabo los estúpidos planes de los comités del partido.

– ¿Qué harán con Pierre?

– Le interrogarán hasta que confiese lo que ellos quieren. O a lo mejor se convencen de que no sabe nada de Krisov. Nadie sale de la Lubianka.

– ¡Pierre es francés!

– Y ruso, su madre lo es.

– Hay mucha gente que sabe que estamos aquí, no les conviene que el mundo sepa que en Moscú hay personas que desaparecen.

– ¿Y quién va a creer eso? ¿Cómo va a demostrar que le tienen en la Lubianka?

– Usted…

– ¡No, querida, no! Yo negaré haberle dicho nada, y si es necesario diré que el encuentro en este apartamento ha sido una cita amorosa.

Amelia le miró con horror y leyó en los ojos de Iván Vasiliev que estaba dispuesto a sobrevivir: no importaba lo que tuviera que hacer ni a quién tuviera que sacrificar.

– ¿Qué puedo hacer? -pregunto Amelia con un timbre desesperado en la voz.

– Nada. No puede hacer nada. Con suerte condenarán a Pierre a algún campo; si no son muchos años y logra sobrevivir, será una suerte.

Se quedaron en silencio. Amelia deseaba ponerse a llorar y gritar, pero se contuvo.

– ¿Qué me sucederá a mí?

– No lo sé. Puede que se conformen con Pierre. En su expediente se dice que usted es una comunista entusiasta y una agente «ciega», de manera que se supone que usted no sabe nada.

– No sé lo que ellos quieren, pero sé sobre ellos lo que nunca hubiera querido saber.

– Cuando se es joven uno tiene la arrogancia de creer que puede cambiar el mundo y… Mire lo que hemos hecho aquí, convertir nuestro país en la antesala del infierno -la intentó consolar Iván Vasiliev.

– Han traicionado la revolución -sentenció Amelia.

– ¿De verdad lo cree? No, Amelia, no. Lenin y todos los que le seguimos ciegamente creíamos que no se podía hacer una revolución sin sangre, que era necesario el terror. Nuestra revolución partió de una premisa y es que la vida humana no es algo extraordinario y santificarla es cosa de las religiones, y aquí hemos decretado la muerte de Dios.

– ¿Me detendrán?

– No lo sé, espero que no. Pero siga mi consejo, cuando hable con sus compañeros de trabajo muéstrese como una comunista fanática, convencida de que hay que depurar a todo aquel que no siga al dedillo lo que quiere Stalin. No exprese ninguna duda, sólo convicción en que el partido siempre tiene razón.

– ¿Permitirán que me vaya?

– No lo sé, puede que sí o puede que no.

– No me está dando una respuesta.

– No la tengo.

– ¿Qué puedo hacer por Pierre?

– Nada. Nadie puede hacer nada por él.

Acordaron volver a verse una semana más tarde en el mismo lugar. Iván prometió intentar llevarle alguna noticia de Pierre.

Mientras caminaba de regreso a casa, Amelia pensaba en lo que les diría a los tíos de Pierre, y sobre todo a Mijaíl y Anushka. Lo único que tenía claro era que en ningún caso podía revelar que había hablado con Iván Vasiliev.

Cuando llegó, la tía Irina estaba preparando la cena y tío Giorgi discutía con su hijo Mijaíl, mientras Anushka se pintaba las uñas y fingía indiferencia.

– ¿Dónde has ido? -le preguntó Mijaíl, sin ocultar su enfado.

– A dar una vuelta. Necesitaba respirar.

– ¿Has ido a la Lubianka? -insistió él.

– No, no he ido. Pero lo haré mañana, alguien tiene que intentar saber algo de Pierre.

– Puede que él no sea como crees -dijo Mijaíl con cierto misterio.

– No sé qué quieres decir… -respondió Amelia.

– A lo mejor mi primo no es un buen comunista y ha traicionado al partido.

– ¡Estás loco! No conoces a Pierre, antes nos sacrificaría a todos que al partido.

– No estés tan segura, Amelia -insistió Mijaíl.