Llovía en París, lo que no me sorprendió porque rara vez he ido a la capital francesa sin que me haya caído algún chaparrón. Pero olía a primavera y eso me animó.
Había reservado habitación en un hotel de la orilla izquierda, cerca del domicilio de Victor Dupont.
Me llevé una sorpresa al conocerle. Era un hombre muy entrado en años, pero aún le quedaba mucha energía por gastar.
Documentalista y archivero de profesión, el señor Dupont me pareció un sabio nada despistado.
Por su aspecto físico deduje que debía de haber sido guapo; alto, con los ojos azules, ahora tenía el cabello blanco y el porte erguido de un viejo galán.
– Así que está investigando la historia de su bisabuela, ¡en menudo lío se ha metido! -dijo el señor Dupont mientras colocaba sobre la mesa dos vasos de burdeos para acompañar un plato de queso.
– Sí, eso dice mi madre, que me he metido en un buen lío.
– Hijo, hay cosas que es mejor no remover, sobre todo las cosas de familia. Pero allá usted. Le ayudaré en todo lo que pueda porque me lo ha pedido mi buen amigo Pablo. ¿Por dónde quiere que empiece?
– Bueno, por lo que sé, Amelia Garayoa regresó a París a principios de octubre de 1938 acompañada de Jean Deuville y Albert James. Volvían de un congreso de intelectuales en Moscú.
– Sí, un congreso organizado a mayor gloria de la propaganda soviética, pero que resultó muy efectivo en aquel momento.
No me atreví a preguntarle si él era comunista, dado que su padre lo fue y además era amigo del padre de Pablo Soler, que también lo era, pero Dupont debió de leerme el pensamiento.
– Fui comunista, y no se imagina con cuánto ardor. Los comunistas han hecho cosas reprobables, pero también mucho bien. Y en sus filas ha habido gente abnegada, creyentes, tan buenos como santos, en su afán de ayudar a los demás. Hace años dejé la militancia y eso me ha permitido analizar mi propia vida con una perspectiva y sinceridad de la que no habría sido capaz si continuara dentro. Pero no es de mí de quien vamos a hablar. ¿Sabe?, su bisabuela vivió en mi casa.
Me quedé boquiabierto, aunque, pensándolo bien, a esas alturas ya no debía sorprenderme por nada. Dupont continuó su relato…
«Jean Deuville era amigo de André Dupont, mi padre. Le llamó para preguntarle si quería alquilar una habitación a una amiga suya, pues sabía que teníamos un cuarto libre porque vivíamos en casa de mi abuela. Esta era grande y además mi abuela había muerto unos meses antes.
Fue mi madre, Danielle, la que tomó la decisión de aceptar a Amelia, ya que eso suponía un pequeño ingreso extra. Hasta unos meses antes, mi madre había trabajado en una papelería, pero el dueño murió y sus hijos cerraron el negocio, de manera que nos venían bien unos cuantos francos por el alquiler de la habitación.
Además, todos ganábamos con el acuerdo porque cuando Amelia llegó a París estuvo instalada un par de días en un hotel, pero no quería malgastar el poco dinero que tenía y Jean pensó que alquilar una habitación no le resultaría tan gravoso.
Entonces yo tenía quince años y le confesaré que me enamoré de Amelia nada más verla. No parecía una mujer real, estaba extremadamente delgada y tenía un aspecto etéreo.
Mi madre quiso saber cuánto tiempo se quedaría, pero Amelia le dijo que aún no sabía qué iba a hacer.
– Señora Dupont, quiero regresar a España, pero no sé si eso será posible, y si no lo fuera tendré que buscar un trabajo.
– ¡Pero es imposible que vaya usted a España! -exclamó mi madre.
– El Gobierno legítimo de la República aún conserva Madrid, Cataluña, Valencia… pero no creo que se pueda ser optimista. En julio el general Rojo logró romper las posiciones de Franco en el Ebro, pero no ha podido mantenerlas. No creo que pueda llegar usted a España -intervino mi padre.
Amelia se encogió de hombros. Parecía resignada a hacer lo que fuera posible aunque sin desafiar a la suerte.
Aunque era muy reservada y rara vez sonreía, tenía mucha paciencia conmigo y también ayudaba a mi madre en las cosas de la casa. Ya sabe, fregar, planchar, coser…
Yo escuchaba las conversaciones de mis padres, las que mantenían con otros camaradas como Jean Deuville.
Jean le había contado a mis padres lo sucedido en Moscú. Para el aquello fue un shock tan grande que quebrantó su fe en el comunismo. No se atrevía a dejar el partido, pero en Moscú había perdido la virginidad ideológica, además de a Pierre, su mejor amigo.
Decirle a los padres de Pierre Comte que su hijo había muerto no resultó fácil ni para Amelia ni para Jean Deuville. Al día siguiente de llegar a París, Albert James, Jean y Amelia acudieron a casa de los padres de Pierre. Por lo que sé, la escena fue más o menos así:
Olga, la madre de Pierre, abrió la puerta y al ver a Amelia soltó un grito y preguntó dónde estaba su hijo. Jean intentó abrazar a la mujer para darle el pésame y explicarle lo sucedido, pero Olga le empujó.
– ¿Dónde está Pierre? ¿Qué has hecho con él? -preguntó a Amelia.
Albert James tuvo que sujetar a Amelia porque ella empezó a temblar y temió que no pudiera resistir la escena. En realidad fue Albert James quien se hizo cargo de la situación, porque tanto Amelia como Jean se encontraban demasiado afectados.
El padre de Amelia salió al recibidor alertado por los gritos de su mujer.
– Pero ¿qué sucede? ¿Qué hacéis aquí? ¿Y tú, Amelia…? ¿Dónde está Pierre?
Amelia les relató lo sucedido. No les ocultó nada. Ni que Pierre había sido un agente soviético, ni los pormenores de su vida en Buenos Aires, la orden de viajar a Moscú, los meses vividos en la capital rusa, la desaparición de Pierre, su estancia en la Lubianka, las torturas que le habían infligido y su convencimiento de que le habían asesinado. Lo único que no les dijo, como tampoco se lo había dicho a Albert James ni a Jean Deuville, es que ella se había enterado de la detención de Pierre por Iván Vasiliev. No quería poner en peligro a aquel hombre que al menos la había ayudado a saber dónde estaba Pierre.
Olga lloró desconsoladamente mientras escuchaba el relato de Amelia y el padre de Pierre pareció envejecer según iba sabiendo del horror al que se había enfrentado su hijo.
– ¡Tú tienes la culpa! ¡Tú y tus malditas ideas sobre el comunismo que metiste en la cabeza a nuestro hijo! No quisiste escucharme y ahora nuestro hijo está muerto. ¡Tú también le has asesinado! -gritó Olga a su marido.
– ¡Por favor, señora Comte, cálmese! -le rogó Albert James.
Pero no había manera de controlar la ira y el dolor de Olga, ni de encontrar palabras para consolar al padre de Pierre. Jean Deuville tampoco suponía ninguna ayuda, puesto que tampoco era capaz de reprimir las lágrimas.
Olga les echó de su casa maldiciendo a Amelia, a la que advirtió que nunca más la quería volver a ver.
Jean Deuville y Albert James se hicieron cargo de Amelia. Parecían sentirse responsables de ella. En aquel momento gobernaba Francia Édouard Daladier y los extranjeros, sobre todo los españoles, comenzaban a tener problemas para residir legalmente en el país. El éxodo de españoles huyendo de la guerra había desbordado a la Administración francesa, y París empezó a legislar en contra de los extranjeros.
Así que tanto Jean Deuville como Albert James tuvieron que recurrir a todas sus amistades para lograr un permiso de residencia para Amelia. A nadie le extrañó que Albert James la contratara como secretaria. Hasta el momento no había necesitado ninguna, pero era la manera de ayudarla sin ofenderla. En cuanto a Jean, se convirtió en su sombra, solía ir a buscarla a casa y la obligaba a salir a pasear, al teatro, a escuchar música. Amelia se dejaba llevar y parecía una autómata, como si nada de lo que sucedía a su alrededor le importara realmente.
Mis padres se preguntaban por qué un periodista como Albert James había decidido ocuparse como lo hacía de Amelia. El caso de Jean Deuville era distinto, había sido el mejor amigo de Pierre y eran camaradas en el Partido Comunista, pero no era el caso de Albert James, que tampoco conocía tanto a Amelia. Pero la ayudó cuanto pudo.