– Ellos han tenido más ayuda.
– Pero nosotros hemos contado con las Brigadas Internacionales y con el favor de Moscú -insistió Amelia.
– No te engañes, hemos estado solos. Europa nos ha dado la espalda, Francia y Gran Bretaña han observado de lejos lo que pasaba, pero sin querer comprometerse. Y sí, ha venido gente de todo el mundo a apoyar la República, le han echado valor y sacrificio, pero con eso no bastaba. Franco ha contado con la ayuda de Alemania y de Italia, pero sobre todo con la pasividad de Europa. No sabes lo que ha sido la batalla del Ebro, ahí es donde nos han dado la puntilla. Han muerto miles de los nuestros y también de los suyos, pero han ganado.
– Es un buen estratega -apuntó Albert James.
– ¿Quién? ¿Franco? -Amelia pareció extrañada por esta afirmación de James.
– ¿Sabes, Amelia?, es imposible derrotar al enemigo si no reconoces sus virtudes.
– ¡Virtudes! ¿Cómo puedes decir que Franco tiene virtudes? Es un traidor a la República, ha destrozado España -respondió Amelia enfadada.
– En vista del resultado de la guerra ha demostrado ser un buen estratega militar. Admitir esto no quita que, efectivamente, sea un fascista y una desgracia para España. ¿Te quedas más tranquila si reconozco todo esto?
– No se trata de que lo reconozcas como si me hicieras un favor, se trata de la realidad.
– Yo te explicaré una parte de la realidad que supongo no te va a gustar. Es verdad todo lo que dice Josep, pero hay más problemas, y son las muchas energías que el bando republicano ha gastado combatiendo consigo mismo -sentenció Albert James.
Josep bajó la cabeza. Parecía no querer escuchar lo que estaba diciendo el periodista.
– ¿Qué quieres decir? -preguntó Amelia con acritud.
– Quiero decir que mientras el ejército fascista tenía un claro y único enemigo, en el bando republicano no ha sido así. ¿Me equivoco, Josep, si afirmo que los comunistas habéis gastado muchas energías persiguiendo a las gentes del POUM, y que las peleas entre socialistas, anarquistas y comunistas han sido continuas? ¿Quién mató a Andreu Nin?
– Ha habido problemas, sí -admitió Josep.
– De manera que mientras Franco tenía un único objetivo, que era acabar con la República para establecer un régimen fascista, las izquierdas han combatido contra él y han combatido entre sí. En las guerras civiles sale lo peor de las personas, Amelia.
– Tú no conoces bien mi país. Franco es un traidor, como lo son todos los sublevados.
– Sí, Franco es un traidor, pero eso no quita que yo tenga razón en lo que he dicho -respondió James.
– No hemos perdido la guerra sólo por las diferencias en la izquierda -afirmó Josep.
– Desde luego que no, decir eso sería además de mentira una simpleza. Únicamente he apuntado que quienes habéis defendido la República habéis malgastado energías que os eran muy necesarias, porque enfrente teníais a un enemigo que sólo os combatía a vosotros y además contaba con ayuda de Alemania e Italia -replicó Albert James.
– ¿Qué está pasando en Madrid? -preguntó Amelia con angustia.
– Madrid resiste, y una parte de La Mancha y Valencia aún está en manos republicanas, pero no sé por cuánto tiempo, no creo que puedan resistir mucho más -respondió Josep.
– Ya sé… ya sé que es difícil que sepas algo, pero ¿tienes alguna noticia de mi familia? ¿Habéis visto a Edurne o a mi prima Laura?
– No, Amelia, no sé nada de ellas, nosotros hemos pasado buena parte de la guerra en Barcelona.
– ¿Y ahora qué piensa hacer? -preguntó Albert James a Josep.
– No lo sé, por lo pronto vivir. ¿Qué cree que va a hacer Franco con los comunistas?
Ni Albert James ni Amelia respondieron. Josep no necesitaba una respuesta; sabía mejor que nadie lo que les esperaba a sus camaradas.
– Puede que me apunte a la Legión Extranjera, me han dicho que es la única manera de librarse de ir a uno de esos malditos campos de internamiento -confesó Josep.
– Pero ¿y Pablo? Es un niño…, él… -Amelia no apartaba los ojos de mí.
Josep se encogió de hombros.
– Tendría que estar con Lola, es su madre, pero las cosas son como son, ya nos apañaremos.
Amelia convenció a Albert James de que nos ayudara a Josep y a mí; quería intentar que los franceses nos permitieran trasladarnos a París y evitar así el internamiento en los campos. No era fácil, porque si algo querían impedir los prefectos de la zona era precisamente que los refugiados pudieran llegar a otros lugares y sobre todo a París, pero Amelia demostró una vez más su talento para hacer frente a situaciones imposibles. Había plantado cara a los soviéticos en Moscú logrando la liberación de Pierre, y ahora estaba dispuesta a rescatar a sus amigos.
El hotel en el que estaban instalados pertenecía a un matrimonio con dos hijos, el mayor de los cuales trabajaba transportando frutas y verduras con un pequeño camión. Amelia le pidió que nos ocultara entre las cajas de hortalizas y nos trasladara a París. Ella nos acompañaría por si había algún problema. Naturalmente le ofreció una suma considerable de dinero, todo el que había ido ahorrando. El joven dudó, pero al final decidió aceptar.
Albert James no tuvo manera de convencerla de que aquello era una locura y de que si nos detenían, a pesar de que ella tenía la documentación en regla, no dejaba de ser extranjera -española, en ese momento lo peor que se podía ser en Francia- y podía terminar en un campo de refugiados.
Pero tuvo éxito y llegamos a París sin contratiempos. Amelia no dudó en llevarnos a casa de los Dupont.
Danielle no supo qué hacer cuando al abrir la puerta se encontró a Amelia con un niño agarrado de la mano y a Albert James y un desconocido flanqueándola. Invitó a pasar a aquel extraño grupo, a cuyos integrantes miró con cierta aprensión.
La familia estaba cenando en aquel momento, y la sorpresa de André Dupont y Víctor fue mayor si cabe.
– Permitidme que os explique -dijo Amelia, decidida a salvar la situación-. Josep es un viejo amigo, un camarada, y éste es su hijo Pablo. Han podido escapar de España. Franco tiene ganada la guerra y yo… yo quiero ayudarles.
Albert James le explicó a André Dupont los pormenores del viaje desde el sur de Francia hasta París y les pidió que nos acomodaran hasta que pudieran buscarnos un lugar donde vivir. Él mismo se comprometió a intentar arreglar la documentación necesaria para que pudiéramos vivir en la capital.
André Dupont se quedó en silencio. No sabía qué responder, ni cómo sortear el compromiso en que Amelia y James le habían puesto a él y a su familia. Por fin tomó una decisión.
– De acuerdo, pueden quedarse por un tiempo, pero no es una buena solución.
Amelia suspiró aliviada y Albert James, discretamente, hizo un gesto a Danielle y le entregó un sobre.
– Es para ayudar a la manutención de los amigos de Amelia -le susurró al oído.
– No… no hace falta -respondió ella un tanto azorada.
– Claro que sí, no podéis asumir una carga así -dijo James, dando por zanjada la cuestión.
Josep tuvo que dormir en el sofá y Victor ceder parte de su habitación a aquel español, adolescente como él, que acababa de irrumpir en su casa.
Según pasaban los días, Josep seguía insistiendo en que su única salida era apuntarse a la Legión Extranjera. El único problema era yo; no sabía qué hacer conmigo. El 9 de febrero de 1939 Franco promulgó la Ley de Responsabilidades Políticas, que era el preámbulo de las purgas y persecución a la que ya eran sometidos los perdedores.
Pero para todos nosotros supuso un golpe peor que Francia y Gran Bretaña decidieran reconocer al Gobierno de Franco instalado en Burgos. En esas fechas, finales de febrero, Albert James anunció a Amelia que tenían que viajar a México. Hacía tiempo que había pedido una entrevista con León Trotski y por fin el político ruso había aceptado. En aquel entonces vivía en México, que fue la última parada de un largo exilio que comenzó en Kazajistán, siguió por Turquía, Francia, Noruega y acabó recalando allí.