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Cuando terminó la sesión, Albert James se acercó a Amelia, que no había dejado de mirarle ni un solo momento.

– Con quién está de acuerdo, ¿con ellos o conmigo? -le preguntó él, sabiendo que la ponía en un aprieto.

– Prefiero la libertad absoluta -respondió ella, sin ignorar que los otros funcionarios soviéticos no perdían palabra de lo que decían.

– ¡Menos mal! Aún no la han echado a perder.

– Vamos, señor James, es la hora del almuerzo -le apremió ella-, y luego deben continuar debatiendo.

– ¡Uf, es demasiado para mí! Preferiría pasear por Moscú. Ya he discutido bastante durante la mañana. ¿Por qué no me acompaña?

– Porque no está previsto que ni usted ni nadie pasee ahora por la ciudad, sino que continúen trabajando después del almuerzo, de manera que cumpla con el programa -respondió Amelia.

– No sea tan rígida… comprenderá que venir a Moscú ha sido una oportunidad que no podía dejar pasar, pero este congreso me aburre, ya me he dado cuenta de que no va a servir de nada.

Por la noche Amelia volvió a encontrarse a Albert James en el teatro durante una representación de El Lago de los Cisnes. Albert estaba junto a Jean Deaville y los dos hombres estaban buscándola.

Jean la abrazó y le dio dos besos. Se alegraba de verla pero, sobre todo, quería saber de su amigo.

– ¿Dónde está Pierre? Quiero verlo cuanto antes. Cuando termine la representación podemos acompañarte a casa, se llevará una sorpresa -propuso Jean.

– No, no es posible. Ya lo veréis en otro momento -respondió Amelia, incómoda.

– Quiero darle una sorpresa -insistió Jean.

– Hoy no, Jean, quizá mañana.

Varios funcionarios soviéticos no dejaban de fijarse en la familiaridad que Amelia tenía con aquellos dos hombres, de manera que, en medio de la representación del ballet, Amelia sintió una mano que se apoyaba en su hombro, y al volver la mirada se encontró con Anushka, que le susurró que saliera del palco.

– ¿Quiénes son esos hombres? -le preguntó.

– Albert James es periodista y Jean Deuville, poeta, pero tú deberías conocerlos, son vuestros invitados.

– ¿De qué los conoces?

– Son unos amigos de Pierre que conocí en París. Insisten en verlo. Pero no sólo ellos, hay unas cuantas personas más que lo conocen en este congreso, y al verme todos me preguntan por él.

Anushka se lamentó de haber elegido a Amelia para aquel trabajo, puesto que su presencia se había convertido en un problema.

– ¿Qué les has dicho?

– Quieren acompañarme a casa para darle una sorpresa a Pierre, pero les he dicho que hoy no es posible, que le verán en otro momento.

Y al pronunciar esas palabras Amelia se dio cuenta de que podía crear un problema a los soviéticos si los amigos de Pierre insistían en verle y no lo conseguían.

– Diles que está fuera de Moscú, que ha regresado a Buenos Aires -le ordenó Anushka.

– Lo siento, les he dicho que está aquí, y que podrán verle en cualquier momento, no se me ha ocurrido otra cosa -respondió Amelia, intentando parecer inocente.

De vuelta a su palco se dedicó a mirar descaradamente a Albert James intentando llamar su atención. Éste notó su mirada y le sonrió; poco antes de que terminara la representación se presentó en su palco. Anushka, que no les perdía de vista, también acudió de inmediato. No sabía por qué, pero le inquietaba la relación de Amelia con aquel hombre.

– ¿Ha cambiado de opinión y me enseñará Moscú, aunque sea de noche?

– Imposible, mañana tienen que empezar a trabajar temprano.

– Noto algo raro en usted, Amelia, y no sé qué es…

Ella lo miraba intentando hablarle sin palabras, pero Albert James no lograba captar lo que quería decirle.

– ¿Es usted feliz? -le preguntó de manera espontánea.

– No, no lo soy.

A él le sorprendió la respuesta, y no supo qué decir. Anushka los escuchaba, malhumorada. Al igual que Amelia, hablaba francés a la perfección, de manera que no había perdido detalle de la conversación, y decidió intervenir.

– ¡Qué cosas dice nuestra querida Amelia! Claro que es feliz, todos nosotros la queremos bien.

Albert James se volvió para ver quién les había interrumpido y se encontró con una mujer joven y atractiva, rubia, alta, delgada y con unos inmensos ojos verdes. De inmediato se dio cuenta de que era una de las organizadoras del congreso.

– ¡Ah, usted es…!

– Anna Nikolaievna Kornilova, directora del Departamento de las Artes del Ministerio de Cultura.

– Y actriz y directora de teatro -apostilló Amelia.

– ¡He oído hablar de usted! Creo que mañana por la noche asistiremos a una obra que ha dirigido, ¿me equivoco? -preguntó Albert James.

– Así es, para mí será un honor que ustedes vean mi trabajo.

– Chejov, creo…

– Efectivamente. Y ahora que la obra ha terminado, nosotras tenemos trabajo, hemos de acompañarlos al hotel. Amelia, creo que tu grupo debe de estar ya saliendo hacia donde están los autobuses.

– Yo formo parte de su grupo -dijo Albert James.

– Bien, pues no se retrasen. A ti, Amelia, te veré en el hotel y regresaremos juntas a casa. Mijaíl nos acompañará. ¿Te parece bien?

Amelia asintió y se dirigió junto a Albert James hacia el vestíbulo junto al resto de los periodistas.

– Una mujer importante y muy bella. La veo a usted muy bien relacionada.

– Está casada con el primo de Pierre. Vivimos todos juntos.

– ¡Ah, sí! Creo recordar que la madre de Pierre es rusa, ¿no?

– Sí, y su hermana Irina nos ha acogido en Moscú.

– Perdone mi insistencia, pero la veo rara y su confesión de que no es feliz… La verdad, me ha sorprendido.

– Quiero marcharme de la Unión Soviética pero no puedo, quizá usted podría ayudarme -murmuró Amelia mirando a un lado y a otro temiendo que alguien les escuchara.

– ¿De qué tiene miedo? -quiso saber él.

– Tendría que explicarle tantas cosas para que lo entendiera… Pierre me dijo que usted no era comunista.

– Y no lo soy. No se preocupe, tampoco soy fascista. Me gusta demasiado la libertad para que dirijan mi vida. Creo en los individuos por encima de cualquier otra cosa. Pero le confieso que sentía curiosidad por conocer la Unión Soviética.

– No se irá decepcionado -sentenció Amelia.

– ¿Tan segura está?

– Usted, como los otros, verá lo que ellos quieren. Pero no se imagina usted lo que sucede aquí.

Interrumpieron la charla al subir al autobús. Amelia se sentó lejos de Albert James. Temía que si la veían demasiado junto al periodista decidieran que se encargara de otro grupo de invitados y entonces no tendría la oportunidad de llevar adelante el plan que empezaba a germinar en su cabeza.

De regreso al apartamento, flanqueada por Mijaíl y Anushka, Amelia intentaba dominar su nerviosismo.

– ¿Quién es ese periodista? -le insistió Anushka.

– Se llama Albert James, es un antifascista norteamericano amigo de Pierre. En París eran inseparables -mintió Amelia- y está empeñado en verlo.

– Eso va a ser un problema -afirmó Mijaíl.

– Lo sé, pero ni él ni los otros invitados se conformarán con la excusa de que Pierre no quiere verles por trabajo o porque ha tenido que viajar repentinamente. Las cosas no suceden así en Europa. Vais a tener que hacer algo.

Anushka guardó silencio, consciente de que, efectivamente, el caso de Pierre podía terminar dando al traste la operación de imagen montada por los ministerios de Exteriores y de Cultura. Tenía previsto hablar con sus superiores a primera hora, pero sabía que ella misma quedaría comprometida al ser Pierre primo de Mijaíl, y, sobre todo, al haber propuesto a Amelia para ese trabajo.