Amelia rompió a llorar, y tía Irina tampoco pudo contener las lágrimas. Incluso Mijaíl pareció impresionado por el aspecto de Pierre.
– Es un milagro que haya podido sobrevivir al accidente -afirmó el médico-. Menos mal que no se acuerda de lo que le sucedió.
– ¿No se acuerda de nada? -preguntó tía Irina.
– No, no lo recuerda. Además, le estamos tratando para que supere los pensamientos negativos.
– ¿Tratando? ¿Qué le están haciendo? -preguntó Amelia, alarmada.
– Intentamos aliviar su sufrimiento, nada más. -Al médico le parecía improcedente la pregunta de Amelia.
Ella cogió una de las manos de Pierre y le acarició la mejilla. Él abrió el ojo izquierdo y la miró, pero su mirada estaba vacía, parecía no reconocerla.
– Pierre, soy yo, Amelia -susurró ella a su oído sin que él respondiera.
– No la reconoce -afirmó el médico, intentando apartar a Amelia del lado del francés.
Pero ella sintió que los tres dedos que le quedaban en aquella mano se aferraban a la suya. Le volvió a contemplar pero la mirada de su ojo continuaba perdida.
– No importa que no me reconozca, sé que le gusta sentirme cerca.
– No debemos cansarle -insistió el médico.
– Vamos, Amelia, ya lo has visto, puedes estar tranquila, aquí le están cuidando -dijo Anushka, mientras la agarraba del brazo.
– Quiero estar a solas con Pierre. -Amelia no lo estaba pidiendo, sino que daba por hecho que nadie le podría impedir quedarse junto a él.
– Eso es imposible -aseguró el médico.
– No, no lo es. Pierre ha sufrido muchísimo, sé que no me reconoce, pero estoy segura de que le vendrá bien sentir una mano amiga.
Anushka miró al médico. Ambos salieron de la habitación y ella regresó unos minutos después.
– He convencido al doctor para que te deje quedarte un rato, pero debes comprender que Pierre necesita descansar. Prométeme que no le forzarás a hablar.
– No haré nada que pueda perjudicarle.
Tía Irina besó suavemente a Pierre, el tío Giorgi parecía no atreverse a tocarle. Mientras salían de la habitación, Anushka le anunció que volvería a buscarla en unos minutos.
Amelia acariciaba la cabeza de Pierre y creía ver dibujarse una leve sonrisa en sus labios. De vez en cuando abría el ojo izquierdo, pero no la buscaba con la mirada, sino que parecía perderse en el blanco de la pared que tenía enfrente.
– He sufrido mucho por tu ausencia, aunque viéndote sé que mi sufrimiento ha sido una nimiedad con lo que has debido pasar… ¡Dios mío, qué te han hecho! Te sacaré de aquí, volveremos a París, allí te recuperarás, ya verás, confía en mí -le decía en voz muy baja, temiendo que alguien la pudiera escuchar.
De vez en cuando una enfermera entraba en la habitación y se acercaba a la cama mirando con desconfianza a Amelia, como si el estado en que se encontraba Pierre fuera culpa de ella.
Más tarde, Anushka regresó a la habitación acompañada del doctor.
– Amelia, querida, debemos regresar al trabajo. Esta noche podrás visitar de nuevo a Pierre.
Le besó en los labios y los sintió fríos como si fueran los de un cadáver.
– No te preocupes, volveré -le dijo pero él no parecía escucharla.
Salieron al pasillo y Anushka le anunció que el doctor quería hablar con ellas. Fueron hasta su despacho. Éste las invitó a sentarse y luego miró a Amelia con desconfianza.
– Camarada Garayoa, siento tener que decirle que el camarada Comte está muy grave -afirmó el médico.
– Eso es evidente -respondió Amelia con un deje de ironía.
– Es un hombre fuerte pero aun así… En el accidente perdió los testículos -le dijo mirándola fijamente e intentando que ella se sintiera avergonzada.
– ¿Ah, sí? Bueno, por lo que sé se puede vivir sin testículos.
– Los golpes recibidos… Ya sabe que se le cayó una grúa encima… En fin, le han producido lesiones irreversibles.
– Soy consciente de su estado, camarada doctor.
– Tiene el cerebro afectado, en cuanto a sus facultades mentales… No creo que vuelva a ser una persona normal. Tiene que estar preparada para lo peor, camarada -sentenció el médico.
– ¿Lo peor? ¿Puede haber algo peor que lo que le ha sucedido?
– Le aseguro que hemos hecho cuanto hemos podido -insistió el médico-, pero debe tener en cuenta que… En fin, no había sido debidamente atendido.
– Quiero llevarle a París, con sus padres -anunció Amelia con voz desafiante.
– ¡Imposible! -exclamó Anushka.
– ¿Por qué? No tiene sentido que continuemos aquí ninguno de los dos. Pierre necesita unos cuidados especiales, necesita a su familia.
– Nosotros somos su familia, Amelia -le reprochó Anushka.
– Sus padres están en París, y allí es donde Pierre quiere y debe estar.
– No sé si será posible trasladarle en su estado… -El médico miraba a Anushka con preocupación.
– Le aseguro que mejorará notablemente en cuanto salgamos de aquí -respondió Amelia, conteniendo la ira que a duras penas lograba dominar.
– He pensado que quizá puedan venir a verle ese periodista, Albert James, y también el poeta, Jean Deuville -apuntó Anushka.
– Muy considerada por tu parte. Pero además te pido, camarada Anna Nikolaievna Kornilova, que consigas los permisos necesarios para trasladar a Pierre a París. Mi intención es regresar junto a los intelectuales invitados, precisamente con sus dos grandes amigos, Albert James y Jean Deuville.
Anushka apretó los dientes endureciendo la expresión del rostro. Le irritaba la actitud de Amelia, pero sabía que no era el momento de discutir con ella.
Por más que ésta intentó que la dejaran permanecer al lado de Pierre, el médico se mostró inflexible. Hasta el día siguiente no podía ir a visitarle ya que tenían algunas pruebas pendientes que hacerle. Podía acudir por la mañana temprano junto a los amigos de Pierre.
Esa noche Amelia acudió a la cena de despedida que el Comité Central ofrecía a los intelectuales participantes en el congreso.
El ambiente era de preocupación: aquel 30 de septiembre se había recibido la confirmación del pacto al que habían llegado en Múnich Édouard Daladier en nombre de Francia y Neville Chamberlain en el de Inglaterra con Hitler y Mussolini. Las dos potencias europeas habían cedido ante Hitler en su determinación de apoderarse de la región checa de los Sudetes.
– ¡Es una vergüenza! -afirmaba Albert James-. Francia e Inglaterra pagarán caro su error. Están permitiendo que Hitler crea que puede hacer y deshacerlo todo a su antojo, y lo único que hacen es alimentar a un perro rabioso.
Los anfitriones soviéticos escuchaban las conversaciones de sus invitados pero contenían prudentemente sus comentarios. Preferían escuchar, pulsar la opinión de aquel grupo de hombres que representaban a una parte de la «intelectualidad» europea.
Amelia se acercó al grupo donde se encontraba Albert James y le hizo una indicación para hablar a solas.
– ¿Qué sucede? -preguntó el periodista.
– Quiero agradecerle lo que han hecho con Pierre. Hoy he podido verle; a Dios gracias, está vivo aunque su estado es crítico.
– ¿Dónde estaba? ¿Qué le sucede?
– Le verá mañana y… Bueno, le costará reconocerle. Le han torturado, pero a usted le dirán lo mismo que a mí, que ha sufrido un accidente, que se le cayó una grúa encima.
Le contó la historia que los soviéticos habían inventado para justificar el estado de Pierre, y le pidió que no dejara de acudir al día siguiente con Jean Deuville a verle al hospital.
– Anushka y yo vendremos a buscarles a las ocho en punto. Ahora quiero pedirle otro favor.
– ¡Vaya! ¿Y ahora de qué se trata?
– Quiero que le diga a Anushka que Pierre debe regresar a París, y que usted y Jean Deuville me ayudarán a cuidar de él durante el viaje. Pero tiene que insistir en que hemos de ir con ustedes.