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Albert James colaboraba con algunos periódicos y revistas estadounidenses, y también con algún diario británico. Para el gusto de mis padres era extremadamente independiente. Ellos creían que en la época que les estaba tocando vivir había que tomar partido. La objetividad de James les irritaba, y discutían abiertamente con él. En realidad Albert James se negó a ser «compañero de viaje» del partido, lo que le convertía en un personaje incomodo. No obstante le respetaban, tenía una enorme influencia, y sus artículos eran tenidos en cuenta tanto por el Gobierno estadounidense como por el británico y el francés.

Lo que escribió del congreso de intelectuales en Moscú fue decepcionante para sus anfitriones soviéticos. James afirmó que las aldeas y las fábricas que habían visitado parecían escenarios destinados a convencer a los forasteros de que todo era de color de rosa en la Unión Soviética y criticó que en ningún momento les permitieran viajar por el país a sus anchas ni visitar nada fuera de programa. Aseguró en uno de sus artículos que allí no se respiraba libertad. En fin, que sus críticas fueron un jarro de agua fría para las autoridades soviéticas, aunque naturalmente las opiniones de James fueron compensadas por una multitud de elogios de otros intelectuales europeos.

Amelia acudía todas las mañanas, temprano, a la oficina de James, y se encargaba de responder el correo, ordenar sus archivos, organizarle la agenda, pasar a limpio algunos de sus escritos y llevar la contabilidad.

Quizá la mayor alegría que tuvo en aquellos días fue la aparición en París de Carla Alessandrini. La diva iba a permanecer quince días en la ciudad interpretando La Traviata en la Ópera Garnier. Su llegada se convirtió en un gran acontecimiento.

Jean Deuville se comprometió a acompañar a Amelia a la ópera para escuchar a Carla.

Aún la recuerdo la noche del estreno. Amelia tenía una elegancia natural y aunque en aquella época no disponía de ropa adecuada parecía una princesa con su traje negro, sin adornos.

Carla Alessandrini estuvo magnífica; puestos en pie, los espectadores la aplaudieron cerca de veinte minutos. Según nos contó Jean, Amelia lloró de emoción y al concluir la función se dirigió al camerino de Carla convencida de que le permitirían ver a la diva, pero los responsables de la Opera habían montado un dispositivo para que nadie que no hubiese sido invitado expresamente por la gran Carla pudiera acceder al camerino.

– Dígale que está aquí su amiga Amelia Garayoa -le dijo a un poco convencido hombrecillo que le impedía el paso en dirección a los camerinos.

Pero para su sorpresa sí le dieron el recado y minutos más tarde salió a su encuentro Vittorio Leonardi, el marido de la diva.

Vittorio estrujó a Amelia entre sus brazos, la regañó por su excesiva delgadez, apretó la mano de Jean como si fueran amigos de toda la vida y les condujo al camerino.

Las dos mujeres se fundieron en un abrazo interminable. Tengo entendido que Carla estimaba de verdad a Amelia, la tenía por una hija.

– ¡Pero cómo no me has avisado de que estabas en París! No sabes lo preocupada que me has tenido. Gloria y Martin Hertz me dijeron que Pierre y tú ibais a emprender un viaje de un par de meses, pero que no sólo no habíais regresado sino que no sabían nada de vosotros. Déjame que te mire… estás demasiado delgada, niña y… no sé… te veo diferente, ¿dónde está Pierre?

– Está muerto.

– ¿Muerto? No sabía que estaba enfermo… -dijo Carla.

– No lo estaba. Le han matado.

Carla y su marido Vittorio Leonardi se quedaron conmocionados por el anuncio de Amelia. La diva la abrazó como una madre abrazaría a su hija para protegerla.

– ¡Tienes que contármelo todo!

Amelia le presentó a Jean Deuville, que había permanecido en silencio contemplando la escena. Este se sentía impresionado por la amistad entre las dos mujeres. Al fin y al cabo, Carla Alessandrini era un personaje de fama mundial, una de las mujeres más deseadas de su época.

Durante la estancia de Carla en París no hubo día en que no se viera con Amelia. Mis padres y yo fuimos por primera vez a la Opera invitados por la Alessandrini, y para nosotros fue todo mi acontecimiento estar allí, entre aquellos ricos y burgueses que parecían vivir de espaldas a la realidad y que reían y bebían champán como si nada de lo que sucedía en la vida cotidiana les afectase.

Amelia visitaba a Carla en su hotel, o ésta la invitaba a sus almuerzos y cenas con gente distinguida; incluso un día fue Carla quien visitó a Amelia en nuestra casa. Me quedé detrás de la puerta del salón espiándolas, no porque me importara lo que hablaban, sino porque sentía auténtica fascinación por Carla, quien había sustituido a Amelia en mis sueños adolescentes.

– Niña, tienes que decidir qué vas a hacer, y me gustaría que pensaras en la posibilidad de venir con nosotros. No creo que tengas mucho porvenir en Francia, mira cómo se están poniendo las cosas para los extranjeros. He hablado con Vittorio y está de acuerdo conmigo en que lo mejor es que vengas con nosotros.

– Quiero regresar a España, sé que ahora no puedo por la guerra, pero algún día terminará. Necesito saber de mi familia, quiero estar con mi hijo.

– Lo comprendo, pero ¿crees que tu marido lo permitirá?

– No lo sé, pero necesito pedirle perdón y le suplicaré que me deje ver a Javier. No podrá negarse, es mi hijo.

Carla se quedó en silencio. Se le antojaba difícil que el marido español fuera a perdonar a su mujer después de haber huido ésta con su amante. Pero no quiso romper las esperanzas de Amelia, a la que sabía especialmente frágil después de la pesadilla vivida en Moscú.

– Entiendo que quieras regresar a España; pero, como tú misma dices, ahora no es posible, de manera que podrías estar con nosotros y, cuando llegue el momento, te ayudaremos a regresar a Madrid.

– Vittorio y tú sois muy generosos conmigo, pero aquí tengo un trabajo que me ayuda a mantenerme, y no sé qué podría hacer si os acompaño.

– Nada, no tienes que hacer nada excepto estar con nosotros. No necesitas trabajar, sólo acompañarnos.

Pero Amelia era orgullosa y por nada del mundo hubiera aceptado depender de alguien y no ganarse su pan. Buscó el modo de decirlo sin ofender a Carla.

– No me sentiría bien viendo cómo vosotros trabajáis y yo estoy sin hacer nada.

– Bueno, entonces puedes hacer de secretaria de Vittorio.

– ¡Pero si no necesita otra secretaria!

Estuvieron hablando un buen rato y Carla le hizo prometer que la tendría en cuenta en caso de dificultad.

Además de en el ánimo de Amelia, cuando la Alessandrini se marchó de París dejó un gran vacío en todos nosotros.

Un día Amelia regresó llorando a casa. Mi madre intentó consolarla.

– Yo… yo… tenía una tía abuela viviendo en París, la tía Lily. Hoy me he atrevido a acercarme a su casa con la esperanza de que me recibiera y me diera noticias de mi familia, pero el portero me ha dicho que murió hace unos meses.

Ansiaba saber de su familia, y le contaba a mi madre que rezaba para que la perdonaran.

Echaba de menos a sus padres, a su hijo, a sus primos, incluso a su marido.

– ¡He sido tan mala con él! Santiago no se merecía lo que le hice -se lamentó.

El 7 de noviembre sufrió un atentado el secretario de la embajada de Alemania en París, Ernst von Rath. Dos días más tarde tuvo lugar en Alemania la tristemente famosa Noche de los Cristales Rotos. Más de 30.000 judíos fueron arrestados, se destruyeron 191 sinagogas, fueron saqueados más de 7.500 comercios… Albert James solía decir que lo peor estaba por llegar y tenía razón. Los gobiernos europeos no querían asumir que tenían enfrente a un monstruo, y le dejaron hacer…