– Pueden negarse.
– Sí, pero si usted los aprieta… Se han visto obligados a hacerlo aparecer, y bueno, las autoridades soviéticas no quieren escándalos en este congreso, pretenden que todos ustedes hagan grandes alabanzas del sistema, para eso les han invitado. De ahí que no hayan tenido más remedio que acceder a su petición de ver a Pierre.
– Resulta increíble que le hayan tenido detenido tanto tiempo…
– Torturar y asesinar en nombre del pueblo es una práctica común. Si a uno le declaran enemigo de la revolución, a partir de ese momento se merece cuanto le pueda suceder. La gente tiene miedo, pasa hambre, hay censura, los hijos denuncian a los padres, los tíos a los sobrinos, y los amigos se observan con desconfianza. Stalin ha instalado un régimen de terror, aunque en realidad no es sólo suya la culpa, la semilla de esta barbarie la plantó Lenin.
– ¿Ha dejado de abrazar la fe comunista?
– He vivido aquí el tiempo suficiente para querer huir de esto que llaman comunismo. Pero lo que yo piense no es importante, ahora de lo que se trata es de salvar a Pierre.
Jean Deuville no pudo contener una exclamación de horror cuando entró en la habitación de Pierre. Albert James también estaba impresionado pero, para alivio de Anushka, no dijo nada. El médico les explicó la gravedad de su estado insistiendo en que era un milagro que hubiera sobrevivido al accidente con la grúa.
– Pierre, amigo, ¿qué te ha sucedido? -preguntó Jean haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas.
El único ojo de Pierre permanecía abierto pero no parecía verlos. Amelia le notó más adormilado que el día anterior, y en su único ojo sano pudo leer el miedo que Pierre sentía.
– Lo llevaremos a París -afirmó Albert James-, vendrá con nosotros. Cuanto antes esté con su familia, más pronto se recuperará.
– No creo que… En fin, puede que su salud mental quede afectada para siempre. Ya ven ustedes, es poco más que un vegetal -afirmó el médico.
– Aun así vendrá con nosotros -replicó Jean Deuville con determinación-; su madre nunca me perdonaría que le dejara aquí.
– En ningún lugar tendrá los cuidados que en un hospital dedicado a la salud del pueblo -agregó Anushka.
– Discrepo, camarada Anna Nikolaievna Kornilova, en ningún lugar del mundo se está mejor que en casa -afirmó Jean.
– La Unión Soviética es la patria de Pierre, y la de todos los trabajadores. Además, le recuerdo que el camarada tiene familia aquí -afirmó Anushka.
– Nikolaievna Kornilova, como amigos de Pierre y representantes de sus padres, insistimos en llevarle a París. No entendemos su empeño en impedir que regrese… -dijo Albert James.
– El camarada Comte no está en condiciones de viajar -aseguró el médico-; ni siquiera me atrevo a decir… En fin…
– Aguantará el viaje- aseguró Jean Deuville-, sé que podrá hacerlo.
Albert James y Jean Deuville no dejaron opción ni al médico ni a Anushka, de manera que éstos optaron por decir que tramitarían los permisos necesarios, pero que si se lo llevaban y le sucedía algo sería bajo su responsabilidad. Amelia había permanecido en silencio, sabiendo que no era ella quien tenía que librar esa batalla.
Amelia se sentía feliz haciendo el equipaje. Por fin Anushka le había anunciado que podía regresar a París con el grupo de Albert James y Jean Deuville y llevarse a Pierre con ellos.
Tía Irina le ayudaba a guardar la ropa en la maleta; la buena mujer le daba consejos sobre cómo tratar al enfermo durante el viaje que iban a emprender.
– Mi hermana Olga nunca me perdonará lo que le han hecho a su hijo -se lamentaba-. Yo no he hecho por él lo que debía…
– Usted y tío Giorgi se han portado muy bien con Pierre y conmigo, no tienen nada que reprocharse, es este maldito sistema…
– Nunca fui una revolucionaria -aseguró la tía Irina-, pero Giorgi sí lo era y, bueno, llegué a creer que tenía razón, que el pueblo viviría mejor, que construirían una sociedad con más libertades, pero ahora hay más miedo que en tiempos del zar. Mijaíl se revuelve cuando lo digo, pero es la verdad.
– Cuídese, tía Irina.
– ¿Crees que mi hijo sería capaz de denunciarme?
– No, no he dicho eso.
– Pero lo piensas, Amelia, sé que lo piensas. No, él no lo hará. Sé que muchos hijos han denunciado a sus padres, pero el mío no lo hará. Mijaíl posee una fe inquebrantable en el comunismo, pero es un buen hijo. No desconfíes de él.
Amelia no quiso contradecir a la mujer. Además, en ese momento lo único que le importaba era cerrar la maleta e ir al hotel Metropol, donde la esperaban Albert James y Jean Deuville. Anushka había prometido que un coche les llevaría al hospital para recoger a Pierre y de allí irían al aeropuerto.
La tía Irina derramó unas cuantas lágrimas al despedirla.
– Cuida a Pierre y dale mi carta a mi hermana Olga.
– Así lo haré, y usted tenga cuidado.
Jean Deuville estaba nervioso, y Albert James no parecía de muy buen humor.
– Si alguien me dice que iba a vivir todo esto le habría dicho que estaba loco -se lamentó Deuville.
Anushka apareció a la hora acordada con un coche grande para, según dijo, acomodar mejor a Pierre. Parecía intranquila y sin ganas de hablar.
Ya en el hospital, Anushka les pidió que esperaran a que ella buscara al director médico para que firmara el alta de Pierre.
Amelia asintió nerviosa. Sabía que en la Unión Soviética la burocracia podía resultar interminable.
Medía hora después apareció Anushka con el médico que atendía a Pierre.
– Acompáñenme, por favor -pidió el médico-. El camarada Comte ha empeorado. Esta madrugada sufrió una crisis cardíaca aguda. Estamos haciendo todo lo posible para salvarle la vida y, desde luego, es imposible que pueda viajar.
Le siguieron nerviosos. Amelia sentía desbocarse los latidos del corazón mientras Jean Deuville y Albert James se miraban sorprendidos.
El médico abrió la puerta de la habitación donde se encontraba Pierre, y vieron a dos enfermeras y a otros dos médicos alrededor de la cama.
– Lo siento, camaradas, el enfermo acaba de sufrir una parada cardíaca -dijo uno de los médicos-, desgraciadamente no hemos podido hacer nada. Ha fallecido.
Amelia se acercó a la cama y les apartó. El rostro de Pierre estaba crispado, como si sus últimos momentos hubieran sido de gran sufrimiento. Comenzó a llorar, al principio sin emitir ningún sonido, luego dejando escapar un grito agudo. Se abrazó al cuerpo inerte de Pierre. El cuerpo de un anciano. El cuerpo de un hombre torturado.
Albert James se acercó a la cama e intentó que Amelia se soltara de Pierre, pero ella no quería hacerlo, necesitaba sentir aquel cuerpo pegado al suyo y murmurarle que nunca jamás volvería a querer a nadie como le había querido a él.
Con ayuda de Jean Deuville, Albert James pudo apartar a Amelia. Los dos hombres estaban impresionados por la escena.
– Lo siento -aseguró el médico.
– ¿Lo siente? Creo que ustedes le han…
Albert James no permitió que Amelia continuara hablando. Sabía que iba a decir lo mismo que sospechaba éclass="underline" que habían matado a Pierre.
– ¡Por favor, Amelia! Debemos irnos. Ya no podemos hacer nada por Pierre -le dijo con dureza.
– ¡Quiero que le hagan la autopsia! Quiero llevarme su cadáver a París, y que le hagan la autopsia allí para saber de qué ha muerto -gritaba Amelia.
– Amelia, no estás bien, quizá debas quedarte para recuperarte de la pérdida de Pierre -afirmó fríamente Anushka.
Sus palabras sonaron a amenaza.
– Es comprensible que esté así, póngase en su lugar -afirmó Albert James con voz neutra.
– Vamos, Amelia, aquí no tenemos nada que hacer -le dijo Jean Deuville mientras le pasaba el brazo por encima de los hombros.